Cartel de Atracciones Caspolino

Cartel de Atracciones Caspolino

Historias de Barcelona

El pequeño parque de atracciones de barrio que estrenó los primeros autos de choque de España

Atracciones Caspolino forma parte de la memoria sentimental de tres generaciones de barceloneses

En la esquina superior de la plaza Gala Placidia del barrio de Gracia de Barcelona –dedicada a la emperatriz consorte de Constancio III, emperador del Imperio Romano de Occidente–, teniendo como eje transversal la Vía Augusta, funcionó de 1941 a 2005 un pequeño parque de recreo llamado Atracciones Caspolino.

Estamos hablando de la posguerra donde, a parte de los cines, pocas eran las distracciones para la infancia, y más si hablamos de un barrio. Teniendo en cuenta esto el matrimonio formado por Marcos Orús y Anunciación Barrachina, naturales de Caspe, decidieron dar un toque distintivo al barrio de Gracia.

Como tantas otras familias que llegaron a Cataluña en aquella época buscando una oportunidad, la pareja aportaba una mezcla de intuición comercial y cultura del esfuerzo. Decidieron centrar sus energías en la creación de un espacio permanente de diversión infantil y familiar, y eligieron bautizarlo con un nombre que rendía homenaje a sus orígenes. Por eso Caspolino, el gentilicio cariñoso, el diminutivo con el que mantenían vivo el vínculo con su tierra natal aragonesa mientras echaban raíces en Cataluña.

Entre 1941 y 1942 el matrimonio logró instalar sus primeras instalaciones mecánicas en la plaza de la Gala Placidia. El acierto en la elección del emplazamiento resultaría determinante para el futuro del negocio durante su más de medio siglo. El enclave era un cruce de coches, que subían y bajaban por la Vía Augusta. Además el enclave de Caspolino tenía justo delante una estación de los antiguos ferrocarriles de Barcelona a Sarriá, inaugurados en 1863 y posteriormente llamados Ferrocarriles de la Generalidad de Cataluña.

Por ese lugar transitaban miles de personas a lo largo de toda la jornada. Esto es obreros, estudiantes, amas de casa y familias que utilizaban el tren para desplazarse desde la zona alta, el Vallès o el transito entre diferentes distritos barceloneses. Colocar un recinto de ocio justo en la boca de salida de los ferrocarriles implicaba integrar el juego en el trayecto de vuelta a casa, convirtiendo el parque de atracciones en un paréntesis en medio de la rutina diaria.

Los primeros coches de choque

A todo esto debemos sumar una atracción que lo hacía único. Allí se instaló la primera pista de coches de choque de Cataluña y en el conjunto de España. En los primeros años cuarenta el automóvil privado era algo inaccesible para la inmensa mayoría de la población trabajadora.

La posibilidad que un niño o un joven pudiera sentarse al volante de un pequeño coche metálico, manipular una dirección mecánica rígida y experimentar el impulso del motor eléctrico supuso una novedad de enorme impacto social.

La pista utilizaba la tecnología de alimentación por red aérea. Un techo de malla electrificada del que caían chispas con el roce de los troles de los vehículos, mientras el suelo metálico cerraba el circuito eléctrico. El olor característico del ozono que se generaba por las descargas, el sonido sordo de las defensas de goma al colisionar y el chirrido de las ruedas sobre las planchas de hierro pasaron a formar parte del registro sensorial de varias generaciones de barceloneses.

Atracciones Caspolino, en una imagen histórica

Atracciones Caspolino, en una imagen histórica

Junto a la pista de coches de choque el recinto ofrecía atracciones pensadas para cubrir las distintas etapas de la infancia. Para los más pequeños el elemento central era un tiovivo de madera, equipado con una caballería pintada a mano que giraba a ritmo pausado. Subir a aquellos caballitos de madera, cogerse a las barras de latón y saludar a los padres que observaban desde el perímetro de la balaustrada se convirtió en un ritual. También había pequeños puestos de juego de habilidad, tómbolas sencillas y pequeñas atracciones mecánicas.

Un factor fundamental para explicar la pervivencia del Caspolino a lo largo de 64 años fue su modelo de gestión. Se trató siempre de una empresa familiar independiente, en la que los fundadores y, más tarde, sus hijos y descendientes, asumían de forma directa todas las tareas de explotación, mantenimiento y atención al público. Esa presencia continuada al frente del mostrador de fichas o en el manejo de los mandos de la pista favoreció una relación de proximidad casi vecinal.

Una institución del barrio

El parque no era percibido como un negocio anónimo o una concesión impersonal, sino como una institución del barrio. Esa estabilidad permitió que se desarrollara un fenómeno intergeneracional muy vivo. Aquellos adultos que habían estrenado los coches de choque durante la década de los 40 regresaron en los años 70 acompañando a sus hijos, y tres décadas después volvieron a la plaza de la Gala Placidia para comprar las fichas de plástico a sus nietos.

Durante la segunda mitad del siglo XX la fisonomía de Barcelona se transformó. El desarrollo urbanístico, el aumento del parque móvil privado y la progresiva expansión del sector servicios del distrito de Gracia cambiaron la relación de los vecinos con el espacio público. Los hábitos de consumo de ocio mutaron con la llegada de la televisión, las videoconsolas y el entretenimiento digital. El Caspolino siguió funcionando como un reducto analógico cuya pervivencia se explicaba por la fuerza de la costumbre, la carga afectiva y el recuerdo sentimental de la infancia.

El final de la trayectoria del Caspolino llegó en el año 2005, cuando las atracciones cerraron definitivamente sus puertas tras más de seis décadas de actividad ininterrumpida. El vencimiento de las licencias de ocupación de la vía pública, unido a las transformaciones urbanísticas previstas para la remodelación integral de la plaza de la Gala Placidia y el acceso a la estación de los Ferrocarriles, hizo inviable la continuidad del parque en su formato tradicional.

La desaparición de aquellas atracciones, fundadas por la familia Orús-Barrachina, supusieron la pérdida de una parte sentimental de la memoria infantil de muchos barceloneses, los cuales pasaron muchas horas de su infancia en el Caspolino. El sábado o el domingo era el día de ir allí, hacer cola, y disfrutar durante un tiempo de todas esas atracciones. Hoy en día, en el solar donde la ilusión se mezclaba con la felicidad, se levanta el edificio del Colegio de Economistas de Cataluña.

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