Compromís quería que ganara Argentina
Su cabeza privilegiada recrea ensoñaciones húmedas distópicas, pero no son capaces de vislumbrar la realidad: los españoles estamos orgullosos de serlo y no es por los políticos
El pueblo salva al pueblo, se decía cuando la dana asoló los pueblos de Valencia. Escucho uno los testimonios del infierno llameante de los incendios que están haciendo que los ciudadanos paguen por los pecados de sus padres políticos, y vuelvo a pensar en la salvaguarda propia.
Los expertos dicen que no se han llevado a cabo las medidas de contingencia y prevención necesarias. Los campos no se han limpiado. Que, ya sea por pereza, falta de planificación o incluso por la demora de la burocracia política, han ocurrido desastres que se podrían haber evitado. Lo mismo ocurrió con la dana. No porque Mazón hubiese estado en el área de coordinación y no en un restaurante —que eso hubiese estado bien, la verdad—, sino porque el Gobierno de Ximo Puig no acometió las obras pertinentes en su momento.
Dicen que los medios sólo sabemos dar malas noticias. Esta semana hemos dado una buena nueva: España ha ganado el Mundial. Por primera vez los protagonistas de las cabeceras no eran políticos, sino unos chicos que juegan al fútbol como los ángeles. A lo mejor el problema de nuestras vidas es que nuestros dirigentes son demasiado protagonistas en nuestros capítulos cotidianos serializados. No nos dejan de amargar la existencia y les tenemos siempre ahí, luciendo palmito. No han podido evitarlo ni cuando la selección española nos ha dado otra nueva estrella.
Nuestros dirigentes me recuerdan a la selección argentina: en lugar de jugar, no dejan de pegarse y de parar el juego. Si nuestros mandatarios hicieran bien su trabajo, la política no sería noticia y no les veríamos la cara todos los días. Fue el lunes la celebración de la gesta patriótica y al día siguiente ya habían cambiado la pasarela futbolística y festiva por el paseíllo judicial y fúnebre del alicantino Julio Martínez cantando odas a la muerte de su padrino ZP.
Sevilla tiene un color especial, pero España estaba cogiendo un tono triste, deprimente y lúgubre. Estos chicos, por la obra y gracia de un valenciano, como destacó Alberto Caparrós en su columna, nos han hecho tener fe en algo que sabemos, pero que nuestros políticos se encargan de que nuestra mente borre para reproducir una secuela de Torrente: España es un gran país en el que todavía hay personas buenas.
Imagen de Messi tomada tras la derrota de Argentina ante España
En la tragedia de enredo y catártica para los apetitos ideológicos en que se ha convertido España, tenemos un soplo de aire fresco al ver a un grupo humano en el que reina la fraternidad que falta en nuestra política. Mientras ellos todavía están festejando, ya surgen los que dicen que en realidad nuestra selección está llena de independentistas reprimidos con ganas de salir del armario y ataviarse con las elásticas de la selección catalana, vasca, valenciana… Su cabeza privilegiada recrea ensoñaciones húmedas distópicas, pero no son capaces de vislumbrar la realidad: los españoles estamos orgullosos de serlo y no es por los políticos.
En el subconsciente freudiano su vigilia se lo desvela; por eso ahora Compromís, en una celosa pataleta de despecho, ataca al héroe de la final acusándolo de especulador a cuenta de unas propiedades en Valencia; nunca alguien se había esforzado tanto en demostrar que los políticos son el problema y no la solución. Pagamos al diputado Alberto Ibáñez para que diga las ocurrencias que le inspira la providencia de la pantomima. Si nuestros jugadores lo único que quieren es jugar al fútbol, nuestros dirigentes, al igual que los argentinos, aspiran a dar la nota, hacer de la violencia y el reproche agresivo su único argumento. Si la albiceleste no tiró una sola vez a puerta, Compromís se ha metido un gol en propia. Su afán dickensiano de Cuento de Navidad de amargarnos la fiesta de la estrella prometida nace de su necesidad de hacer política con el sufrimiento ajeno; no les gusta vernos felices.
Oh, Ferran; cállate, Alberto.