Aquellas elecciones del miércoles
En la campaña de junio de 1977, a los niños nos dio por recolectar los pasquines de los partidos con el mismo entusiasmo que poníamos en todas nuestras colecciones
Volveremos a votar dentro de unas semanas y, como cada vez que hay elecciones generales, recuerdo dos momentos: los comicios de 1977, cuando los españoles votaron libremente por primera vez en cuarenta años, y la primera vez que yo pude ejercer ese derecho, en las europeas de 1989. Supongo que la vida va de eso, de sumar primeras veces.
El 15 junio de 1977 se ponía en marcha la democracia. Estaba todo por estrenar. Era todo tan nuevo que nadie se percató de que la votación caía a miércoles, lo que ahora nos parecería un puro disparate. Entonces daba igual porque lo importante era aprender a usar las urnas. El país estaba tan acostumbrado a no escoger que, el día de marras, unas señoras se presentaron en el colegio electoral y se pusieron a discutir con los de la mesa porque ellas no estaban dispuestas a apoyar a ningún partido. Querían votar como siempre que sí, que era lo que venían haciendo cada vez que el régimen montaba un referéndum para darse la razón a sí mismo.
Yo andaba entonces por los seis años y mi único recuerdo de aquellos días es de una Coruña inundada de propaganda electoral. Por todas partes había carteles, octavillas, papeletas y pasquines con la publicidad de los partidos y los candidatos. A los niños nos dio por recolectar aquellos folletos con el mismo entusiasmo que poníamos en todas nuestras colecciones. Andábamos por el centro, de la mano de nuestros padres, e íbamos apañando por el suelo los candidatos que nos faltaban.
—¿Ya tienes a Meilán?
—Sí, solo me falta el de Democracia Cristiana.
—Ese lo tengo repe.
Hay que entender que en aquella infancia analógica de los setenta el coleccionismo nos permitía ir matando el tiempo, que entonces duraba mucho más. Una hora de 1977 era como tres o cuatro horas de 2026. Tal vez por eso, porque las tardes no acababan nunca, coleccionábamos todo lo que se ponía a tiro. Cromos de fútbol, chapas, billetes y monedas de otros países, sellos, minerales y hasta conchas. Las conchas tenían la ventaja de que las podías pillar gratis en Riazor. Lo mismo que las octavillas de los partidos, que andaban esparcidas por la plaza de Pontevedra a la espera de que fuésemos a salvarlas de los barrenderos.
Cartel electoral del PSOE para la campaña de 1977
Había tanta ingenuidad en aquella resurrección de las urnas que las formaciones se habían comprometido a no plantar su publicidad encima del póster del rival. Por supuesto, luego solo dos almas cándidas cumplieron esa promesa, y lo que había en los muros era una gruesa capa de siglas y candidatos que se iban pegando unos encima de otros con un cubo de cola y un cepillo. Supongo que el olor de esa cola pegajosa es el olor fundacional de la democracia.
No teníamos ni idea de quiénes eran aquellos paisanos que pedían el voto de nuestros padres desde las vallas y las medianeras, pero sí reconocimos de inmediato al autor de uno de los carteles. Y es que el PSOE tuvo la astucia de encargarle a José Ramón, que era un señor que pintaba en directo en la tele para los niños, que crease a un Felipe González de dibujos animados, siempre rodeado de ciudadanos felices y esperanzados. No sé si los socialistas se estaban trabajando ya a las futuras generaciones, pero los pequeños no teníamos mucha duda a la hora de elegir entre los encorbatados en blanco y negro de la UCD y aquellas escenas multicolores de José Ramón, que tenía un estilo algo lisérgico y jipi, como de portada del Yellow Submarine de los Beatles.
Claro que entre la publicidad que aquellos días lo llenaba todo la que recuerdo por encima de cualquier otra no es la de Felipe. Ni la de Suárez. Ni la de Fraga. La que me quedó incrustada para siempre en la memoria era el anuncio que apareció entonces en la prensa proclamando una victoria inapelable: «Pronovias gana las elecciones. Por abrumadora mayoría, las novias de España dan su voto a Pronovias. Boutique: Juan Flórez, 69».