Militares españoles esperando la extracción en cubierta de barco

Militares españoles esperando la extracción en cubierta de barcoEstado Mayor de la Defensa

España ante las guerras del siglo XXI: prepararse para no combatir

La paz se sostiene cuando existe capacidad para defenderla. A menudo se interpreta erróneamente el gasto en defensa como una preparación para la guerra. Es justo al contrario. La finalidad última de una política de defensa eficaz es evitar la guerra

La guerra de Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio y la aceleración tecnológica han devuelto la defensa al centro del debate europeo. España necesita unas Fuerzas Armadas más preparadas, una base industrial sólida y una cultura estratégica capaz de anticiparse a los riesgos, antes de que sea demasiado tarde.

Un cambio de época para la seguridad europea

La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, ha supuesto el mayor shock estratégico para Europa desde 1945. A ese golpe se suman la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, la inestabilidad en Oriente Medio, la expansión de la influencia rusa en África, el deterioro de la seguridad en el Sahel, la proliferación de amenazas híbridas y el auge de tecnologías disruptivas que ya están transformando la guerra.

No estamos ante una crisis pasajera. Estamos ante un cambio de época. Y cuando cambia una época, también deben cambiar las herramientas con las que una nación protege su libertad, su prosperidad y su seguridad. La pregunta ya no es si el entorno internacional es más peligroso. La pregunta es si España está preparada para afrontarlo.

La disuasión como garantía de paz

Durante décadas, gran parte del debate público europeo giró en torno a cuestiones económicas, sociales o medioambientales. Era comprensible: las amenazas militares parecían lejanas. Hoy la geopolítica ha regresado, y lo ha hecho con fuerza. Las fronteras, los recursos estratégicos, las materias primas, la energía y la industria vuelven a importar.

Y, por supuesto, las Fuerzas Armadas también vuelven a importar. Vivimos en un mundo donde las grandes potencias compiten por influencia, tecnología, recursos y control de espacios estratégicos. La diplomacia sigue siendo esencial, pero el poder continúa siendo un factor determinante. La realidad es incómoda, pero evidente: la paz no se mantiene solo con buenas intenciones. La paz se sostiene cuando existe capacidad para defenderla. A menudo se interpreta erróneamente el gasto en defensa como una preparación para la guerra. Es justo al contrario. La finalidad última de una política de defensa eficaz es evitar la guerra. Eso es la disuasión. Disuadir significa convencer a un potencial adversario de que los costes de una agresión serían tan elevados que no merece la pena intentarla. No consiste en amenazar, sino en ser creíble.

Y la credibilidad se construye con capacidades reales, no con declaraciones, comunicados o deseos. Un país con Fuerzas Armadas modernas, preparadas y sostenibles envía una señal clara: cualquier agresión tendría consecuencias inaceptables. Esa es la mejor garantía de paz. La historia demuestra que los conflictos suelen comenzar cuando alguien percibe debilidad al otro lado.

La fragata Blas de Lezo F-103 zarpa desde Ferrol

La fragata Blas de Lezo F-103 zarpa desde FerrolJosé Díaz/Europa Press

España ocupa una posición geográfica excepcional. Es una nación europea, atlántica y mediterránea, con presencia en dos continentes. Controla accesos marítimos fundamentales, mantiene intereses estratégicos en el Atlántico, el Mediterráneo y el norte de África, y forma parte de dos organizaciones esenciales para su seguridad: la Unión Europea y la OTAN.

Esa ubicación también genera responsabilidades. España debe atender al flanco oriental europeo como miembro de la Alianza Atlántica, pero también observar con especial cuidado su entorno inmediato: el Mediterráneo, el Magreb, el Sahel, África Occidental y las rutas marítimas estratégicas.

Lecciones militares de Ucrania y Oriente Medio

La tecnología no sustituye al soldado: lo transforma. Durante décadas, las sociedades occidentales imaginaron que las guerras del siglo XXI serían rápidas, quirúrgicas y dominadas por una superioridad tecnológica aplastante. Se asumía que los satélites, las armas de precisión, las comunicaciones avanzadas y la superioridad aérea permitirían derrotar a cualquier adversario en campañas breves y limitadas. Ucrania y Oriente Medio han demostrado que esa visión era incompleta. Sus conflictos están marcando ya la forma de combatir de las próximas décadas.

La primera lección es clara: la tecnología importa, y mucho, pero no sustituye a los factores humanos, organizativos e industriales. La segunda es aún más decisiva: las innovaciones ya no tardan décadas en llegar al campo de batalla. Aparecen, se modifican y evolucionan en cuestión de semanas. La velocidad del cambio se ha convertido en un arma.

Si un sistema de armas simboliza esta nueva etapa, son los drones. Antes de Ucrania, los vehículos aéreos no tripulados se asociaban sobre todo a tareas de vigilancia. Hoy forman una categoría completa de combate. Los drones han transformado procedimientos, tácticas y conceptos operativos.

Los ataques rusos con drones iraníes siguen haciendo estragos en Ucrania

Ataques rusos con drones iraníes en UcraniaAris Messinis / AFP

Un pequeño dron comercial modificado puede destruir un vehículo valorado en millones de euros. Un sistema FPV puede atacar con precisión trincheras, posiciones defensivas o vehículos acorazados. Los drones navales han obligado incluso a grandes flotas a revisar sus procedimientos. La relación coste-beneficio ha cambiado de forma radical. Nunca había sido posible causar tanto daño con inversiones tan reducidas. Y la guerra electrónica ha recuperado un papel decisivo. Un dron sofisticado puede quedar inutilizado si pierde la señal. Un sistema avanzado puede volverse ineficaz si deja de recibir información. Una unidad bien equipada puede quedar aislada si sus comunicaciones son perturbadas. La supervivencia ya no depende solo del blindaje o de la potencia de fuego, sino también de la capacidad para ocultarse en el espectro electromagnético. La invisibilidad digital es ya una nueva forma de protección.

Otra transformación profunda es la desaparición progresiva del anonimato táctico. Durante buena parte del siglo XX era posible ocultar movimientos de tropas durante períodos relativamente largos. Hoy resulta mucho más difícil. Satélites comerciales, drones tácticos, sensores terrestres, inteligencia electrónica y fuentes abiertas generan una vigilancia casi constante. La consecuencia es directa: todo aquello que puede ser visto puede ser atacado.

Este cambio obliga a revisar conceptos tradicionales. Las grandes concentraciones de fuerzas son cada vez más vulnerables. Los puestos de mando visibles se convierten en objetivos prioritarios. Las bases logísticas masivas presentan riesgos crecientes. La dispersión pasa a ser una condición esencial para sobrevivir. Pero dispersarse también complica la coordinación, que exige sistemas de mando y control mucho más eficaces. Ahí aparece uno de los grandes desafíos del futuro.

La inteligencia artificial ha tenido hasta ahora una presencia limitada, pero creciente, en el conflicto. Su importancia no reside solo en sistemas autónomos o armas futuristas. La verdadera revolución puede estar en el procesamiento masivo de información, la identificación automática de objetivos, la priorización de amenazas, el análisis predictivo, la gestión logística y el apoyo a la toma de decisiones.

En los conflictos modernos, el problema principal ya no es obtener información, sino gestionarla. Las fuerzas armadas reciben cantidades ingentes de datos procedentes de sensores, satélites, drones, radares, comunicaciones e inteligencia abierta. Convertir esos datos en decisiones útiles es cada vez más difícil. La información sin procesar puede saturar la capacidad de mando. La inteligencia artificial puede convertirse en el multiplicador de fuerza más importante de las próximas décadas, no porque sustituya a mandos y analistas, sino porque puede ayudarles a decidir mejor y con mayor rapidez.

Ucrania y Oriente Medio también han recordado la importancia de la munición, el mantenimiento, la logística, el transporte, las infraestructuras protegidas y el combustible. Cuanto más tecnológica es una fuerza, más compleja resulta su sostenibilidad. No basta con adquirir sistemas avanzados: hay que mantenerlos operativos durante meses o años. La resiliencia industrial vuelve a ser un factor estratégico. Estas lecciones tienen implicaciones directas para las Fuerzas Armadas españolas. España no necesita copiar exactamente. Pero sí debe extraer enseñanzas. Entre ellas, reforzar las capacidades de drones y anti-drones, la guerra electrónica, los sistemas de mando y control, la inteligencia artificial aplicada a la defensa, la defensa antiaérea, la resiliencia logística, la base industrial nacional y la protección de infraestructuras críticas frente a amenazas híbridas.

Las Fuerzas Armadas que exige el siglo XXI

A partir de ese diagnóstico, España afronta desafíos específicos que no siempre coinciden plenamente con los de otros aliados. Por eso, aunque la cooperación internacional es indispensable, también necesita desarrollar capacidades propias suficientes.

Las Fuerzas Armadas españolas del futuro deberían ser:

Más preparadas: la preparación no se improvisa. Los conflictos modernos exigen adiestramiento, interoperabilidad y capacidad de reacción. La diferencia entre una fuerza preparada y otra insuficientemente entrenada puede medirse en vidas humanas.

Más tecnológicas: la inteligencia artificial, los drones, la guerra electrónica, el espacio, el ciberespacio y los sistemas autónomos ya forman parte del campo de batalla. La tecnología no sustituye al combatiente, pero multiplica su eficacia.

Más resilientes: los conflictos actuales han demostrado que la resistencia es tan importante como la capacidad inicial. La sostenibilidad logística, industrial y humana será decisiva.

Más numerosas: una de las lecciones más incómodas de los conflictos actuales es que las guerras de alta intensidad consumen enormes cantidades de recursos y personal. La dimensión humana vuelve a tener importancia estratégica.

Militares españoles del Destacamento ‘Vilkas’, que permanecerán cuatro meses en Lituania

Militares españoles desplegados en LituaniaMinisterio de Defensa

La creación de una reserva voluntaria será probablemente uno de los grandes debates estratégicos de España en las próximas décadas. La experiencia de Ucrania, Israel, Finlandia, Suecia o los países bálticos demuestra que una reserva bien organizada constituye una herramienta fundamental para la defensa nacional.

Una reserva moderna debería ser voluntaria, flexible, compatible con la vida profesional, atractiva para los jóvenes, bien remunerada y útil para la defensa nacional. No sustituiría a las Fuerzas Armadas profesionales; las reforzaría, las complementaría y aumentaría su capacidad de resistencia. También proporcionaría profundidad estratégica en caso de crisis y fortalecería los vínculos entre la sociedad civil y sus Fuerzas Armadas.

Durante mucho tiempo, la industria de defensa se ha analizado sobre todo desde una perspectiva económica. Genera empleo, impulsa la innovación y produce riqueza. Pero su importancia principal es estratégica. Un país que depende por completo del exterior para equipar a sus Fuerzas Armadas asume riesgos considerables. España necesita capacidad industrial, producción nacional, mantenimiento propio, cadenas logísticas seguras y suministro garantizado. La autonomía estratégica absoluta es imposible. Pero la dependencia excesiva también es peligrosa. Fortalecer la base industrial de defensa en los ámbitos terrestre, naval, aeroespacial, cibernético y electrónico no significa actuar en solitario, sino ser más fuerte junto a los aliados.

Cultura estratégica y liderazgo político

Hay una cuestión que suele recibir menos atención que los presupuestos o los sistemas de armas: la cultura estratégica de seguridad y defensa. Durante décadas, muchos ciudadanos han percibido la seguridad como algo garantizado, casi permanente, como un servicio que simplemente existe. Pero la seguridad no surge espontáneamente. Hay hombres y mujeres que trabajan cada día para protegerla.

La sociedad española necesita comprender mejor qué hacen sus Fuerzas Armadas, cuáles son sus misiones, qué amenazas existen y qué significa realmente la disuasión. No se trata de militarizar la sociedad, sino de conocer la realidad. Una democracia madura debe poder debatir sobre defensa con normalidad, rigor y serenidad. Sin prejuicios. Sin simplificaciones. Sin complejos.

Toda transformación estratégica exige liderazgo. No solo militar, sino sobre todo político. Las decisiones que determinarán la seguridad de España durante los próximos veinte o treinta años deben tomarse antes de que aparezcan las crisis. Cuando una amenaza se materializa, suele ser demasiado tarde para empezar a prepararse.

La defensa requiere continuidad, visión a largo plazo, consenso, planificación y estabilidad presupuestaria. Las capacidades militares no se construyen en una legislatura. Ni siquiera en dos. Se construyen durante décadas. Por eso, la seguridad nacional debería ser una auténtica política de Estado.

Realismo sin alarmismo

España no necesita alarmismo. No necesita militarismo. No necesita vivir con miedo. Pero sí necesita realismo. Necesita comprender que la libertad, la prosperidad y la estabilidad no son gratuitas; que la seguridad es condición previa para todo lo demás; y que la mejor forma de evitar una guerra sigue siendo estar preparados para ella. La disuasión no es una política para combatir. Es una política para que nadie se atreva a hacerlo.

Esa es quizá la enseñanza más importante que dejan Ucrania, Oriente Medio y el nuevo escenario internacional. El objetivo no es construir unas Fuerzas Armadas más fuertes para hacer la guerra. El objetivo es construir una España más segura para no tener que vivir una guerra jamás.

La España de mediados del siglo XXI vivirá en un entorno más competitivo que el actual. La competencia tecnológica será más intensa. La lucha por recursos estratégicos aumentará. Las amenazas híbridas serán más sofisticadas. La inteligencia artificial modificará sectores enteros. Las presiones demográficas afectarán a regiones cercanas. Y la rivalidad entre grandes potencias seguirá condicionando el sistema internacional.

No sabemos exactamente cómo será ese mundo. Pero sí sabemos algo importante: la improvisación nunca ha sido una estrategia. Por eso, el verdadero desafío para España no consiste solo en adquirir nuevos sistemas de armas, aumentar presupuestos o modernizar estructuras. El verdadero desafío consiste en desarrollar una auténtica cultura estratégica nacional. Una cultura capaz de anticipar riesgos, comprender tendencias, definir intereses y movilizar recursos. Y, sobre todo, una cultura capaz de actuar con la suficiente anticipación para evitar que los acontecimientos obliguen a reaccionar tarde. Porque, en última instancia, las naciones no conservan su libertad por casualidad. La conservan cuando son capaces de pensar estratégicamente antes de que aparezcan las amenazas. Ese es, probablemente, el gran reto de España en la primera mitad del siglo XXI.

La seguridad y la defensa no son solo un problema militar; son, ante todo, una cuestión de visión nacional. España dispone de hombres y mujeres capaces, de una posición geográfica decisiva, de aliados, de industria y de unas Fuerzas Armadas ejemplares. El reto ya no consiste en descubrir qué debe hacerse, sino en decidir si estamos dispuestos a hacerlo a tiempo. Porque las naciones no conservan su libertad por casualidad. La conservan cuando piensan estratégicamente antes de que las amenazas llamen a la puerta.

  • Carlos de Antonio Alcázar es analista del Centro de Seguridad Internacional (Instituto para el Bien Común Global - Universidad Francisco de Vitoria).
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