TRIBUNAJOSÉ LUIS MIRÓ

Viviendas sin ladrillos

Las casas se levantan con cemento, ladrillos y albañiles, no con palabras. Y Baleares tiene enormes dificultades para conseguir todo lo anterior

En medio de la interminable sucesión de escándalos que acorralan a la mafia socialista, entre los que se incluye la persecución a jueces y policías, nada menos, la vivienda es ahora el gran asunto nacional. Ahora, precisamente.

Sin duda, una feliz coincidencia para los gobernantes trileros y un señuelo que medios de comunicación y oposición han mordido con inopinado entusiasmo. De repente, todo el mundo tiene una solución para la sangrante falta de casas: construir miles de viviendas públicas. Miles, decenas de miles, las que hagan falta. «¡Será por dinero!», que diría el profesor Rodríguez Braun.

Un empresario del sector de la construcción me plantea una pregunta que sintetiza a la perfección la distancia entre el politiqueo y la realidad: «Todos hablan de construir vivienda, pero ¿con qué ladrillos y con qué cemento, si los precios del transporte marítimo de estos materiales a Baleares no dejan de subir?».

La cuestión tiene su miga. El metro lineal de mercancías transportadas a las Islas lleva encadenado subidas brutales desde hace años, primero por los absurdos impuestos verdes y, más recientemente, por el encarecimiento del combustible a raíz de la guerra de Irán. Nadie medianamente informado tiene dudas de que 2027 empezará con otra vuelta de tuerca.

Las casas se levantan con cemento, ladrillos y albañiles, no con palabras. Y Baleares tiene enormes dificultades para conseguir todo lo anterior. Los materiales llegan por mar pagando unos fletes prohibitivos y la mano de obra mínimamente cualificada escasea. Promover vivienda a precios asequibles es, hoy por hoy, una actividad de riesgo. A la lista de carencias cabe añadirle, por tanto, empresarios dispuestos comprometer su patrimonio para perder dinero u obtener rentabilidades misérrimas.

No discuto con esto la necesidad de construir viviendas públicas. Yo mismo crecí en una de ellas en el barrio de Son Dureta, donde por lo visto empiezan a proliferar los suecos. Soy ferviente partidario de hacer que transicionen de una vez las famosas áreas de transición -valga la redundancia- y que se permita construir en altura en lugares considerados santuarios naturales (aunque no pasan de ser inhóspitos solares) por el ecolojetismo local, cuya impenitente batalla contra el progreso es responsable de gran parte de los males de nuestro tiempo.

Lo enervante de esta situación es, en primer lugar, la caradura del Gobierno, la forma impúdica con la que manipula a las masas para esconder sus crímenes; en segundo lugar, la docilidad de una sociedad inoculada con el veneno del sentimentalismo y los falsos dilemas (desde el perro Excalibur hasta la pobre Maricarmen, pasando por Juana Rivas, Noelia del Castillo y tantos otros casos); y, para terminar, la ausencia de un mínimo rigor en el debate, que no soporta, como se ve, ni la más mínima prueba de esfuerzo.

Así que, antes de seguir contando casas que no existen, convendría que alguien respondiera, entre otras, a la pregunta del empresario cementero: ¿con qué ladrillos, con qué hormigón y con qué albañiles? O lo único que vamos construir al poco razonable precio de nuestra degradación social son castillos en el aire.

José Luis Miró es periodista y subdirector de Gaceta Náutica
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