Todo por adelantado
Viajamos a lomos de una vertiginosa máquina del tiempo en la que, a mediados de noviembre, se multiplican los alumbrados y las cenas de Navidad
Vivimos tiempos acelerados. Cuando aún humean las brasas de la noche de San Juan, hay cafeterías y administraciones de lotería que cuelgan —con seis meses de antelación— los décimos del Gordo. A finales de agosto, cuando todavía sudamos la gota gorda del insomnio tropical, hay tiendas que lucen la decoración de Halloween. Y, pasados Todos los Santos y Difuntos, salen de los desvanes las guirnaldas, los abetos y los alumbrados navideños. Todo lo experimentamos por adelantado: estamos a mediados de noviembre y en medio planeta —en Coruña somos algo más pacientes— ya están encendidas las luces de Navidad, en una carrera por anticiparnos tan alocada que, cuando el almanaque llega al día de la verdad, uno ya no sabe si toca festejar Nochebuena o la romería de Santa Margarita.
Y no es sólo cosa de los políticos —siempre proclives a agitar delante de nuestros morros cualquier señuelo que nos distraiga— porque a la fiebre navideña de noviembre se ha sumado con entusiasmo la iniciativa privada. A estas alturas del calendario ya hay muchas empresas e instituciones que han celebrado sus cenas de Navidad. Ya se sabe que a partir del puente de la Inmaculada no hay quien pille una reserva en los restaurantes coruñeses, así que más vale adelantar la cita para asegurar. A este paso, acabaremos yendo en chanclas y bermudas al jolgorio navideño de la oficina, que será en julio en el chiringuito de Bastiagueiro.
Este calendario acelerado me recuerda una anécdota que cuenta mucho mejor que yo, el gran Luis Ventoso. Hace años, cuando los dos coincidimos en otro periódico, el jefe supremo reunía a sus directivos en marzo y les soltaba: «Este año ya se está acabando. En realidad, estamos casi en agosto, que es un mes inhábil porque todo el mundo se va de vacaciones. Luego la gente vuelve a empezar a mediados de septiembre, pero entre que se ponen y no se ponen... ya es Navidad». Aquello parecía un discurso estrafalario, pero en realidad era una premonición. Si lo pensamos con detenimiento, no falta tanto para que las bombillas de Vigo empiecen a deslumbrarnos en primavera. Así se aprovecharía el tirón turístico de la Semana Santa.
Alumbrado navideño en la plaza de Azcárraga
Con tanto afán de exprimirlo todo por anticipado, a veces me da la sensación de que estamos recluidos en un acelerador de partículas. Solo que en este caso las partículas aceleradas somos nosotros, que vamos dando bandazos y colisionando unos con otros, mientras los jefes del laboratorio, que se toman las cosas con mucha más calma, nos observan y toman notas. A mí ese vivir centrifugado me parece más bien un sinvivir.
Unos buenos amigos —a los que no identificaré porque son de los que aman la discreción sobre todas las cosas— quedamos de vez en cuando en un restaurante del Burgo para darnos un homenaje y, sobre todo, para conversar sobre los libros que hemos leído, estamos leyendo o vamos a leer. Porque, aparte de cultivar el antiguo y sagrado arte de la amistad, lo más valioso de esas sobremesas es la lista de futuras lecturas que se lleva uno tras los postres.
Lo que más me llama la atención del restaurante —más incluso que la calidad de sus carnes a la brasa— es la respuesta que te dan cuando, en pleno noviembre, pides unos tomates para acompañar el chuletón:
—No tenemos, caballero, es que ahora no estamos en temporada.
Es el único local que yo conozco donde solo te sirven tomates cuando se pueden recoger en los huertos locales. Porque, aunque a los urbanitas se nos haya olvidado, en Galicia no hay tomates todo el año, salvo que sean de invernadero y vengan de más allá de Padornelo.
Ahora mismo, esa idea de esperar con paciencia el momento justo de las cosas para disfrutarlas me parece absolutamente revolucionaria.