El primer ministro británico, Keir Starmer, pronuncia un discurso durante una recepción en Downing Street, en el centro de Londres

El primer ministro británico, Keir Starmer, pronuncia un discurso durante una recepción en Downing StreetAFP

Starmer elige fuerza

El primer ministro ha delineado una estrategia que no solo apuesta por el rearme, sino por una transformación radical de la doctrina militar británica

Durante tres décadas, el Reino Unido ha vivido bajo el espejismo del «dividendo de la paz»: una política de desarme progresivo y fe en la estabilidad internacional garantizada por la OTAN. Pero ese tiempo ha pasado. La presentación del documento Making Britain Safer marca el fin de esa complacencia. Desde los astilleros de Govan, y con una audiencia seleccionada con esmero, el primer ministro Keir Starmer ha delineado una estrategia que no solo apuesta por el rearme, sino por una transformación radical de la doctrina militar británica.

Y hay que reconocerle algo poco habitual en la política contemporánea: ha hablado claro. Sin circunloquios ni calculadas ambigüedades. Ha dicho lo que quiere hacer, y lo ha hecho de manera que nadie pueda alegar desconocimiento. En tiempos de eufemismos estratégicos, esa franqueza ya es un cambio en sí mismo.

El proyecto presentado no se limita a recuperar músculo militar: redefine el concepto mismo de poder defensivo. El Ejército regular crecerá hasta los 76.000 efectivos, se ampliará el número de reservistas y se configurará una fuerza de veteranos activables (reliable former personnel). Se prevé incluso la creación de centros de movilización exprés, capaces de transformar civiles en combatientes en tiempos de crisis.

El Reino Unido se prepara para combatir en dominios invisibles —el ciberespacio, el espectro electromagnético y la órbita terrestre— y no solo en trincheras

Pero la revolución doctrinal se resume en una fórmula: 20-40-40. Solo un 20 % de la fuerza provendrá de plataformas tradicionales como tanques o fragatas. El 80 % se centrará en nuevas capacidades: enjambres de drones (desechables y reutilizables), sistemas cibernéticos, inteligencia artificial táctica y guerra electrónica. El Reino Unido se prepara para combatir en dominios invisibles —el ciberespacio, el espectro electromagnético y la órbita terrestre— y no solo en trincheras.

En paralelo, la disuasión nuclear se moderniza con una inversión de 15.000 millones de libras, destinada a reforzar el arsenal atómico, construir doce nuevos submarinos de ataque bajo el acuerdo AUKUS (pacto estratégico trilateral entre Australia, el Reino Unido y Estados Unidos, anunciado en septiembre de 2021) y evaluar el despliegue de bombas nucleares B61-12 en cazas F-35. No se trata de mirar atrás con añoranza doctrinal, sino de aceptar que la disuasión nuclear ha vuelto al primer plano geopolítico.

La gran incógnita es, como en tantas grandes aspiraciones, la financiera. El objetivo declarado es alcanzar un 2,5 % del PIB en defensa «tan pronto como las condiciones económicas lo permitan», con ambición de llegar al 3 % a largo plazo. Pero el plan carece aún de una senda fiscal definida. Y el Tesoro británico deberá elegir entre tres opciones incómodas: subir impuestos, recortar otros gastos o endeudarse aún más.

Para mitigar resistencias, Downing Street ha presentado la estrategia como una inversión industrial: más empleos, innovación tecnológica (con programas como el láser DragonFire) y reforzamiento del tejido productivo nacional. La narrativa es creíble, pero solo funcionará si se acompaña de compromisos plurianuales que trasciendan gobiernos y ciclos electorales.

El mensaje británico es claro: la paz no es gratuita. Requiere preparación, voluntad política y recursos sostenidos

Más allá del canal de la Mancha, la nueva doctrina británica suena como una advertencia. Mientras muchas capitales europeas siguen atrapadas en debates presupuestarios, dependencias transatlánticas o socios incómodos, el Reino Unido actúa como si la guerra ya estuviera en marcha, aunque adopte formas nuevas. No es que Londres crea que el conflicto sea inevitable, sino que ha dejado de considerarlo improbable.

Europa debe decidir si sigue delegando su seguridad estratégica en alianzas difusas o si apuesta por una arquitectura propia de disuasión. El mensaje británico es claro: la paz no es gratuita. Requiere preparación, voluntad política y recursos sostenidos.

La nueva estrategia británica es imperfecta, sí, y dependerá de muchas variables aún inciertas. Pero tiene una virtud esencial: reconoce el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera. Y frente a una realidad cada vez más volátil, eso ya es un acto de liderazgo.

José Antonio Monago Terraza  es portavoz adjunto del Grupo Popular en el Senado y miembro de la Comisión Mixta de Seguridad Nacional y Defensa.

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