Imagen del edificio Xanadú de Calpe, Alicante

Imagen del edificio Xanadú de Calpe, del arquitecto Ricardo BofillTurismo Calpe

El 'castillo chino' de Alicante: el sorprendente edificio que rompió las reglas de la arquitectura turística

Esta joya arquitectónica de los años 60 domina el litoral de la Costa Blanca y está construida como una ciudad vertical

Hay edificios y monumentos que se quedan grabados en la memoria de quien visita un lugar. Normalmente son catedrales, castillos o grandes joyas arquitectónicas con siglos de historia a sus espaldas, construcciones que definen el perfil de una ciudad y acaban convirtiéndose en su imagen más reconocible. Sin embargo, también existen edificios mucho más recientes que, sin pertenecer al patrimonio medieval o clásico, logran dejar una huella igual de profunda en el paisaje y en la mirada del visitante. Y si hay un lugar en la Comunidad Valenciana donde este tipo de arquitectura singular ha encontrado un escenario privilegiado, ese es Calpe, un municipio que, además de playas y Peñón, guarda algunas de las propuestas arquitectónicas más audaces del siglo XX.

Desde el mar o desde la carretera, uno de estos edificios resulta especialmente desconcertante. Su silueta, recortada sobre un acantilado de la Costa Blanca, parece ajena al imaginario habitual del urbanismo turístico alicantino. Allí donde se esperan líneas rectas, fachadas repetidas y balcones alineados, emerge una construcción que recuerda a un castillo oriental, casi chino, suspendido frente al Mediterráneo. Su geometría fragmentada, aparentemente caótica, se adapta al desnivel del terreno y se funde con la roca, creando una experiencia visual tan inesperada como hipnótica.

Construido a comienzos de los años setenta en la zona de la Manzanera, el Xanadú fue una de las primeras obras de Ricardo Bofill en la provincia de Alicante y supuso un punto de inflexión en su trayectoria. Su nombre, inspirado en el legendario palacio de Kublai Kan descrito por Marco Polo, no es casual. La referencia a una fortaleza mítica ayuda a entender su aspecto monumental y su aire de arquitectura suspendida entre Oriente y Occidente. Lejos de seguir el racionalismo dominante de la época, el proyecto consolidó un lenguaje propio, experimental y profundamente ligado al lugar.

Aunque su apariencia evoque la de un castillo, la intención nunca fue defensiva. El edificio se concibió como una especie de ciudad vertical, una reinterpretación de la idea de ciudad jardín llevada a un acantilado. Cada vivienda funciona como una unidad autónoma, pero todas se organizan en torno a un núcleo central de escaleras que actúa como columna vertebral del conjunto. En total, alberga menos de una veintena de apartamentos, todos diferentes entre sí, lo que refuerza la idea de una arquitectura pensada para ser habitada de forma individual y no como un producto repetido en serie.

Una construcción peculiar

Uno de los aspectos más singulares de su creación fue el proceso constructivo. No se trabajó con planos tradicionales, sino a partir de maquetas y esquemas tridimensionales que permitían ir ajustando la forma del edificio casi como si se tratara de una escultura en crecimiento. Esta manera de proyectar conecta directamente con el metabolismo japonés, una corriente arquitectónica que entendía los edificios como organismos vivos, capaces de adaptarse y transformarse. A ello se sumaron las influencias que el propio Bofill había absorbido en sus viajes por el norte de África y Oriente Medio, visibles en la repetición de módulos, en los giros de los volúmenes y en la forma de controlar la luz, la ventilación y la privacidad.

El resultado es una estructura compuesta por cubos que se agrupan y se superponen siguiendo una trama que se rompe cuando el programa lo exige. Cada vivienda se organiza en tres volúmenes principales destinados a las zonas de estar, descanso y servicios, unidos por el eje vertical de la escalera. Las terrazas interiores protegidas, los techos de formas curvas y la orientación cuidada permiten combatir el calor y aprovechar las vistas al mar y al Peñón de Ifach, con el que el edificio dialoga visualmente de forma constante.

El legado de Bofill en Alicante

A nivel cromático, esta obra se distancia de otras construcciones icónicas del mismo arquitecto en Calpe. Aquí se optó por tonos verdosos y neutros, pensados para integrarse en el entorno natural dominado por pinos y vegetación mediterránea. El uso de materiales humildes como el hormigón, el cemento o la cerámica refuerza esa voluntad de mimetismo con el paisaje, sin renunciar a una presencia monumental que sigue sorprendiendo décadas después.

Imagen de archivo de la Muralla Roja, uno de lo edificios de Ricardo Bofill en Calpe

Imagen de archivo de la Muralla Roja, uno de lo edificios de Ricardo Bofill en CalpeTurismo Calpe

Este edificio no está solo. Forma parte de un conjunto de arquitecturas singulares que transformaron esta zona de Calpe en un laboratorio creativo durante las décadas de los setenta y ochenta. Muy cerca se alza otra construcción emblemática, conocida por su explosión de colores y su laberinto de escaleras y patios, inspirada en las antiguas kasbahs mediterráneas, se trata de la Muralla Roja. Algo más tarde llegaría un complejo residencial llamado El Anfiteatro, dispuesto como su propio nombre indica, con viviendas escalonadas, solárium y una piscina que se asoma directamente al acantilado, enmarcando el paisaje como si fuera un escenario.

Todas estas obras comparten una misma idea: la de dialogar con el entorno, reinterpretar la tradición y desafiar las convenciones de la arquitectura residencial. En conjunto, han convertido a Calpe en mucho más que un destino de sol y playa. Han hecho del municipio un referente de la arquitectura experimental del siglo XX, donde un edificio de los años sesenta puede parecer un castillo chino y, al mismo tiempo, sentirse completamente en casa frente al Mediterráneo.

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