Sin ruidoJorge Brugos

Las comisiones de la Dana y Les Naus no buscan la verdad

En tiempos en los que el legislativo padece complejo de poder judicial, no quieren hacer justicia sino imponer la suya propia

La mayor víctima de la polarización es la verdad. No sé si ustedes también tienen la sensación de que antes era mucho más fácil conocer las certezas sobre la actualidad. Ahora el criterio se ha convertido en la aguja en el pajar con la que sólo algunos consiguen tejer el mural de la realidad. La tergiversación existencial ha dado la vuelta al tapiz, juzgando equívocamente el reverso de los hilos entrelazados.

Si los reyes de antaño bordaban sus lienzos con campañas legendarias, los monarcas partitocráticos fabrican los suyos con las batallas ideológicas. Al igual que en la metáfora platónica de la caverna, creemos que las sombras representan la realidad. Huimos de la luz, tropezamos al no ver el mundo con nuestros propios ojos sino a través de las gafas opacas de la militancia. Ya no hay evidencias, sino argumentos. La ciudadanía hace las veces de portavoz de las siglas de turno: no aspiramos a encontrar la certidumbre, sino a hallar el relato que beneficie a nuestro líder.

Me acuerdo de una ocasión en la que un allegado me mandó un vídeo con evidente manipulación en el que se podía ver a Pedro Sánchez aparentemente borracho. Compartía la difusión con un texto que criticaba al presidente en estado de embriaguez, cuando en realidad era el fruto digital de una embrionaria inteligencia artificial. No había que ser muy avispado para saber que el contenido estaba editado, pero lo mismo daba: lo importante era que la verdad no estropeara el titular. El problema es que eso antes era una excepción y hoy es la norma. Lo mismo ocurre cuando la turba progresista saca a pasear la foto de Alberto Núñez Feijóo con Marcial Dorado; en el fondo saben que el líder del PP no es un narcotraficante y que esa estampa es fortuita, pero qué más da. Son conscientes de que, para mantener el poder, deben reforzar los cimientos de sus poltronas con los cojines mullidos de la falacia. La política ha pasado de ser el arte de lo posible a un graffiti macarrónico y callejero. Si el objetivo de la cosa pública de la que hablaba Cánovas del Castillo era buscar el bien común, el fin de los folloneros de ese taller recreativo es llenar de caos los espacios compartidos.

León XIV desempolvó en su visita a España el concepto del bien común, desterrado en beneficio del burocrático interés general. Hablar de ello es un primer paso para que nuestros dirigentes tomen conciencia de la virtud. Pero ahora no la ansían; su único motor es el poder. En tiempos en los que el legislativo padece complejo de poder judicial, no quieren hacer justicia sino imponer la suya propia. En la Comisión de las Cortes Valencianas sobre Les Naus nadie espera averiguar lo que ocurrió; sólo han visto una oportunidad a propósito de las viviendas para mandar a su casa a los dirigentes del PP. Lo mismo pasa con la comisión de la DANA en el Congreso de los Diputados: les importan un bledo las víctimas, no son más que escudos humanos con los que proteger sus carreras. Los procesos políticos se instruyen y se juzgan al mismo tiempo: la sentencia de sus adversarios siempre va a ser condenatoria.

Imagen de la comisión de investigación de Les Naus

Imagen de la comisión de investigación de Les NausEP

Muestran, precisamente, muy poco respeto por la vida de los otros cuando ni siquiera respetan la presunción de inocencia. No buscan el resguardo de las instituciones, sino el de sus propias siglas. Cuando el PSPV-PSOE quiere saber lo que pasó en las viviendas de protección pública en Alicante, lo hace movido por sus ansias de recuperar la Generalitat y asaltar la alcaldía; si no fuera así, no habrían forzado una vía parlamentaria y estarían respetando el proceso judicial. Lo mismo ocurre con la batería de comisiones que impulsa el PP en el Senado: en el caso de salir indemnes los investigados de las causas procesales, podrán darles el golpe de gracia en la opinión pública. Las investigaciones parlamentarias se han convertido en una pira en la que quemar en sacrificio a las piezas elegidas para ganarse el favor de los dioses de la fontanería partidista. El problema es que la falta de criterio verídico ocasiona que lo que parecía una cruzada loable se torne en un esperpento cómico. Resulta llamativo que de todas las presuntas tropelías de José Luis Rodríguez Zapatero, lo que más esté trascendiendo sea que posee unas joyas regaladas por un sultán árabe; parece el argumento de una novela turca. Es en lo que se ha convertido la política: en una telenovela de sobremesa en la que todos mienten y en la que el espectador se pierde entre tanto insulto y enredo.

Están todos los políticos mirando en los cajones si se les olvidó devolver algún collar; muchos dirigentes venderían su alma para poseer el anillo de las historias de Tolkien. En el PSPV ya están investigando si a Mazón le regalaron alguna esmeralda en El Ventorro.

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