Mansa paloma, astuta serpiente: María Corina entre lobos
Desde que Machado pisó Venezuela la dinámica política se ha descongelado. La borrosa promesa de reinstitucionalización empieza a encontrar cauces netos, fechas precisas: existe un polo de atracción irresistible que imanta voluntades, suma apoyos. Hoy se distingue el puerto de llegada
Tras la noticia de la extracción de Maduro muchas personas de buena fe se rasgaron las vestiduras: ¡injerencia, imperialismo! Curiosamente, no advertían la absoluta sumisión de la Venezuela chavista-madurista a redes delincuenciales multinacionales que hacían del país una lanzadera de crímenes, a la par que mantenían a la desesperada población al borde de la inanición, sumida en el miedo… ¡privilegios que tienen ciertos rótulos políticos —socialismo, revolución— para enceguecer a una porción nada desdeñable —e influyente— de la humanidad a fin de encubrir esquemas de terror y explotación!
Muchos venezolanos pensamos que la caída de Maduro acarreaba la salida de su camarilla y la entrada de factores clave preteridos: decencia y capacidades. No ocurrió así: la camarilla permaneció como gestora de intereses estadounidenses. Más aún: la persona que a todas luces concentra la legitimidad —María Corina Machado— encontraba dificultades para ejercer su liderazgo. El juego político se estaba trancando: los venezolanos nos hallábamos prácticamente al margen contemplando una difusa promesa de lenta reinstitucionalización.
El marasmo de tutela foránea y orfandad cívica se alteró el domingo 25 de octubre: Machado reapareció. No en un despacho, alcabala o aduana: ¡en el santuario de la Divina Pastora, advocación mariana nacida en Sevilla y custodiada desde el siglo XVIII en Santa Rosa, villa de honda raíz hispánica fundada en 1673! Allí, al arrodillarse, comulgar y —en medio de fieles en júbilo— recibir la bendición, Machado reavivó las fibras más nobles de nuestra tradición al engarzar —¿impulso providencial, jugada táctica?— con el pensamiento fundacional hispano, formulado por la Escuela de Salamanca: la soberanía emana de Dios, el pueblo la recibe y la deposita en el gobernante siempre que permanezca sujeto a la Ley Natural y al bien común. Machado hizo cristalizar —mírese desde el altar o desde Maquiavelo— una vibrante y poderosa alianza de Divinidad, raíces y pueblo en vía hacia el poder. Veámoslo: alianza con Dios, bajo el manto de la Divina Pastora; con la matriz hispana, desde la villa de Santa Rosa; y con el pueblo —exultante— desde el templo, pasando por calles y autopistas llenas de personas autoconvocadas recién enteradas del acontecimiento, hasta llegar al seno de multitudes en Caracas, centro del poder político.
¿Cómo ha logrado Machado este intenso e inmenso apoyo popular? Se trata de una persona de inteligencia rápida y aguda, sistemática, de elocuente expresión, con una asombrosa capacidad de trabajo y concentración, refractaria al desaliento y la fatiga. Pero estos atributos no son suficientes para explicar una adhesión tan masiva y entusiasta. Juegan aquí unas virtudes que nutren genuinamente a Machado, las cuales, con el tiempo y los contrastes, han sido claramente percibidas: coraje, honradez y empatía. Coraje, en el careo en que espetó a Chávez «expropiar es robar», pasando por los huesos rotos de su rostro en el Parlamento encabezado por Diosdado Cabello, hasta el desafío de recorrer en automóvil y motocicleta un país sembrado de alcabalas y grupos armados. Honradez, por su negativa a participar en diálogos espurios, repartos de cuotas o componendas que deshonraron a dirigentes; por su negativa a mentir o envilecer a la gente ofreciendo dádivas, prebendas o regalos clientelares. Y empatía: fundió su propio desgarro —madre separada de sus hijos— con el duelo de millones de hogares rotos, escuchando y abrazando a una población olvidada y humillada.
¿Podrá prevalecer Machado frente a factores inescrupulosos —regidos por intereses colosales— que detentan poder de fuego, aparatos estatales y dinero? Es un escenario plausible. Va arrastrando a sus adversarios a su propio terreno: un tablero de orden moral y espiritual donde mafias y mercaderes están desarmados. En un contexto infestado de lobos, Machado encarna la máxima evangélica: astuta como serpiente, mansa como paloma. Su fuerza constituye la antítesis de la de sus antagonistas: estos se fían de la coacción, el cálculo cínico, la compra de conciencias; ella desplaza el centro de gravedad hacia lo que ha denominado «lucha espiritual». Conjugando bien, ejemplaridad y rectitud, ha obrado un milagro cívico: dotar de sentido enaltecedor a una multitud que el chavismo intentó envilecer y deprimir. Este plano moral no es lirismo inerme, es potencia operativa respaldada por una aguda astucia: lo probó el 28 de julio de 2024, cuando desnudó —proeza de organización— el fraude de un Estado forajido-totalitario. Acaba de rubricarlo con su propio retorno, sorteando el cerco de intereses que conspiraban para mantenerla fuera de juego.
La amalgama entre autoridad moral y fervor popular no es catarsis callejera, es la cristalización de una formidable fuerza política capaz de alterar las correlaciones de poder: desde que Machado pisó Venezuela la dinámica política se ha descongelado. La borrosa promesa de reinstitucionalización empieza a encontrar cauces netos, fechas precisas: existe un polo de atracción irresistible que imanta voluntades, suma apoyos. Hoy se distingue el puerto de llegada. El último tramo de la travesía es de riesgo extremo: no se descarta el encallamiento o el naufragio. Pero el imán cívico surgido agrega a la carpeta de hipótesis la llegada a una tierra firme donde se pueda respirar y prosperar, a un país que se reinserte en Hispanoamérica y en el mundo con una voz constructiva y resonante.