Caballeros legionarios paracaidistas de la BRIPAC durante ejercicios de combate urbano diurno y nocturno
Ejercicio de la BRIPAC en la Base Príncipe «¡Sonríe! ¡Mañana será peor!». Dentro de una unidad paracaidista de elite para rescatar a un embajador español
«¡¡Sonríe!! ¡¡Mañana será peor!!». Es el grito al unísono que resuena en plena noche en la Base Príncipe, en Paracuellos del Jarama. Una unidad de élite de la Brigada «Almogávares» VI de Paracaidistas (BRIPAC) se dispone a partir en una misión calificada de alto riesgo. Llevan la cara pintada de negro y verde, visores nocturnos y fusiles de asalto. Un grupo paramilitar fuertemente armado ha secuestrado al embajador de España en un país del flanco este. Según los informes de inteligencia, los captores han trasladado al rehén a un complejo de edificios industriales abandonados a las afueras de la capital. Allí se levantan tres naves de gran tamaño, parcialmente rehabilitadas. La inteligencia confirma que el diplomático está con vida en una de las construcciones situadas al este del recinto. Los datos disponibles apuntan a la presencia de entre cinco y diez combatientes enemigos, con armamento ligero y sin medios de visión nocturna. La BRIPAC recibe la misión de asaltar el complejo y liberar al diplomático. El plan contempla la «limpieza» de dos de los edificios —designados como Alfa y Bravo— y el aislamiento del tercero, Charly, para impedir cualquier salida o refuerzo.
La unidad avanza con sigilo a través de una trocha de monte sembrada de desniveles. Es medianoche, y cualquier traspiés puede alertar al enemigo y poner en peligro la operación. La prioridad es mantener el efecto sorpresa hasta el instante del asalto. El jefe de la unidad hace una señal con el brazo en alto y todos nos detenemos en seco. Nos quitamos las mochilas y las escondemos entre unos matorrales cercanos. Pasan unos larguísimos minutos, al amparo de las sombras. A lo lejos se vislumbra la silueta blanquecina de los edificios que van a ser asaltados. Hay un brutal contraste entre los sonidos sordos del bosque, el suave movimiento de las ramas de los árboles, el cielo estrellado… y los paracaidistas cuerpo a tierra, las armas preparadas, la tensión del acecho…
Un grupo de élite de paracaidistas de la BRIPAC se infiltra en territorio hostil para liberar a un embajador español
En un briefing de combate
Una operación de estas características está planificada al milímetro. Unas horas antes de esa escena había tenido lugar una reunión clave en el corazón de la Base Príncipe. Se trata de un briefing previo al combate, indispensable para que todos los participantes en la misión sepan lo que tienen que hacer. El experimentado teniente Carlos Soler da órdenes precisas a los responsables de cada pelotón. Soler explica la misión señalando cada movimiento en una maqueta, que reproduce tanto el terreno como los edificios donde permanece secuestrado el embajador español. Explica con voz firme que hacia el sur se extiende una llanura abierta que ofrece visibilidad total desde las azoteas; sin embargo, al norte y al este existe la presencia de árboles y ligeras elevaciones que permiten infiltrar unidades y establecer puntos de apoyo con mayor discreción. No se detectan obstáculos perimetrales en el complejo, lo que facilitará la aproximación. El relieve boscoso cercano es determinante, tanto para el avance oculto como para el emplazamiento de tiradores y equipos de observación. La operación coincide con luna nueva, un factor favorable: la oscuridad permitirá moverse sin ser detectados hasta el momento del asalto.
De dcha. a izqda., el teniente Soler y los cabos Jiménez y Sobrino durante el briefing previo al ejercicio de combate. El teniente Soler indica las fases del ejercicio en la maqueta
Los paracaidistas de la BRIPAC se disponen a salir a una misión nocturna para liberar a un embajador español, considerada de alto riesgo
La planificación del asalto se articuló en cuatro fases sucesivas. La primera consistía en aproximarse al complejo y reunirse en un punto de coordinación antes de la acción. La segunda contemplaba el asalto a la «linde», la línea de contacto con las edificaciones. En la tercera fase se ejecutaría la acción directa: «limpiar» los edificios Alfa y Bravo y rescatar al rehén. El cuarto paso sería la extracción, con un repliegue escalonado hacia la zona segura.
A cada pelotón se le asigna un cometido específico. El primero se encarga de aislar el edificio Charly para impedir que los posibles ocupantes interfirieran. El segundo, dirigido por el sargento Pastor, lidera el asalto inicial sobre Alfa. El tercero se despliega en la fachada este para prestar apoyo durante las entradas y garantizar cobertura exterior. Un tirador designado refuerza la operación.
Vuelta al bosque, a punto del asalto
Volvamos al principio. Estamos detenidos en una zona boscosa, conteniendo el aliento. Desde mi posición vislumbro a un paracaidista cuerpo a tierra, mirando el objetivo con unos prismáticos. A continuación, se acopla el visor nocturno y comienza a reptar. Se acerca a mí el CLP Segura (caballero legionario paracaidista). Va a comenzar el ataque. «Quédate aquí hasta que yo te haga una señal, y sales corriendo que yo te cubro», susurra señalando hacia un lateral del edificio Charly. La unidad desaparece en segundos, y me quedo rodeado de un silencio que está a punto de romperse.
Una detonación golpea la noche. Y luego otra, y otra, y otra. A partir de ese momento la situación se vuelve tremendamente confusa. Es una mezcla de caos, disparos, soldados corriendo, más disparos, más caos. Varios efectivos de la BRIPAC logran llegar a la entrada de unos de los edificios. El fuego es constante. Pasan uno, dos minutos. Quizás algo más. Es de noche, el tiroteo es muy intenso y a lo lejos es difícil distinguir nada con claridad. El CLP Segura hace la señal acordada, o eso me parece. Salgo corriendo, la maleza cruje bajos mis pies. Llego a un talud. No hay tiempo de buscar otros caminos, y me lanzo como si me arrojara por un tobogán. Los disparos no cesan. El CLP Segura me hace una señal para que no avance. Me quedo agazapado hasta que Segura abre fuego hacia una de las azoteas. Entonces, atravieso corriendo unos metros hasta situarme detrás de él, protegidos por una pared. Por fin, entramos en el edificio. «A ver si podemos avanzar hacia la izquierda y hacemos un punto fuerte en la primera ventana, y empezamos a ir para arriba», dice el jefe del grupo. Los soldados se colocan los visores infrarrojos y se adentran en el interior del edificio. «¡Dale!», «¡Dale!», «¡Dale!». La oscuridad del recinto se ilumina brevemente por el destello de los disparos y solo acierto a ver las paredes de ladrillo visto. Más soldados entran corriendo y suben a las plantas superiores, donde los disparos son incesantes. Al cabo de una media hora agazapado entre restos de obras, un primer grupo de paracaidistas se reagrupan. El balance de la operación es exitoso: el embajador ha sido liberado y ya está siendo trasladado a lugar seguro. Hay cinco bajas enemigas, frente a una en la unidad. Orden de repliegue.
Paracaidistas de la BRIPAC «limpian» uno de los edificios asaltados para liberar al embajador español secuestrado
Un paracaidista durante un intenso tiroteo en un ejercicio de combate urbano en la Base Príncipe
«Por encima de todo está la misión; el calor, el frío, el hambre, el sueño y el cansancio, para mí serán estimulantes». Este es uno de los principios claves del ideario paracaidista
Nos dirigimos ahora a una zona de trincheras. La caminata nocturna por el monte relaja la tensión de la operación de rescate. El pelotón avanza sigilosamente. Al rato, nos adentramos en un polvoriento cruce de caminos y, a través de las trincheras, llegamos a un «agujero». Se trata de un pozo de tirador excavado en la tierra, en la cima del monte. Desde allí se divisa toda la ladera, salpicada de arbustos. Somos tres, dos CLP y yo. Uno de ellos se instala ante una tronera, asoma la ametralladora y mira por el visor. No se divisa movimiento alguno en el gélido horizonte. Mientras, su compañero y yo tenemos orden de ampliar el agujero. Toca excavar. Poco a poco abrimos hueco y ampliamos la cavidad. A continuación, cubrimos el hueco con una lona de camuflaje y la cubrimos con ramas y tierra. Nos metemos dentro y nos sentamos como podemos. Pasa el tiempo. Media hora, una hora, hora y media… el frío se mete en los huesos y la charla, al principio animada, va decayendo. Son cerca de las cuatro de la madrugada. De repente, la burbuja de somnolencia, frío, oscuridad y tierra se rompe bruscamente. «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». Como ocurrió unas horas antes, durante la operación de rescate, una cortina de confusión nos envuelve. Disparos, sombras, tensión. Me asomo con cuidado y distingo a lo lejos siluetas de enemigos acometiendo la ladera. «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». «¡Fuego!». La refriega se prolonga durante unos minutos. El enemigo es repelido. El ambiente se relaja relativamente. Aún quedan un par de largas horas de guardia al raso hasta el relevo. El frío va sustituyendo poco a poco a la adrenalina. Hay que intentar descansar un poco, porque después nos espera un convoy por territorio hostil, que nos llevará al amanecer a tomar un Chinook, en el marco de las reputadas Jornadas de Corresponsales de Guerra que organiza la Escuela de Guerra y Liderazgo del Ejército de Tierra. Pero esa es otra historia.
El entrenamiento de la BRIPAC es incesante. En la imagen, durante una emboscada durante una marcha diurna previa al asalto nocturno
Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Afganistán, Irak, Líbano, Mali… A lo largo de su historia, la BRIPAC ha participado en numerosas misiones internacionales, demostrando de forma reiterada su capacidad para adaptarse a entornos complejos. Su propio nombre, «Almogávares», rinde homenaje a los guerreros españoles de la Edad Media, conocidos por su valentía y eficacia en combate. La BRIPAC se caracteriza por su alta preparación, flexibilidad y capacidad de despliegue inmediato, lo que la convierte en una unidad de intervención rápida. Como hemos comprobado sobre el terreno, su duro entrenamiento para el combate en entornos urbanos y rurales, y misiones especiales, les permite operar en situaciones de alta intensidad, con la rapidez y la sorpresa como factores clave de éxito. No en vano su himno reza:
“Y si tengo que morir
Yo moriré dando cara a la muerte
¡Por la Patria! ¡Sangre y fuego!
Adelante con furia febril
¡Por España! ¡Desperta Ferro!
Es mi lema triunfar o morir”.