El pasado mes de marzo 226 militares españoles desplegados en el marco de la misión de la OTAN fueron evacuados con éxito de Irak
Defensa We happy few
Un grupo excepcional de militares fue la tabla de salvación de 1.223 personas ante la exfiltración de la misión de la OTAN en Irak (NMI) de la base Union III de Bagdad
Puesto que en breve este hecho de armas quedará más o menos en el olvido, y es justo que así sea, ya que no ha sido unas Navas de Tolosa ni un Lepanto —por más que en el momento de los hechos nadie sabía qué iba a suceder, sin excluir ninguna posibilidad—, me he dejado vencer por la necesidad de poner de manifiesto ante quien tenga la paciencia de leerme, el escaso número de personas, fundamentalmente de soldados españoles, que hizo posible la exfiltración de la misión de la OTAN en Irak (NMI) de la base Union III de Bagdad, realizada entre la urgencia de una estrecha ventana de tiempo, la tensión acumulada por la incertidumbre, y el sonido de las explosiones de los drones.
Lo hago movido por una gratitud inmensa por haber tenido la suerte de estar allí; de estar cerca, ya que no bajo el fuego (dormí tan profundamente la última noche, ya en BDSC, que no oí las dos explosiones que me han dicho que se registraron, así que no lo cuento), y de jugar un papel en una operación militar de cierta dificultad, con peligro y posibilidad de fracaso reales. Pero como lo cierto es que yo, personalmente, no hice nada heroico ni corrí peligro real, más allá de la posibilidad de ser alcanzado por un dron que errara su objetivo, el motivo principal de mi gratitud es haber podido servir junto a las personas de las que hablo en este artículo.
El 28 de febrero comenzó la guerra entre Estados Unidos e Israel, e Irán. Una guerra que en nada debía afectar a NMI más que por el hecho, no menor, de que la base que ocupaba la misión, Union III estaba separada por una calle de la embajada de EE.UU. en Bagdad, que obviamente debía verse afectada por la guerra; y de que nuestro aeropuerto de salida era otra base americana, BDSC, que también se vería afectada.
De un día para otro, abandonar Irak se había vuelto casi imposible; el suministro de alimentos se veía amenazado (y más tarde interrumpido) obligando a un racionamiento no declarado que, sin embargo, resultaba obvio en la cada vez más magra y monótona oferta del comedor; los que estaban disfrutando de un permiso junto con sus familias no podían regresar, los que habían cumplido el tiempo de sus misiones no podían irse con sus familias, y la situación en Oriente Medio cada día era peor. Una semana más tarde, el cañón contra cohetes, artillería y morteros (C-RAM) de nuestra base, entró en fuego contra un dron que trataba de alcanzar la embajada americana. Y lo derribó. Fue el primero de los muchos que derribó, si bien otros se le escaparon e hicieron explosión.
Embajada de Estados UNidos en Irak después de sufrir un ataque
Un poco incomprensible, pero inevitablemente, en una situación así (¡no éramos objetivo de ningún actor!) el pesimismo se empieza a abrir paso en el corazón de muchas personas. Algunos empiezan a actuar extrañamente: dejan de dormir, empiezan a dormir en un búnker, se desplazan con el casco puesto hoy, con el fusil en la mano mañana, el brillo de sus ojos se apaga, deambulan un poco sin rumbo… Están nerviosos, asustados, ansiosos.
Pasan los días, los ataques contra la embajada se intensifican; los drones estallan más cerca; a veces percibimos la onda expansiva; las horas de sueño se reducen. Un pequeño esfuerzo intelectual basta para caer en la cuenta de que seguimos sin ser objetivo de ningún actor, pero el cansancio y los nervios impiden a muchos hacer ese esfuerzo y crece su nerviosismo, su miedo, su ansiedad.
Días frenéticos
A pesar de todo lo que lo intentamos desde NMI, de cuánto razonamos la conveniencia de permanecer, unos cuantos, guardando la posición, se nos dio la orden desde nuestro Cuartel General superior de abandonar la base. Los Cuarteles Generales superiores saben, es de suponer, más y las órdenes no se discuten. A partir de ahí, al mando de un Commander de NMI que, dejando hacer, ejerció su acción de forma magistral, y un Jefe de Estado Mayor que fue el auténtico «Commander on site» empezaron unos días frenéticos y plenos.
En los días que siguieron a la orden de abandonar Bagdad, y en ese ambiente de inquietud creciente, unas cuantas personas emergieron como la tabla de salvación de todos. Ellos, mis «Happy few», salvaron la jornada. Estos son mi «Band of Brothers».
El Jefe del Elemento de Apoyo Nacional español, el Cte. C.E., que ofreció soluciones a tanta gente de otros países (¡hasta diez países!) que veían sus pertenencias personales perdidas sin remedio hasta que él resolvió sus problemas. Más de una vez percibí arrobo en los ojos de los que le miraban y recibían su ayuda.
Nuestros suboficiales estrella, el Sargento 1º I.S.G y el Brigada I.H.R, que recibieron y filiaron a 1.223 personas bajo el fuego de los drones que explotaban en la cubierta reforzada del gimnasio que les sirvió de zona de reunión en el aeropuerto (BDSC) y las animaron, cuidaron y consolaron durante dos días y dos noches en los que no descansaron un momento.
El Cte. FdA.P.M., que obró el milagro de conseguir registrar otra vez esos 1.223 nombres en listas perfectamente organizadas después de que hasta el último ordenador que las contenía había sido puesto fuera de servicio -maza en mano- por los incansables trabajadores de la Unidad de Transmisiones multinacional. Y que revisó una y otra vez las listas hasta estar seguro de que nadie quedaba atrás, ayudado por la inefable comandante de EE.UU. J.E.: «How much energy do you have left, Joyce? – For as long as they keep coming». Joyce tampoco durmió.
El Cte. C.C y sus muchachos: una tabla de salvación. Arrojados, alegres, infalibles. Lo que hubieron de hacer lo hicieron, y salvaron la jornada. Y D. T. Inolvidable D.T.: la viva imagen de la hombría de bien. Hablamos de nuestros hijos compartiendo un cigarrillo en la oscuridad de la noche, y yo tuve que ocultar mi mareo.
Imagen de archivo de un ejercicio de ataque de precisión del Grupo Táctico de Operaciones Especiales español en Irak
El Cte. R.M., con su mirada acerada, su aspecto cortante y su fe en sí mismo, suficiente para hacer sentirse a salvo a cualquiera. El Cte. AJ. R-P., que nos engañaba haciéndonos creer que venía a tomar café en nuestras jornadas maratonianas de los días de la guerra cuando en realidad venía a hacernos reír. El Cap. M.R.: una especie de navaja multiusos con la solución a cada problema siempre a mano, ofrecida con una sonrisa esbozada con los ojos, algo achinados, siempre alegres. El Stte. R., que cuidó de cada uno de nosotros sin descanso. Él cree que nos resultaba transparente, pero todos hemos visto nuestra taza de café siempre llena, algo de comida junto a nuestra mesa, un lugar donde descansar preparado, nuestras manos liberadas, casi imperceptiblemente, de la carga que llevaban mientras dábamos alguna instrucción. Y todos hemos sabido que esos cuidados nos los prodigaba él, a quien ninguno hemos cuidado en la misma medida, ni en una medida mucho menor, secundado por su Cabo 1º I.G., siempre allí, siempre fiel. Nunca le expresaremos suficiente agradecimiento a nuestro Stte. por todo ese cuidado.
Y, por supuesto, la Unidad de Protección de Fuerza, con sus jefes a la cabeza, que exfiltraron, físicamente, a las 1.223 personas que hoy les deben haber regresado con sus familias sin contratiempo alguno y entraron una y otra vez en la zona batida por los drones para proteger a su pasaje: auténticos ángeles guardianes.
No diré que sólo hubo españoles: el Cte. checo J. K, que cumplió como los buenos, también bajo el fuego de los drones; el Capitán Holandés P. H, que no descansó en ayuda de nuestros suboficiales estrella; la Mission Civilian A. M-T que demostró una presencia de ánimo y una disposición constantes, por completo inasequible al nerviosismo, pendiente de los civiles que, por la incapacidad de quien debía cuidar de ellos (otro civil, de otro país), corrían el riesgo de no llegar a la hora marcada al punto de extracción: ella no es consciente, pero salvó a Dieter; el Cte. de EEUU D.B., con el teléfono casi soldado a su mejilla, ayudando a resolver una tras otra la sucesión incontable de dificultades que surgieron: las pelotas de partido que hubimos de remontar, y remontamos. El Cte. Francés E.S., siempre pendiente de ayudarme o arrancarme una sonrisa.
Nadie queda atrás
Aunque pienso de todas las personas que he nombrado que «nunca la sombra vil vieron del miedo», tengo para mí que todos se habrán preguntado cuánto tardarían en reencontrarse con sus familias si todo hubiera ido mal; qué posibilidad había de que un avión resultara alcanzado al tratar de despegar (recuerdo cada confirmación de avión en el aire con un suspiro de alivio, imaginándoles salir entre el chaff y los bruscos virajes evasivos); qué ocurriría si se cerraba la cortísima ventana de tiempo en la que podíamos trasladar al personal al aeropuerto, o cómo podíamos asegurarnos de que nadie quedaba atrás. El nivel de responsabilidad que descansó sobre todos esos hombros fue, por usar un término que combine objetividad y desapasionamiento, descomunal. Y, sin embargo, en los intensos días que precedieron a la exfiltración de NMI de la Base Union III, todos ellos fueron un manantial de sonrisas, de caricias en los pasillos ofrecidas a quien lo pasaba mal, de confianza, de seguridad. «Are you ok? Be ok! Everything will be ok!», «You are doing great!» «Can I help you somehow?», «That is fireworks, don’t be afraid» … Les he oído decirlo, les he visto sonreír a quien lo necesitaba, abrazar a quien lloraba.
Las situaciones excepcionales crean vínculos excepcionales. Yo, que fui un espectador muy privilegiado en esos días, he visto a mis happy few ser la tabla de salvación de 1.223 personas. Y les llevo conmigo para siempre.