El sacerdote Ricardo Bello
Ricardo Bello, el sacerdote centenario: «Hubo dificultades, pero procuré llevarlas bien»
Con una vida dedicada a los demás, el sacerdote ha cumplido 100 años en los que ha pasado por todo tipo de situaciones que le han hecho reafirmarse en su fe
Cien años ha cumplido Don Ricardo Bello Mato, sacerdote diocesano de la Archidiócesis de Santiago de Compostela. Con una vida dedicada a la fe, el sacerdote lleva 71 años ejerciendo.
Con motivo de su centenario, el miércoles 12 de agosto, recibió en la Casa Sacerdotal la visita del arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández.
Durante el encuentro, el arzobispo puso en valor el testimonio de don Ricardo, su fidelidad a la vocación sacerdotal y el valor de una vida marcada por la entrega, la oración y el acompañamiento a los demás. Un reconocimiento que el sacerdote recibió con especial agradecimiento.
Vocación en tiempos difíciles
Don Ricardo nació en Cances, en el seno de una familia numerosa y profundamente católica. Su infancia estuvo marcada por las consecuencias de la guerra, la pérdida de su hermano mayor y la necesidad de asumir responsabilidades propias de un adulto. Tras la contienda, sus padres lo enviaron al colegio salesiano de Madrid, donde conoció de cerca una ciudad herida y a numerosas familias que habían sufrido las consecuencias del conflicto.
En 1943 ingresó en el seminario, donde encontró un ambiente de jóvenes con ilusión y vocación. Años después llegaría uno de los momentos que recuerda con mayor cariño: su ordenación de diácono. Fue celebrada por el cardenal mons. Fernando Quiroga y don Ricardo formaba parte de un grupo de unos 33 ordenandos. Por ser el mayor, le correspondió pronunciar las palabras de agradecimiento.
En 1955 celebró su primera misa en Cances, acompañado por el entonces párroco, don Tomás Dosil. Aquel día lo vivió con emoción. «Me encontraba indigno y limitado», recuerda al evocar aquella celebración, que estuvo rodeada de fiesta e ilusión.
Poco después fue nombrado párroco de Viones, Leiro y Cerneda, en Abegondo. Llegó con entusiasmo y con la experiencia adquirida durante su etapa de seminarista en la catequesis del Carmen, en Santiago. Allí contó con la colaboración de un grupo de universitarios, algunos de los cuales terminarían teniendo vocación misionera.
En aquellas tres parroquias recorrió las casas de las familias, llevó la hoja parroquial e invitó personalmente a los vecinos a participar en una misión programada por el arzobispo Mons. Fernando Quiroga. La experiencia se convirtió, según su propio recuerdo, en un momento de especial intensidad humana y espiritual.
Una vida dedicada a acompañar
Su recorrido pastoral continuó en Bardaos, en Cabaleiros, donde permaneció tres años e impulsó diversas obras para mejorar las instalaciones de la parroquia. Entre ellas estuvieron la reparación del techo de la iglesia, el retablo, los bancos y los nichos. También promovió la construcción de un salón parroquial destinado a reuniones, formación y convivencia.
Aquel espacio terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para toda la comunidad. Allí acudían jóvenes que se preparaban para emigrar a Europa, personas mayores que buscaban resolver sus problemas y familias que encontraban un lugar para compartir.
Imagen de la visita del arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández.
Más tarde llegó a San Martiño de Ozón, en Muxía. El monasterio se encontraba en una situación precaria y su recuperación se convirtió en uno de los grandes desafíos de aquella etapa. Uno de los pabellones en ruinas fue restaurado para convertirlo en rectoral.
La actividad pastoral se intensificó con cursillos, ejercicios espirituales, charlas, grupos de Hijas de María y diversas devociones. También se abordaron cuestiones relacionadas con el problema agrario, se instalaron aguas, se reformó la capilla de Sujo y se creó un teleclub que recibió un premio del señor Barrié. Las misiones populares se extendieron por distintos lugares de la parroquia.
Don Ricardo recuerda aquella etapa con especial intensidad. Cuando intentó marcharse a América, don Benito Espiño no se lo permitió y lo destinó a Ozón.
Posteriormente desarrolló su labor en San Pedro de Nós y San Jorge de Iñás, en Oleiros. La llegada estuvo marcada por las dificultades: frío, lluvia, viento, poca gente y ausencia de casa rectoral. Sin embargo, aquella primera impresión dio paso a una intensa actividad pastoral y comunitaria.
Se realizaron obras en las iglesias, se creó un salón parroquial, se organizaron cursillos juveniles, excursiones y misiones, y la catequesis llegó a más de un centenar de niños. También surgieron las llamadas «damas de iglesia», mujeres dedicadas a atender a enfermos, pobres y personas solas, además de colaborar en el cuidado de la iglesia y el cementerio. En Iñás, las religiosas desarrollaron asimismo una importante labor espiritual y caritativa.
En 1999, don Ricardo fue nombrado capellán de la Residencia P. Rubinos y de las religiosas de la Caridad. Allí centró su ministerio en el acompañamiento de ancianos, pobres y transeúntes. Participó además en el traslado a la nueva residencia donada por Amancio Ortega. Mantuvo este servicio hasta 2017.
Un centenario vivido con gratitud
Al mirar hacia atrás, don Ricardo considera que su vida sacerdotal ha merecido la pena, especialmente por las personas a las que pudo acompañar. «Para mí sí», responde cuando se le pregunta si volvería a elegir el sacerdocio, recordando también a algunos fieles que le agradecieron el apoyo recibido.
No oculta, sin embargo, que en el camino hubo dificultades. «Muchas, que procuré llevar bien», reconoce al hablar de las cruces que también forman parte de un siglo de vida.
A sus cien años, desde la Casa Sacerdotal percibe la necesidad de cuidar la espiritualidad en los pequeños gestos cotidianos, como rezar juntos el Ángelus o bendecir la mesa.
Su visión del Cielo refleja igualmente la profundidad de su fe. Lo describe como una residencia alrededor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, un espacio de «inmensidad de Dios» y de convivencia entre sus hijos, contemplando la fuerza creadora de Dios en el cosmos.
Hoy vive junto a su hermano, don Jesús, en la Casa Sacerdotal de Santiago. Allí continúa rezando, acompañando y escribiendo. Su presencia tranquila y su memoria viva representan el testimonio de un siglo de historia y de más de siete décadas de servicio sacerdotal.