Las calles adyacentes a la Catedral de Barcelona en 1950, en una imagen de época coloreada por IA

Historias de Barcelona

El barrio medieval que Barcelona ‘sacrificó’ para construir la avenida de la Catedral

El actual entorno del templo es el resultado de una operación llevada a cabo en los años 50

A quienes hoy paseen por la Avenida de la Catedral de Barcelona, crucen la Plaza Nova y lleguen hasta la calle del Obispo, con toda certeza les sorprenderá la fotografía que encabeza este artículo... y, sin embargo, así era este lugar hasta la década de 1950.

Con la apertura del espacio actual se sacrificó una parte del tejido medieval de Barcelona. Si hoy en día el espacio que hay frente a la Catedral de Barcelona nos permite tener una imagen completa del templo, hace menos de 70 años su visibilidad quedaba reducida por toda una serie de calles y edificios.

Las calles eran tan estrechas que, por así decirlo, los vecinos se podían dar la mano por los balcones. Lugares sin luz donde se juntaban gremios, comercios y viviendas. Su desaparición estuvo vinculada a darle amplitud a una ciudad que ya no estaba bajo el yugo de las murallas y darle relevancia e importancia a la catedral de la ciudad que, hasta ese momento, pasaba desapercibida por el gran público.

El inicio de todo este cambio se produjo con la Vía Layetana. Al trazar esa nueva calle, desaparecieron 85 casas y se desplazó a cientos de familias. El proyecto de la Avenida de la Catedral borró, también, calles antiguas que eran el corazón de una zona gremial.

Entre ellas, la calle de la Corríbia, donde se concentraban taberneros y zapateros. Era un lugar con vida. Tabernas llenas de gente y puestos abastecían a muchas casas de la ciudad. Allí había la Casa del Gremio de Zapateros, una joya del Renacimiento, que fue desmontada en 1950 y trasladada a la Plaza de San Felipe Neri.

Junto a esta calle también desaparecieron la calle del Bou, o Bou de la Plaza Nova, y la calle Sallent. Con ello se buscaba limpiar visualmente lo cotidiano para ensalzar lo sagrado. Una operación que acabó con una parte de la Barcelona medieval en favor de una ampliación de una zona colapsada por antiguas viviendas.

Vista de la Catedral de Barcelona desde la Plaza Nova, en la actualidadWikimedia

Otras vías no desaparecieron, pero su fisonomía y extensión cambiaron. La Plaza Nova, que originalmente era un espacio mucho más reducido y cerrado, estaba delimitada por bloques de pisos que parecían estar encima de la puerta principal de la Catedral. De esta manera quedó integrada dentro de la nueva avenida. Esto cambió la visión que se tuvo, durante muchos años, de la fachada y entrada de la Catedral.

Las calles dels Arcs y dels Boters, que durante siglos marcaron el límite comercial de aquella zona, perdieron su carácter de pasajes estrechos y sombríos para quedar ampliadas en concordancia con la nueva plaza. Las calles de Ripoll, Capellans y Sagristans sufrieron recortes drásticos en su longitud.

Muchos de sus edificios fueron derribados para permitir el ensanchamiento necesario para que la nueva avenida conectara con la Vía Layetana. La calle de la Palla se vio afectada por la reordenación de accesos, perdiendo gran parte de su trama original en el extremo que daba a la plaza.

Desapareció un barrio

Este conjunto de reformas, que forma parte de lo que se conoce como Barrio Perdido, no solo destruyó las casas, sino una forma de vivir. La desaparición de la calle de la Corríbia fue quizás el golpe más simbólico, pues representaba la Barcelona que se resistía al paso del tiempo. Al desmontar el Gremio de Zapateros y llevarlo a la Plaza de San Felipe Neri, se salvó un edificio, pero se perdió una tradición.

Esta operación de traslado de edificios, como la Casa Padellás que podemos contemplar en la Plaza del Rey, fue un maquillaje histórico. Es decir, se salvaron piezas para reconstruir un barrio gótico que no existía como tal. Dicho de otra manera, se construyó un parque temático, gracias a Adolf Florensa, que nunca existió como tal, y en contrapartida se destruyó zonas urbanas de la ciudad, para dar cabida a una idea que hoy consideraríamos descabellada.

Uno de los temas a tener en consideración fueron los bombardeos que sufrió Barcelona durante la guerra civil. Estos facilitaron la tarea de limpieza urbana al dañar edificios que no se permitió reconstruir. Gracias a ellos se pudo llevar a cabo un proyecto que ya estaba en la mente gubernamental. Este consistía en limpiar el entorno de la Catedral para que la fachada gótica, que en realidad es una obra terminada a finales del siglo XIX, pudiera verse desde lejos, creando una imagen de nacionalcatolicismo monumental.

El Colegio de Arquitectos

En una de las casas que desaparecieron se construyó el Colegio de Arquitectos de Cataluña (COAC). Allí, en su fachada, podemos contemplar una serie de dibujos de Picasso, que ejecutó el artista noruego Carl Nesjar. Para realizarlos utilizaron una técnica llamada Betoglass, o chorro de arena sobre hormigón. Nesjar proyectaba los dibujos de Picasso a gran escala y grababa la piedra para revelar el color oscuro bajo la superficie clara.

El friso de Picasso en el Colegio de Arquitectos de Barcelona

La obra, inaugurada en 1962, rodea la fachada y se divide en tres temáticas que celebran la cultura catalana. El Friso de la Bandera, en la fachada principal, representa la llegada de los Gigantes y las banderas de las fiestas populares. El Friso de la Infancia, en la calle dels Arcs, muestra escenas de juegos infantiles y una alegría muy mediterránea. En el Friso de la Alegría, en la calle Capellans, se ven las famosas sardanas, coros y palmeras.

En aquel momento, Picasso vivía en Francia y estaba enfrentado al régimen franquista, por lo que no quería colaborar con instituciones oficiales. Sin embargo, aceptó el proyecto porque era para el COAC, una entidad privada, y porque era una forma de dejar su huella en su querida Barcelona sin pasar por el gobierno central. Es la única obra de Picasso pensada para ser disfrutada desde la calle, de forma gratuita, integrándose totalmente en el urbanismo de la ciudad.