Sin ruidoJorge Brugos

La FIFA no tiene padrinos en Valencia

Aquí no hacemos política sino que jugamos en un patio de colegio

Uno de los mayores lobbies de la historia es la FIFA. La organización del Mundial de fútbol le dota de una influencia y poder capaces de hacer manar agua de las rocas que eran infranqueables para otros. El designio de la sede sirve como termómetro de los países que suben su temperatura cuando llega la hora de escoger el destino de la competición. La trayectoria del balón del Mundial muestra el mapa de calor del estado político de un país y de su calado en la comunidad internacional. La providencia divina del dios del fútbol escribe bajo renglones torcidos con la tinta de los intereses. Cuando se escogió a Sudáfrica en el 2010 no fue por un altruismo filantrópico sino por la predilección moral de Nelson Mandela; del Mundial de Qatar en 2022 no hace falta que diga mucho; el de Estados Unidos, México y Canadá, en el que la selección española nos hace disfrutar como cuando éramos niños, no es más que una campaña política y de marketing para convencer a los gringos de que el soccer se llama fútbol.

Termina el Mundial de 2026 y hay que empezar a pensar en el de 2030. Si en este las mieles del éxito llevan sabor español, en el de dentro de cuatro años tendrá nuestro acento. Compartimos cooficialidad organizativa con Marruecos y Portugal; para algunos va a ser como si fuera en el mismo país. Sé que a algunos les molestará esta broma de humor negro, como les escandalizó el chiste de Mariano Rajoy en este mismo medio. Los españoles hemos perdido el sentido del humor porque estamos demasiado pendientes de nosotros mismos. Hemos olvidado la gracia, y eso lo saben en Marruecos; por eso están a ver si nos levantan la final del Mundial. La influencia de España ha dejado de ser expansiva y la única relevancia que nos importa es la de nuestro propio ego. De ahí nacen las cuitas internas interregionales. No solo enfrentamientos entre unas comunidades con otras, sino entre esas mismas regiones. En Alicante no dejan de estar más atentos a lo que hacen en Valencia en lugar de preguntarse qué quieren hacer con su provincia; en la capital del Turia algunos están más preocupados de los posibles agravios frente a Madrid que de convertirse en un actor importante en la política nacional.

Imagen del presidente de la FIFA

Imagen del presidente de la FIFADPA vía Europa Press

Así estamos, que si la Comunidad Valenciana tiene sede en el Mundial es de milagro. El hecho de que a día de hoy, a la espera de la decisión de la FIFA en octubre, el Nou Mestalla vaya a albergar algún partido del Mundial 2030 por cierta compasión, refleja la evidencia de que no pintamos nada en el mapa político actual. Había estadios construidos que podrían haber entrado, como es el caso de La Cerámica en Vila-real. Sin embargo, no nos han faltado infraestructuras sino influencia. Si no, que se lo digan a Marruecos, que no deja de moverse en el tablero del Monopoly para seducir a la FIFA y albergar la gran final de la competición. Puede que en Rabat no tengan un Bernabéu o un San Mamés, pero tienen a los hombres idóneos que saben estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Las batallas logísticas no se ganan en el césped sino en los despachos.

Los despachos de la Comunidad Valenciana están llenos de políticos pero vacíos de poder. Si Javier Cercas dijo aquello del «pequeño Madrid del poder», en Valencia hay un pequeño artificio. Aquí no hacemos política sino que jugamos en un patio de colegio. Más allá de la figura de Juan Roig, el único que parece estar haciendo algo para que las cosas cambien, el poder en nuestra región es artificial, de cartón piedra, que es pasto de las llamas en el mínimo suspiro de fuego. Quizá por eso al Partido Popular no le preocupe demasiado el Congreso del PPCV.

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