Imagen de la comisaría de la Policía Nacional en Denia

Imagen de la comisaría de la Policía Nacional en DeniaEP

La confesión de una mujer destapa el asesinato y descuartizamiento de su hermano en Denia hace 33 años

Especialistas forenses cotejan muestras biológicas familiares para identificar restos óseos ocultos desde 1993

Treinta y tres años de hermetismo intrafamiliar han terminado por desmoronarse bajo el peso de una fría certeza jurídica. Agentes de la Policía Nacional localizaron el pasado miércoles los restos óseos de un hombre sepultados en una vivienda de Denia (Alicante), en lo que parece ser el epílogo de un truculento parricidio cometido en el verano de 1993. El hallazgo, avanzado por La Marina Plaza y confirmado por fuentes policiales, amenaza con desenterrar uno de los episodios más oscuros de la crónica negra valenciana, donde la resolución del misterio no vendrá acompañada de castigo penal.

El caso habita en una paradoja legal descorazonadora. Hace apenas unas semanas, el Juzgado de Instrucción número 2 de Denia decretó el archivo definitivo de la causa debido a la prescripción del delito. Al haber transcurrido con creces el plazo máximo que contempla el Código Penal para perseguir un asesinato, los presuntos autores se convertían, a ojos de la ley, en inmunes. Ha sido precisamente este blindaje jurídico el que ha propiciado la luz: la impunidad penal ha operado como el resorte que ha extinguido el miedo al castigo y ha fracturado un pacto de sangre que parecía inquebrantable.

La clave de este súbito vuelco radica en la declaración de una hermana de la víctima. Según ha publicado Levante, la mujer acudió a la Policía para confesar un secreto que la ahogaba desde la juventud. En su testimonio, reveló que sus padres mataron y descuartizaron al joven -que entonces tenía 27 años- en agosto de 1993, y admitió que ella misma colaboró activamente en las tareas para ocultar y sepultar el cadáver en el inmueble. Su confesión, calculada o tardía, solo se produjo cuando tuvo la absoluta seguridad de que sus actos ya no conllevaban consecuencias penales.

La reconstrucción cronológica del crimen evidencia una cuidadosa estrategia de distracción que logró engañar al sistema durante décadas. Aunque el rastro del joven se esfumó por completo en 1993, la familia no formalizó la denuncia por su desaparición hasta el año 2000, tal y como recoge el diario Las Provincias. Esos siete años de deliberado retraso impidieron cualquier reacción policial temprana, permitiendo que el suelo de la vivienda custodiara el secreto mientras el entorno directo aparentaba ignorar el paradero del chico.

Negaciones en el laberinto familiar

En el centro de esta trama de sombras, la fisonomía familiar ha cambiado sustancialmente con el paso del tiempo. El padre del joven, señalado en la confesión como uno de los presuntos artífices del homicidio, ya ha fallecido, extinguiéndose con él cualquier posibilidad de reproche social o judicial. Por su parte, la madre de la víctima, que aún vive, ha negado categóricamente a los medios de comunicación locales tener relación alguna con el asesinato o el posterior descuartizamiento de su hijo, situándose en una posición diametralmente opuesta al relato incriminatorio de su propia hija.

Ante este cruce de acusaciones y desmentidos, la justicia busca ahora una última verdad que se sustente en la ciencia y no en los testimonios. Tras el hallazgo de los huesos durante las excavaciones de esta semana, el juez de la plaza número 2 de Denia ha activado de urgencia el protocolo forense. Los agentes de la Policía Científica ya han tomado muestras biológicas a los familiares para realizar un exhaustivo cotejo de ADN. El objetivo final ya no es sentar a nadie en el banquillo de los acusados, sino dotar de nombre y apellidos a esos restos olvidados, devolviendo la identidad al joven enterrado y cerrando, desde el rigor científico, una tragedia familiar que esquivó a la justicia penal.

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