Fidela Cabello

Fidela CabelloM. Estévez

El portalón de San Lorenzo

Recordando a Fidela

Fue durante muchos años el alma y la animación del entorno del convento de Santa Ana

Hará unos cinco años, Fidela Cabello recibió un merecido homenaje por el Día de la Mujer Trabajadora. Quizás sea de las pocas personas en Córdoba que, con sólo citar su nombre de pila, la mayoría pueda intuir quién puede ser. Primero con su puesto de «arropías» en la calle y luego con un recordado establecimiento de disfraces y artículos de broma, fue durante muchos años el alma y la animación del entorno del convento de Santa Ana y las antiguas y elegantes oficinas de Carbonell y Cía., hoy convertidas en sede de Vimcorsa.
Tuve la oportunidad de conocer a Fidela porque a mediados de los años 50 solía frecuentar aquella zona de Ángel de Saavedra para llevar leche en polvo a una secretaria de la Sección Femenina que vivía justo enfrente. Tras el encargo, la buena señora, que estaba algo fastidiada con sus dolores, me daba una propina que yo gastaba inmediatamente en un paquetito de almendras saladas de los que vendía Fidela al precio de veinticinco céntimos.
Como tantos negocios señeros en Córdoba, Fidela era un negocio familiar. En 1938 la abuela puso un pequeño puesto de «arropías» en plena calle, que más tarde asumió su madre y posteriormente Fidela cuando a principios de los años 50 su hermana mayor, Inés, entró a trabajar en la Universidad Laboral y ella se quedó al frente del negocio. Desde entonces se dedicó de lleno a aquel puesto, que ya empezaba a destacarse más allá de las «chucherías».

Venta de tabaco

Así, al situarse en un sitio clave del centro de Córdoba, con todo el trasiego de trabajadores, cobraba un especial protagonismo la venta de tabaco, como el de la marca Bisonte, de cierto lustre, el cual vendía a los altos administrativos de Carbonell así como al profesor Serrano, del cercano Conservatorio de música. Los menos pudientes compraban Ideales, cuya cajetilla apenas costaba 1,50 pesetas.
Hace un tiempo coincidí con Fidela en Ronda de los Tejares, nos saludamos, y empezamos a charlar. Saqué el tema de la cantidad de tabaco que vendía y me recordó la consulta cercana de don Carlos Aguilar, famoso médico de huesos de entonces, con una magnífica moto Lambretta tan famosa como él. Entre risas me contaba cómo mientras don Carlos ponía la escayola al dolorido paciente de turno se fumaba impasiblemente su buen cigarro de picadura «caldo de gallina». Divagando a otros temas, también hablamos sobre otro personaje y cliente peculiar que conocimos, el encuadernador de la Cuesta de Peromato. Se decía que en Córdoba era quien mejor grababa en oro las letras de los libros. Fidela me comentó que fue este encuadernador quien un día le presentó al gran poeta Dámaso Alonso, que en compañía de Pablo García Baena habían visitado varios lugares importantes de Córdoba y terminaron en la taberna de Casa Adriano cercana a la calle la Pierna, donde además de tomar vino se trapicheaba con algunas publicaciones interesantes de antiguo.
Pero, sobre todos sus clientes, me recordó Fidela a Manolo Carreño, que vivía en la calle Ambrosio de Morales, en una pensión que hacía esquina con la calle Pompeyos. Carreño era el típico personaje que ha tejido la pequeña historia de nuestra ciudad pero no queda registrado en los libros. Aunque de vez en cuando le dejaba algún que otro paquete de tabaco sin pagar, hablaba de él con gran admiración y nostalgia, como una persona única, jovial y dicharachera, muchas veces acompañado de personalidades importantes a las que les enseñaba Córdoba. Y cuando no hacía de «cicerone» se enfrascaba en el mundo de las tabernas, con sus tertulias, sus copas y sus «medios». Lo vivió, conoció y disfrutó todo. Incluso, llegó a contar con una especie de «novela semanal» en los medios locales donde hablaba con pasión sobre este mundo. Era un hombre irrepetible, que lo mismo traía en 1935 a Córdoba a su amigo García Lorca, para junto al poeta cordobés Albariño, presenciar la recogida de las Angustias en el marco incomparable de la plaza de San Agustín, que se tiraba un par de días totalmente «tieso» refugiado en el despacho-sótano que en la calle Cruz Conde tenía Agustín Fragero, «El caballero de la noche», el cual, con la sola compañía de su inseparable galga Piñonera, acogía a todos los «desvaídos» que circulaban por la noche cordobesa sin un duro.

La fiebre de las estampas

Fidela marcó un antes y un después con las distintas colecciones de estampas (que hoy llaman cromos), especialmente con la que marcaría el récord aquella época, la serie del «Ladrón de Bagdad». El sobre con tres estampas costaba diez céntimos de peseta. Recordaba que en una ocasión se presentó en su puesto una mujer de apellido Sicilia. Al parecer era la secretaria del que fuera alcalde de Córdoba, don Alfonso Cruz Conde. Iba acompañada de un hijo del citado alcalde, de nombre Tomás, y se presentó con la idea de que le procurara una estampa que le faltaba del «Ladrón de Bagdad», a lo que le contestó que ella no sabía lo que contenían los sobres. Inés, la hermana mayor de Fidela, que estaba por allí, le sugirió que se pasase por el puesto de Casa Leal en la calleja del Toril, junto a la Corredera. Le comentó que allí tenían de todo, y que incluso comerciaba con las estampas más difíciles de conseguir, como la de «El caballo roto» y «El 186» al que familiarmente se le llamaba «La estera».
Contaba Fidela que era tal la demanda de estampas en su puesto que, durante varias semanas, Distribuidores Padilla, la empresa que se las proporcionaba, se quedó sin apenas mercancía para el resto de sus clientes. Afortunadamente, el distribuidor equilibró sus pedidos y ya no se repitieron aquellas situaciones. El «Ladrón» – me seguía diciendo- llegó a suponer el 70% de las ventas de la tienda, y es que esto de las estampas era una locura entre la chavalería que casi no se puede entender hoy.
Asintiendo, le comenté una anécdota al respecto que me contó Juan Antonio Palomino Herrera, que estuvo toda su vida muy cerca del Ayuntamiento, incluso como concejal. Y es que en los tiempos de esta dichosa colección del «Ladrón de Bagdad», los propios concejales, solían cambiar la estampas de sus hijos antes de entrar a los Consejos normales del Ayuntamiento. Y sitios como el entorno del Gran Teatro (sobre todo tras la sesión dominical de las dos), o del Duque de Rivas, eran zocos abarrotados donde se comerciaba e intercambiaban estampas, tebeos, y todo lo que se terciara.
Con el paso del tiempo, y el negocio viento en popa, Fidela pasó del puesto en la calle a un local, que es el que la mayoría de cordobeses de mediana edad habrán conocido. Lo curioso es que el puesto callejero había estado en el ojo de mira de una mujer con ciertas influencias en Córdoba. La señora se había empeñado en que se quitase de ese sitio, por lo que le llegaron varias advertencias del Ayuntamiento, más o menos oficiales, en el sentido de que le negaban la renovación del “sitio". Pero, a la hora de la verdad, ningún municipal le dijo expresamente que se tenía que ir, así que continuó. A día de hoy, Fidela sigue sin saber quién pudo ser esa enigmática y quejosa mujer.
En todo caso, al fin se mudó al local citado, que curiosamente era la casa del citado médico don Carlos Aguilar, la cual acababan de obrar. Allí reorientó un poco el negocio hacia los temas de la diversión, las bromas y el carnaval. Esta tienda estuvo abierta desde 1975 hasta 2008, cuando tuvo que cerrar porque las ventas habían disminuido sensiblemente desde la irrupción de los «Todo a 100» y los bazares chinos. Fidela se retiró de su negocio con 68 años.

Casa Leal

He querido recordar a esta gran persona que es Fidela Cabello porque, en estas fechas entrañables de la Navidad, tiendas como la suya en Santa Ana, Casa Leal y Casa Venancio, en la calle Almonas, o Casa Bizcocho en la calle Isaac Peral, eran parada obligada para los jóvenes que acudíamos a comprar bromas y otras cosas para la celebración de estas fiestas en compañía de nuestras familias, desde petardos hasta disfraces, serpertinas o espumillones. Me traen imágenes imborrables, como cuando nos recibía el tal Leal en su pequeña tienda de la angosta calleja del Toril, con aquel cartel -toda una filosofía de vida- que decía: «Abierto por Vacaciones». Y para hacerte la cuenta, un simple dos más dos, sacaba un enorme lápiz de casi un metro. Todo ello ataviado con un traje de mandarín (como el de los artículos de broma) o hasta de bombero. El genio y el humor de Leal nos abandonó pronto, en el tránsito del XX al XXI, y su local, la Corredera y toda Córdoba le echamos mucho de menos, igual que aquella añorada tienda de Fidela de nuestros recuerdos.
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