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Daniela Brik
AnálisisDaniela Brik

Israel frente al espejo: las urnas dejan un panorama endemoniado para formar Gobierno

La primera fórmula que se baraja es un Gobierno de unidad nacional entre Benjamin Netanyahu y Gadi Eisenkot, con la incorporación de sectores de ambas coaliciones

Judíos ultraortodoxos, en su mayoría exentos del servicio militar, reaccionan mientras la policía dispara granadas aturdidoras para dispersarlos durante una protesta contra su reclutamiento para el servicio militar obligatorio cerca del centro de la ciudad israelí de Bnei Brak el 29 de octubre de 2026.

Judíos ultraortodoxos cerca del centro de la ciudad israelí de Bnei Brak el 29 de octubre de 2026AFP

«Al menos he podido visitar a mi familia». «He ido para nada». Con esas frases dos israelíes describían este miércoles, antes de conocerse el recuento definitivo, la sensación de haber viajado desde Madrid a Tel Aviv para votar. Miles de israelíes residentes en el extranjero hicieron el viaje con la esperanza de que la movilización de votantes propiciara un cambio político.

Con el resultado sobre la mesa, y al margen de la investigación abierta por las sospechas de intentos de influencia extranjera en el voto árabe, que Qatar ha negado, corresponde ahora a los políticos hacer encaje de bolillos para formar Gobierno o devolver a los ciudadanos a las urnas.

El recuento final no deja ni al primer ministro y líder del Likud, Benjamin Netanyahu, ni a su principal contrincante, el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, un camino claro hacia una coalición. La victoria pírrica es para los partidos árabes, que han logrado un avance histórico.

El bloque de Netanyahu obtuvo 53 de los 120 escaños de la Knéset, el opositor encabezado por Eisenkot, 48, y las formaciones árabes, 19. Estas últimas permitirían a los adversarios del primer ministro sumar una mayoría potencial de 67 diputados. Los resultados definitivos se publicaron en la madrugada del viernes y serán entregados al presidente Isaac Herzog el 4 de noviembre.

En este escenario, Gershon Baskin, codirector de la Alianza por los Dos Estados, propone en The Times of Israel integrar a los partidos árabes como socios de pleno derecho. «No hay un futuro democrático sostenible para Israel si una quinta parte de sus ciudadanos queda excluida permanentemente del Gobierno», sostiene.

Pero el bloque alternativo no ha podido eludir una realidad decepcionante para quienes esperaban un cambio: Netanyahu sigue siendo el dirigente con mayor respaldo electoral. El Likud ha conseguido unos 52.000 votos más que en las elecciones de 2022, un incremento del 4,7 %, pese al desgaste acumulado tras el atentado del 7 de octubre, las guerras abiertas en varios frentes, el conflicto con Irán, el deterioro de la imagen internacional de Israel, las protestas contra la reforma judicial y las acusaciones de corrupción que rodean al primer ministro.

La participación, del 77,9 %, ha sido la más alta desde 1999. Refleja una movilización excepcional de una sociedad profundamente polarizada. Sin embargo, la elevada afluencia a las urnas no ha despejado el panorama: Netanyahu sigue al frente de la fuerza más votada, pero su bloque ha perdido la mayoría y la oposición no ha conseguido construir una alternativa por sí sola.

La nueva Knéset tomará posesión el 10 de noviembre. Herzog tendrá hasta el 11 para encargar la formación de Gobierno al primer candidato, que dispondrá de 28 días, prorrogables hasta un máximo de 42. Si fracasa, habrá una segunda oportunidad y un último plazo de 21 días para reunir el apoyo de 61 diputados. Si tampoco lo consigue, los israelíes volverán a las urnas.

Un Gobierno de unidad para evitar otras elecciones

La primera fórmula que se baraja es un Gobierno de unidad nacional entre Netanyahu y Eisenkot, con la incorporación de sectores de ambas coaliciones.

Herzog ha pedido a los dirigentes que mantengan una actitud abierta para evitar nuevas elecciones. Aunque su oficina negó que hubiera propuesto directamente un acuerdo entre ambos líderes, la posibilidad ha ganado espacio en el debate político.

El periodista Yaron Deckel, en un análisis publicado en Ynet, defiende que ambos negocien y recuperen el precedente del Gobierno de unidad formado en 1984 por Simon Peres e Isaac Shamir.

La fórmula podría incluir una rotación en la jefatura del Ejecutivo, pero exigiría importantes concesiones. Eisenkot tendría que compartir el poder con el dirigente al que ha señalado como responsable de la crisis política. Netanyahu, por su parte, debería prescindir de sus socios más radicales, Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, aceptar compromisos sobre la reforma judicial y una comisión independiente que investigue los fallos de seguridad del 7 de octubre.

El precedente tampoco resulta alentador para el líder opositor. En 2020, Benny Gantz entró en un Gobierno de unidad con Netanyahu y acabó políticamente debilitado después de que el primer ministro incumpliera el acuerdo de rotación. Eisenkot podría correr la misma suerte y caer en la irrelevancia como alternativa.

La llave de los partidos árabes

La segunda opción es que Eisenkot consiga una mayoría con el respaldo de las formaciones árabes. Sobre el papel, los 48 escaños del bloque opositor y los 19 de Lista Conjunta y Ra'am sumarían 67 diputados, seis más de los necesarios.

Uno de los principales obstáculos es Avigdor Liberman. El líder de Israel Beitenu ha reiterado su negativa a formar Gobierno tanto con Netanyahu como con los partidos árabes. «Ni Bibi ni Tibi», ha resumido, en alusión al primer ministro y al diputado árabe Ahmad Tibi. Liberman cuenta con un electorado fiel y sabe que renunciar a ese discurso podría tener un elevado coste político.

Tampoco todos los demás integrantes del bloque opositor, salvo Yair Golán de Los Demócratas, están dispuestos a asumir una alianza de este tipo. Ra'am, liderada por Mansour Abbas, es un partido islamista conservador que ya participó en el Gobierno de Bennett y Lapid en 2021. El político ha defendido una estrategia pragmática, centrada en conseguir mejoras para la población árabe, que afronta una criminalidad sin precedentes. Sin embargo, sus posiciones sobre Hamás y el conflicto palestino generan recelos entre buena parte de los partidos judíos.

Una fórmula intermedia sería que las formaciones árabes no entrasen en el Ejecutivo, pero respaldasen desde fuera un Gobierno en minoría encabezado por Eisenkot. Así, los partidos opositores no tendrían que desdecirse por completo de sus compromisos electorales y las formaciones árabes conservarían su capacidad de influencia parlamentaria.

Sin embargo, ese Ejecutivo dependería de los apoyos externos para aprobar los presupuestos y las principales iniciativas legislativas, además de afrontar decisiones difíciles sobre salir a una guerra o en materia de seguridad y defensa. Su estabilidad estaría condicionada por la voluntad de unos socios que no formarían parte del Gobierno.

Los partidos árabes han conseguido casi el doble de escaños que en la anterior legislatura y buscan transformar el peso demográfico de una comunidad que representa en torno al 20% de la población israelí en capacidad de negociación. Sin embargo, siguen encontrando una barrera política mucho mayor que los partidos ultraortodoxos para ser aceptados como socios de Gobierno.

Otras combinaciones y el regreso a las urnas

Entre las posibilidades restantes figura que algunos diputados opositores se incorporen al entorno de Netanyahu, aunque las cifras hacen difícil que recupere la mayoría. Eisenkot también podría explorar un acuerdo con los partidos ultraortodoxos, que suman 13 escaños entre Shas y Judaísmo Unido de la Torá. Pero esa vía chocaría con una de las principales promesas del bloque del cambio: poner fin a las exenciones generalizadas del servicio militar para los estudiantes de las escuelas rabínicas.

Si ninguna fórmula prospera, los israelíes podrían tener que regresar a las urnas. Una nueva convocatoria prolongaría el bloqueo. Netanyahu podría presentar la cooperación con los partidos árabes como una amenaza para la seguridad y la identidad del Estado, mientras que la frustración de quienes esperaban un cambio podría traducirse en abstención.

El análisis de Joshua Leifer en Haaretz señala una contradicción: la oposición tiene los números para derrotar a Netanyahu, pero puede perder esa oportunidad si mantiene su rechazo a los partidos árabes. Debe elegir entre cumplir esa promesa o intentar formar una mayoría con ellos.

Las reticencias de los dirigentes no coinciden necesariamente con las preferencias de sus votantes. Una encuesta del Centro Accord de la Universidad Hebrea, publicada por The Jerusalem Post, indica que el 61 % de los electores de los cuatro principales partidos opositores apoyaría un Gobierno de Eisenkot con Ra'am. El 20 % preferiría repetir las elecciones, el 12 % un Gobierno de rotación con Netanyahu y el 7 % una coalición con los ultraortodoxos.

La participación de los partidos árabes sigue generando desconfianza entre parte de la sociedad israelí, marcada por los ataques del 7 de octubre y los graves enfrentamientos entre árabes y judíos en ciudades mixtas en 2021. Pero la hemeroteca nos recuerda que pocas semanas después, Ra'am entró por primera vez en el Gobierno israelí.

¿Pasarán los partidos árabes de ser considerados quintacolumnistas a representar a una quinta parte de la población de Israel?.

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