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El trastorno bipolar en Córdoba: miles de personas conviven con esta enfermedad de contrastes

En su día internacional, dos expertos de los hospitales Reina Sofía y Quirónsalud analizan dicha patología

El trastorno bipolar puede afectar a entre y 4 y un 5% de la población, según los datos aportados por la coordinadora de la comunidad terapéutica de salud mental del Hospital Universitario Reina Sofía, Ana Benito; o entre un 0'5 a un 3% si atendemos a las cifras ofrecidas por el coordinador del servicio de psiquiatría del Hospital Quirónsalud Córdoba, José Ángel Alcalá. Aunque no existen estudios específicos en el caso de Córdoba, y por tanto la extrapolación no puede hacerse de forma precisa y rigurosa, tales números, tomados los extremos, afectarían a más de 3.800 personas en el caso del 0'5%, o más de 38.500 en el caso del 5%. Una media de más de 21.000. Sirva para ofrecer al menos un panorama amplio de la prevalencia de esta enfermedad cuyo día internacional se celebra hoy.

«Es un trastorno de variación del ánimo durante un tiempo determinado, es decir, hay periodos de exaltación, que se llaman periodos de manía -en los que una persona tiene sensación de grandiosidad, de poder hacerlo todo- y que pueden durar semanas o meses, seguidos de periodos de depresión, con bajo ánimo, pensamientos de muerte o sensación de incapacidad, también durante un periodo prolongado: ambos tienden a repetirse a lo largo de la vida», explica Ana Benito. «El paciente sufre y percibe más la parte depresiva, pero la fase maníaca, que es de mayor hiperactividad o de un estado de ánimo más exaltado, suele llamar más la atención en las personas acompañantes o los familiares», señala José Ángel Alcalá.

El doctor del Quirónsalud prosigue describiendo la fase maníaca: «suele haber varios síntomas, como una energía excesiva, impulsividad, irritabilidad, percepción excesiva de las propias capacidades, aumento de la velocidad del habla, no necesitan descansar». La psiquiatra del Reina Sofía añade que «dichas conductas no son congruentes con la personalidad de quien las padece, e incluso pueden dar lugar a conductas que choquen con las convenciones sociales, o por ejemplo que una persona callada o tímida se vuelva extraordinariamente locuaz, o que otra ahorrativa o moderada con el dinero empiece a tener gastos excesivos».

Predisposición genética

José Ángel Alcalá, resume las causas de este trastorno: «siempre puede haber una predisposición genética, a veces hay patrones familiares, y un abuelo o un tío más lejano ya sufrió la enfermedad, pero se añaden factores como situaciones de estrés mantenidas, dificultades familiares, consumo de sustancias como alcohol o cocaína, a veces puede darse que los estados de euforia o depresión puedan estar inducidos por este consumo, o al contrario, que el paciente busque en esas sustancias un remedio para mitigar el efecto de la enfermedad». Por su parte, Ana Benito, resalta que «el alcohol es la droga más infraestimada a la hora de determinar el mal pronóstico de la enfermedad, ya que está muy aceptada y es muy social». La psiquiatra aclara además que «si tiene uno una carga genética muy alta, necesitará un estímulo exterior muy bajo para desencadenar la enfermedad, por el contrario, si la vulnerabilidad es baja, necesita un estresor muy grande, pero normalmente se da una combinación de ambas cosas».

Con respecto al aumento o disminución de la prevalencia con respecto a épocas pasadas, el psiquiatra de Quirónsalud precisa que «lo que ha mejorado es el diagnóstico, ya que la gente acude más al médico, se ha perdido el miedo a consultar problemas de salud mental, además cada vez hay mayores campañas de concienciación y, por tanto, mayor conocimiento en la población en general, por lo que se detecta antes». Esto último es importante, porque algunos grados leves son difíciles de detectar, pero un entorno con formación tiene más probabilidades de hacerlo. Y es que el diagnóstico no siempre es fácil ni inmediato. La enfermedad «llevada con su cuidado adecuado, medicación, terapia y autoconocimiento, hace que el paciente pueda llevar una vida completamente normal, pero desgraciadamente tampoco es raro que la persona llegue a tener incluso que dejar de trabajar o, al menos, dejar determinados trabajos», indica la doctora del Reina Sofía.

El trastorno bipolar suele manifestarse en la primera juventud, «a veces tiene un segundo pico, entre los 25 y los 35, o incluso persona más mayores pueden tener la enfermedad a causa de los efectos secundarios de algunos medicamento, especialmente en lo que se refiere a la fase de manía», declara José Ángel Alcalá. «Hay algunos trastornos bipolares de inicio en la adolescencia, que son un desafío diagnóstico importante, porque se mezclan con situaciones que pueden ser normales dentro de ese periodo evolutivo», añade Ana Benito.

El abordaje debe ser integral. El tratamiento farmacológico, basado en estabilizadores del ánimo y antipsicóticos, se combina con intervenciones psicológicas como la terapia cognitivo-conductual, la psicoeducación y el apoyo familiar, claves para mejorar la adherencia y la evolución del paciente. Además, es frecuente la coexistencia con otros trastornos, especialmente ansiedad o adicciones, así como con enfermedades médicas como hipertensión, alteraciones tiroideas u obesidad, lo que hace aún más necesario un seguimiento continuado y multidisciplinar.

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