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Vila-Matas en la Ciudad Vieja

El escritor barcelonés se encontró en Coruña con el fantasma de Perec, que por las noches cruza raudo el casco histórico a bordo de una moto

Cuando la Fundación Luis Seoane hacía honor a su nombre, organizaba exposiciones como las dedicadas a Pasolini o a Thoreau y las cabañas para pensar. Pongamos que volvemos a aquellos tiempos. Noviembre de 2010. Andaba entonces Alberto Ruiz de Samaniego al mando del museo de la calle San Francisco y montó otra de esas muestras con las que ahora soñamos: Pere(t)c. Una gloriosa antología del universo de Georges Perec. Una tentativa de agotar sus lugares parisinos (e incluso sus lugares coruñeses). Un fabuloso paseo por las palabras y los mundos del francés, que lo mismo navegaba por la poesía que por los cuadrados latinos o la literatura experimental de OuLiPo. Era un escritor con gato —de hecho, con muchos gatos— y con eso está todo dicho. A esa estirpe de la literatura felina pertenecen los Cortázar, los Twain, las Pardo Bazán. Casi nada.

Ya digo que parece que estamos hablando de un país imaginario. En 2010 nos parecía de lo más normal que Enrique Vila-Matas, uno de los grandes perequianos de nuestras letras, hiciese en el mismo día un viaje de ida y vuelta desde Barcelona a Coruña para ver nuestro Pere(t)c y escribir sobre aquella enormidad.

El escritor Enrique Vila-Matas

El escritor Enrique Vila-MatasDonostia Kultura

«El autor de Las cosas y de La vida instrucciones de uso se encuentra ante la hipotética oportunidad tardía y extraña de pasear por parajes gallegos inesperados por los que sin duda cruza todas las noches, sin yelmo ni protección alguna, con un pequeño ciclomotor de manillar cromado, contagiando de euforia inesperada a todo el barrio viejo de la ciudad de A Coruña. Hasta un bar próximo a la Fundación Luis Seoane, donde se presenta la gran exposición dedicada a la dimensión visual de su literatura, se ha sumado a la fiesta y promete servir muy pronto crepes de Perec, y también Perec Decrep, un cóctel nuevo. El casco antiguo de A Coruña se ha vuelto único, tan impar como el señor del manillar cromado. Y hasta se ha visto reforzado en su rebeldía por la calma tensa que ha venido a sustituir a la potente tempestad de los pasados días. Como si se esperara un acontecimiento», nos contaba Vila-Matas.

La verdad es que la promesa del cóctel Perec nunca se cumplió, que yo recuerde. Pero nuestra Ciudad Vieja sí que se volvió única. Tan impar como el señor del manillar cromado. Y hay noches en que, si uno vaga sin rumbo por el casco histórico, contando los charcos y las flores que emergen de las losas, de pronto se ve sorprendido por un motorista que pasa raudo por la calle San Francisco hacia el jardín de San Carlos y la Fundación Luis Seoane. Es el fantasma de Georges Perec, que de vez en cuando sale de su escondite favorito en la plaza Saint-Sulpice de París y vuelve a Coruña para refugiarse en aquel museo donde fue tan feliz y nos hizo tan felices a nosotros.

Me acuerdo de todo esto ahora que le han dado el Premio Nacional de las Letras Españolas a Enrique Vila-Matas, que el año pasado regresó precisamente a la Fundación Luis Seoane para presentar su Canon de cámara oscura. Y recuerdo un libro de Perec que se titula Recuerdo. Y el de Joe Brainard (I remember). Y el maravilloso Lémbrome, de nuestro Xurxo Chapela. Y unas líneas formidables del propio Luis Seoane. Un párrafo que pertenece, a su manera, al Recuerdo de Perec, y al de Brainard, y al de Chapela: «Habitan en La Coruña y no saben que los viejos de su infancia decían a los niños que, desde la península de la Torre, en la misma ciudad, se podía ver en los días claros la costa de Irlanda. Quizás nunca lo supieron. Yo sé eso. Lo recuerdo».

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