Sin ruidoJorge Brugos

La tila del cambio climático en la Vall d'Uixó

Harían mal Pérez Llorca y Sánchez escuchando más a los palmeros druidas de salón del cambio climático que a los verdaderos expertos que saben domar los incendios antes de que salte la primera chispa

Enciendo la radio a primera hora de la mañana. Las ondas cantan antes que el gallo, ejerciendo de teloneras. Los expertos analizan el resplandor de las llamas de los incendios anticipándose a los primeros destellos solares. Mientras miles de personas trabajan a destajo en provincias como Castellón para sofocar el fuego, otros intentan hacer leña del árbol calcinado lanzando llamaradas contra la Generalitat Valenciana o el Gobierno central. Nuestros dirigentes tienen parte de culpa; el problema es que quienes buscan fabricar munición con la pólvora carbonizada hacen que la rendición de cuentas reciba eximentes por pura hiperbolización. Ya había algunos preparando una hoguera espiritista con alardes de ouija para invocar a Carlos Mazón y colgarle a Juanfran Pérez Llorca el fantasma de una nueva DANA de fuegos fatuos.

El president de la Generalitat ha estado donde tenía que estar. Igual que Pedro Sánchez. No les podemos reprochar que se hayan tapado la nariz para no oler la ceniza. El problema del fuego a discreción es que los ataques pierden eficacia; hasta las llamas que abonan nuestras tierras con la quemadura de la infertilidad tienen más inteligencia que nuestros políticos acotando el terreno.

Imagen de Sánchez y Pérez Llorca tomada este lunes en la Vall d'Uixó

Imagen de Sánchez y Pérez Llorca tomada este lunes en la Vall d'UixóEuropa Press

Mientras nuestros dirigentes luchan contra el fuego y contra ellos mismos —tendrán menos miedo a las llamas que a sus propios compañeros de partido—, los medios y las tertulias se llenan de voces autorizadas y de réplicas contratadas. Los primeros hablan porque tienen algo que decir. Los segundos lo hacen porque les pagan por hacerlo. En el coro matutino de los medios se puede distinguir fácilmente a unos y a otros. Las voces expertas atacan a los políticos, a su inacción durante los meses y años. Los mercenarios repiten las consignas de sus acreedores echando la culpa de los incendios al cambio climático; ahí estaba Pedro Sánchez en Castellón invocando la causa. Todo se reduce a eso. Ellos nunca tienen la culpa.

Dominic Green escribe en La revolución religiosa (Galaxia Gutenberg) que algunos pensadores consideraban a Dios una anestesia opiácea para las gentes. Se equivocaban. Existe. En lo que no tengo fe es en toda esta ideología que nació para sustituir a la divinidad. Las causas son el chivo expiatorio de una clase política que busca relatos para blanquear su incompetencia. Si para Marx, Dios era el opio del pueblo, las banderas ideológicas son la tila que relaja las conciencias burocráticas. Me llama la atención que tertulianos y analistas achaquen la tragedia a la transformación climática mientras los verdaderos expertos, bomberos forestales e ingenieros, exigen responsabilidades por la omisión del deber de socorro a los montes.

El pacto de Estado contra el cambio climático me suena a conjura imaginaria, a dossier oficinista inconcreto. La semana pasada fue Castellón, pero la que viene pueden ser vandalizados los campos de otros rincones patrios en la ruleta rusa de los cócteles Molotov. España puede dejar de ser un vergel y convertirse en un páramo calcinado. Si Europa hace reír a Donald Trump es precisamente por las políticas metaversales como las que ha invocado Pedro Sánchez en nuestra región. ¿Qué significa ese concilio? Lo único que queremos es que se dejen de quemar nuestros montes; no necesitamos ninguna liturgia en la mesa redonda del Rey Arturo, sino un Robin Hood que le robe la gasolina al fuego.

Harían mal Pérez Llorca y Sánchez escuchando más a los palmeros druidas de salón del cambio climático que a los verdaderos expertos que saben domar los incendios antes de que salte la primera chispa. Aunque al final le echarán la culpa a Mazón y a Rajoy; a uno no le dejan ni ir a la playa y al otro ni escribir sus crónicas en este diario.

Por cierto, seguro que Alberto Ibáñez, el diputado de Compromís que atacó a Ferran Torres, señalará próximamente a los bomberos castellonenses por sus pisos en propiedad. Su cruzada antiheroica no tiene límites. Si Robin Hood robaba a los ricos para dárselo a los pobres, él roba la vanidad a los orgullosos para dársela a su horda.

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