Los hermanos de Juan se concentran para pedir que se recupere el cuerpo de su hermano

Los hermanos de Juan se concentran para pedir que se recupere el cuerpo de su hermanoEfe

El horror interminable de Denia: la madre se desdice del asesinato, la hermana confesa huye y los hijos asumen la exhumación

Los hermanos afrontan la búsqueda de los restos tras décadas de silencio y violencia familiar

Treinta y tres años de hermetismo, mentiras y terror intrafamiliar han terminado por desmoronarse en Denia (Alicante) bajo el peso de una fría certeza jurídica: la impunidad. El hallazgo de unos restos óseos en el corral de una vivienda de la calle Hospital ha sacado a la luz el presunto asesinato y descuartizamiento de Juan Navarro, un joven de 27 años al que se le perdió el rastro en el verano de 1993.

Lo que en principio fue un crimen silenciado por un pacto de sangre entre los padres y una de las hijas, ha derivado hoy en un laberinto judicial y humano. Con el delito prescrito y la autora confesa huida de la ciudad, son los propios hermanos de la víctima quienes han asumido la macabra tarea de intentar recuperar el cadáver de las entrañas de una casa que, además, fue escenario de una niñez dominada por la brutalidad.

La cronología del espanto comenzó hace más de tres décadas. Según ha reconstruido la investigación, a Juan no se lo tragó la tierra de forma voluntaria para iniciar una nueva vida, como los responsables quisieron hacer creer a su entorno. César Navarro, uno de sus hermanos, fue la última persona ajena al crimen en verlo con vida tras acompañarlo a la casa paterna. A partir de ese momento, los progenitores tejieron una red de engaños: convencieron al resto de los hijos de que el joven se había fugado y aseguraron haber interpuesto una denuncia que, en realidad, no se formalizó ante la policía hasta el año 2000. Esos siete años de deliberado retraso impidieron cualquier búsqueda temprana.

El caso, archivado hace escasas semanas por el Juzgado de Instrucción número 2 de Denia al haber caducado los plazos del Código Penal, revivió paradójicamente gracias a este blindaje jurídico. Al saberse libre de entrar en prisión, una de las hermanas, Mari Luz, acudió a la Policía para confesar que sus padres mataron y descuartizaron a Juan en agosto de 1993, y admitió que ella misma colaboró en ocultar los restos en el subsuelo del inmueble familiar.

Grabaciones y un macabro giro de guion

Con la Policía Nacional y la Científica extrayendo al menos siete huesos el pasado miércoles y recogiendo muestras de ADN para el protocolo forense, la tensión ha dinamitado por completo a los Navarro.

La figura del padre, fallecido en 2009, queda fuera de todo reproche penal, pero la madre, Antonia Navarro, se encuentra en el epicentro del huracán. Acorralada por el hallazgo, la matriarca llegó a admitir los hechos ante sus hijos, quienes la grabaron a escondidas. «Le dije que no me podía mentir más porque habían encontrado los restos de mi hermano. Al ver las imágenes, explotó, me dijo que estaba todo en el corral y me lo contó todo», ha relatado Azucena, una de las hijas, en declaraciones al programa En boca de todos, presentado por Nacho Abad.

Vivienda donde se encontrarían los restos de Juan

Vivienda donde se encontrarían los restos de JuanEfe

Sin embargo, la confesión maternal duró apenas 24 horas. En un insospechado paso atrás, Antonia ha cambiado radicalmente su versión, negando ahora su implicación y responsabilizando en exclusiva a su difunto marido y a su hija Mari Luz. La coartada no ha sorprendido al resto de la familia. Lola, otra de las hermanas, define a su progenitora como «una manipuladora que no quiere a nadie y no tiene sentimiento ni remordimiento», mientras que Isabel denuncia que los presuntos implicados se han pasado la vida inventando «una historia, otra y otra» para ganar tiempo.

La espada y la casa de los horrores

El asesinato de Juan parece ser solo el trágico clímax de un régimen de tiranía al que fueron sometidos los nueve hermanos. El levantamiento del secreto familiar ha sacado a la luz una infancia marcada por la crueldad más extrema, el trabajo forzado y la sangre. Azucena describe un hogar donde los niños eran obligados a mendigar y el propio Juan a recoger chatarra. «Entre los cuatro lo matan, lo descuartizan y lo meten en el corral. Un padre que es capaz de matar y descuartizar a su hijo es el demonio en persona. Nos pegaban, claro que nos pegaban», sentencia con crudeza.

El salvajismo de los castigos impuestos alcanzó límites que rozan la película de terror. Gema, otra de las hijas, ha narrado un episodio espeluznante de su niñez: tras regresar de jugar con sus amigas, su padre se abalanzó sobre ella blandiendo una espada directa a su vientre. «Al verlo, puse la mano y me cortó tres dedos», rememora. La nula reacción de la madre evidencia el desamparo absoluto en el que crecieron: «Mi madre ni me acompañó al médico ni nada, no quiso saber nada. Nunca nos ha pedido perdón ni nos ha querido».

Acampada familiar y huida de la confesa

Atrapados en un callejón sin salida donde no habrá consecuencias penales, el juez se ha limitado a activar la vía forense para dotar de identidad biológica a los huesos encontrados. Sin embargo, las autoridades policiales han detenido las prospecciones oficiales. Según afirman las hermanas, se les ha indicado que, si desean recuperar la totalidad del esqueleto, deberán continuar las labores por su cuenta. Ante esta desoladora directriz, los familiares han tenido que contratar a un albañil costeado de su propio bolsillo para perforar un corral que, para colmo, ya ni siquiera es propiedad de la familia.

Frente a esa fosa, han levantado un campamento improvisado. Se turnan día y noche, apoyados por su primo hermano Enrique Navarro, con el firme propósito de no dejar solos a los hijos de Juan y no abandonar el lugar hasta tener la orden judicial definitiva para exhumar todo el cuerpo.

Su desesperación tomó forma de protesta el pasado lunes, cuando una treintena de vecinos se manifestaron por la calle Marqués de Campo hasta la comisaría al grito de «justicia». Ya el viernes previo habían dejado claras sus intenciones colgando una pancarta en el Ayuntamiento: «Queremos el cuerpo de nuestro hermano Juan».

Mientras los hermanos escarban literalmente en las profundidades de sus traumas, la autora de la revelación ha optado por desaparecer del mapa. Mari Luz, la mujer que confesó el descuartizamiento amparándose en la prescripción del Código Penal, ha huido de Denia junto a su marido, apodado en el entorno como 'el Calzonazos'. Escapan así del foco mediático, de las contradicciones de su madre y del absoluto repudio de una familia que solo clama solidaridad para enterrar los pedazos de Juan y cerrar, de una vez por todas, 33 años de infierno.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas