Sin ruidoJorge Brugos

Los arquitectos de Babel eran valencianos

El victimismo que nace de la Comunidad Valenciana hacia la meseta es provocado por una constante oda autorreferencial

En su encíclica Magnifica Humanitat, León XIV redunda en la imagen bíblica de la Torre de Babel. Construye esa alegoría para deconstruir las imágenes proféticas con el fin de augurar, observando en el pensadero de las Sagradas Escrituras, lo que le ocurrió a la sociedad por jugar a ser Dios. Desde la creación en el paraíso, todo aquel que ha creído más digno su criterio que el del Señor ha terminado marginado. Primero fueron Adán y Eva y su soledad desnuda. Después, aquellos hombres inspirados por la ambición del rey Nimrod vieron caer sus cimientos humanos, edificados bajo los planos de su vanidad. La palabra que define al vanidoso no tiene la misma raíz etimológica que divinidad, pero suenan parecido y, en el fondo, el que sufre ese pecado capital desciende al infierno por el mismo escalón que Satanás.

Ha sido hablar el Papa de la fábula bíblica de Babel y en Barcelona levantan una cruz hasta el cielo. Jamás se había visto semejante osadía. El espectáculo de luces, cámaras y acción desplegado en la visita pontificia a la Ciudad Condal dice más de la mentalidad catalana que de su piedad. Viendo la repercusión, da la sensación de que lo importante era lucirse y no que León XIV encendiera los corazones de los fieles. Lo elemental en cualquier celebración litúrgica es Dios; todo boato que distraiga del fin superior es una ostentación. Ha sido el propio Vaticano el que ha alertado sobre los peligros de las recreaciones vanas en las celebraciones. No dejo de tener la sensación de que en Cataluña han buscado superar a Madrid en la peregrinación, como si el Papa fuera una especie de conquista amorosa que tiene tres citas a ciegas.

Eso sí, le habrán conquistado por los ojos, porque dudo mucho que entendiera a todos aquellos que le han hablado en catalán. Ahí estaba el pontífice, con cara de circunstancia cuando le recibieron entonando cantos catalanizados en el rezo de la liturgia de las horas. El ambiente era muy distinto al que horas atrás vivió en Madrid. La acogida y el abrazo dieron paso a la marginación y a los brazos cruzados. Un contraste entre la ciudad de Dios y la de los hombres. Hasta en la vigilia una joven le contó en catalán su lucha contra la depresión; el Papa no se enteraría de la misa la media, y eso que está acostumbrado a oficiar misas. Resulta curioso cómo una urbe que ha presumido de haber nacido con el cosmopolitismo en su ADN ha sido poseída por un espíritu pueblerino. Si en la capital el que ha estado en el centro ha sido Dios y su proyección Paráclita mediante el heredero de San Pedro, en la ciudad de los prodigios no les importaban los prodigios divinos, sino que hablara en catalán; es una versión autóctona y cómica del rito tridentino.

El problema es que, en determinados sectores de la sociedad valenciana, no deja de calar ese mismo recelo vanidoso. No sólo desde los ingenieros de la inmersión lingüística, sino desde todos los que sufren una manía persecutoria hacia Madrid. Acuérdense de cuando Ximo Puig le acusó de dumping fiscal; compró el discurso de los nacionalistas catalanes.

Imagen de Ximo Puig y Diana Morant

Imagen de Ximo Puig y Diana MorantEuropa Press

Un santo decía que la mayoría de los que tienen problemas personales es porque están demasiado pendientes de sí mismos. El victimismo que nace de la Comunidad Valenciana hacia la meseta es provocado por una constante oda autorreferencial. Los madrileños no piensan en Madrid, sino en España. Aquí a muchos les produce agorafobia hablar de todo lo que supere el marco de la puerta de la república independiente de su casa.

A veces sólo es cuestión de alzar la mirada.

comentarios

Más de Jorge Brugos

tracking

Compartir

Herramientas