Público viendo el eclipse en el Puente Romano de Córdoba

Público viendo el eclipse en el Puente Romano de CórdobaLuis A. Navarro

El Puente Romano de Córdoba: la torre de Babel perfecta para ver el eclipse

Diferentes lenguas pero un sólo objetivo, como ha sido ver el sol ocultado en parte por la luna

No ha habido convocatoria expresa al efecto; es más, no se barajaba como uno de los lugares más concurridos para ver el eclipse y finalmente ha sido uno de los más populares y, sobre todo, más internacionales.

El Puente Romano ha sido el espacio que la ciudad ha puesto generosamente a disposición de todo aquel que quisiera vivir este momento singular con el lujo añadido de hacerlo rodeado de historia y de arte. Esto lo saben los cordobeses que estaban apoyados en los pretiles con toda normalidad, así como aquellos visitantes que han añadido el eclipse al haber del turismo de experiencias que ahora tanto se lleva. Todos han convivido, gafas homologadas en ristre, en sana convivencia, sin codazos ni apreturas, porque el sol estaba en lo alto y desde cualquier sitio se veía sin problema alguno.

Desde bastante antes de que la luna comenzara a mordisquear el disco solar, se notaba la animación en el entorno. Por la Puerta del Puente ya se advertía la multitud que ocupaba la plataforma del puente con gente de todas las edades, de infinidad de procedencias pero unidos por la curiosidad de ver un fenómeno atmosférico de los que no ven todas las generaciones.

Pese a esta diversidad ha habido una uniformidad en una indumentaria veraniega, fresca, propia para aguantar una hora al sol. Este punto ha sido común para todos los que se han dado cita en el Puente Romano: franceses, británicos, italianos, hispanoamericamos y de la Europa del Este, con una significativa ausencia del omnipresente turismo asiático.

Entre ellos, había quien lo tenía más planificado y también quien lo ha improvisado a última hora, como es el caso de Carlos, que estaba muy cerca del Guadalquivir y al comprobar que desde su casa no iba a ver el eclipse ha decidido darse un salto al Puente Romano con unas gafas homologadas que le han regalado por la mañana. «Vivimos en el Campo de la Verdad, estábamos en la piscina y como se veía poco dijimos de venirnos a la Ribera», a diferencia de algunos amigos suyos que se han ido al pantano de la Breña. Al final, improvisando el último minuto la experiencia ha resultado positiva para Carlos: «He quedado flipando».

Preparados con las gafas

Otros, en cambio, lo tenían planificado con tiempo. Sabían que el 12 de agosto iban a estar en Córdoba y por eso lo habían preparado para disfrutar del eclipse. Es el caso de Julián, con sangre cordobesa por parte de madre, quien acompañado de su pareja Raquel y de sus hijas Naia y Liss han recorrido unos 870 kilómetros por carretera desde la localidad barcelonesa de Esparraguera en un viaje que estaba previsto para el año pasado y que finalmente se frustró. La ilusión no entiende de edades y su hija Liss espera sonriente el momento porque «me gustan las estrellas y los planetas».

Mientras, en el Puente Romano hay grupos que vienen y van. Unos se apalancan en un lugar y al rato se mueven a otro. Cuando a las 19:41 comenzó el eclipse no hubo ninguna reacción especial. El sol caía lentamente sobre las cubiertas del Seminario de San Pelagio mientras algunos ponían las gafas de cartón delante del teléfono móvil para inmortalizar el momento, pero aún no había llegado el instante esperado.

Adolfo, con su silla de ruedas, ha optado por la orilla izquierda del río, a la sombra de la torre de la Calahorra. Llegado desde Vallellano confiesa que «he estado indeciso hasta última hora». Así que esta misma mañana cuando ya tuvo claro que no se lo iba a perder acudió a la óptica y tuvo suerte porque aún quedaban gafas. Durante el eclipse miraba hacia poniente y explicaba que «es como si miras una cámara oscura».

El momento de máxima ocultación

A la familia de Silvia, la experiencia del eclipse se añade a la de visitar Córdoba. Aún no repuestos de la visita a la Mezquita Catedral en la noche del martes -la visitarán de día este jueves- ya sabían de antemano que estos minutos que van a pasar a la historia los iban a vivir aquí. Está acompañada de sus padres, Yolanda y Jesús, y vienen desde el pueblo riojano de Lardero. «Estamos de vacaciones y como nos ha pillado aquí hemos visto que aquí [en el puente] lo veremos bien». Junto a ellos pasan los grupos diversos convocados para ver el fenómeno y Yolanda reconoce que la eclipsemanía de estos días «me está agobiando un poco». Además, explica que «han metido mucho miedo pero teniendo cuidado» se minimiza el riesgo, como hace ellos, cada uno equipado con sus gafas compradas en Logroño.

Muchos miran constantemente el reloj y a las 20:36 efectivamente baja ligeramente la intensidad del sol. No es la oscuridad que se esperaba y los pájaros del Guadalquivir siguen a su bola, como si tal cosa. Acaso un efímero soplo de aire fresco se puede equiparar a la anunciada bajada de la temperatura.

Este ha sido el momento en el que casi todo el que estaba en el Puente Romano ha dirigido su mirada hacia el tejado del Seminario. Como ha hecho Miguel y sus tres hijos, un cordobés que vive en Madrid y que ya compraron sus gafas hace tres semanas en la playa al saber que este día estarían en Córdoba visitando a la familia, aunque «en un principio lo íbamos a ver en otro sitio pero después decidimos venir a Córdoba».

Ya ha pasado el momento de máxima ocultación del sol y sólo se espera que en unos minutos recupere su intensidad normal. Muchos comienza a desalojar el Puente Romano y en el ambiente se percibe que unos lo han disfrutado y otros se van algo frustrados. «No ha sido para tanto», ha apuntado Javi mientras regresaba la Colonia de la Paz. División de opiniones. Como en los toros.

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