Puesto en el mercado del Marrubial el día de su inauguración
El portalón de San Lorenzo
La Plaza de la Mosca trajo el jamón para todos
«Allí progresaron al ser pioneros en Córdoba en algo que se veía tan raro esos años como era la venta de flores de plástico»
Donde hoy se levanta el edificio de la Plaza de la Mosca estaba el picadero de caballos, un descampado cerrado de forma triangular, con tapiado de piedra y mortero, y una altura de 1,80 metros. Estaba habilitado como desahogo y picadero de los caballos del cercano cuartel de caballería. En sus años de mayor actividad allí ejerció su trabajo de domador el padre de los Castilla Cortés.
Al final de los años cincuenta este solar del picadero se había convertido prácticamente en un muladar, y su única utilidad era que todo el mundo iba allí a tirar lo que le sobraba, y también, de paso, se iba a por mantillo para las macetas. Allí se amontonaban, entre otras cosas, todos los perros, gatos, gallos y gallinas que morían de mala manera, la borra vieja de los colchones que se reponían en las casas y hasta las cáscaras de los caracoles después de habérselos comido. Por eso no es de extrañar que el mal olor y las moscas fuesen una constante en aquel recinto, tanto que darían lugar al nombre popular de Plaza de la Mosca a todo aquel entorno maloliente. Recuerdo que Julián, el conductor del autobús de la citada línea Cañero-Plaza de José Antonio, a veces nos advertía en broma: «Señores, cierren las ventanillas, que pasamos junto al paraíso de las moscas».
Uno de los accesos al mercado del Marrubial o Plaza de la Mosca (Córdoba)
En 1959 el insalubre picadero fue finalmente derruido y quedó en su solar un suelo mal apisonado sobre el que se fueron instalando provisionalmente algunos puestos que iban llegando del mercado que desde 1845 había funcionado en la plaza de San Agustín. El Ayuntamiento se había propuesto desmontar el Mercado de San Agustín.
Jamón para todos los gustos
Jamón para todos
Es justo reconocer aquí que la Plaza de la Mosca significaría «jamón para todos», y de ello se encargaron los hermanos de Manolo ‘El Tocinero’, Rafael y Mariano Sánchez, que supieron traer al mercado toda una extensa gama de jamones de todos los gustos, sabores y lógicamente precios. Y a partir de ahí, se puede decir que la gente empezó a comer jamón, quizás lo de menos era la calidad o el sabor que pudiera tener. Lo cierto es que ya había jamón para todos.
Entre los pioneros que se vinieron a esta nueva ubicación hay que citar a las sagas familiares de Los Chiveros y La Morena, de los que solamente permanecería con su puesto en San Agustín su hermana Rafaela. Su otra hermana y sus hermanos Antonio Rodríguez ‘Papitu’, y Francisco Rodríguez ‘Pacorro', fueron de los primeros en llegar y se fueron a vivir muy cerca del Bar Rosales. Otros que se trasladaron a esta nueva zona fueron Manolita ‘La de los aliños’, la charcutera Mercedita ‘La Larga’, Antonio Carmona, yerno de la Nicasia; Juan Ramón ‘El carnicero guitarrista’, Rafael Obrero ‘El platanero’, Paco Luque ‘El seda por habichuelillas’, la mujer de Fernando Castro, que vendía huevos, y los pescaderos Santiago, Carlos, Andrés, Pepe, Paco y Natalia. En un principio, como hemos indicado, instalados en medio del llano a la intemperie.
Mientras se realizaban las obras del nuevo edificio de planta triangular que encerraría al mercado, los veinte o treinta puestos que ya estaban en el llano se situaron en los alrededores e incluso en la acera del cuartel (rehabilitado después de la guerra). Como pudieron, se fueron organizando y reubicando conforma avanzaban las obras, que se alargaron por tres años.
Finalmente, en agosto de 1963, el día 20, se cerraban para siempre los puestos en el histórico mercado de San Agustín, y se inauguraba el día 23 el nuevo mercado que sobre los papeles del Ayuntamiento se llamaba oficialmente de El Marrubial, pero sin mucho éxito, porque la gente ya la había bautizado de forma popular como la Plaza de la Mosca. Pero al igual que en el caso del jamón, tenemos que decir que en torno a esta Plaza de la Mosca creció lo que se denominó Viñuela Comercial y la avenida de Jesús Rescatado.
Antecesores de la plaza de la Mosca
Por donde hoy se ubica el actual Mercado Municipal del Marrubial los chavales frecuentábamos en los años 50 el llamado solar de Juanito, un apartado e improvisado campo propicio para practicar el fútbol en las afueras de la población, ya que en principio estaba prohibido hacerlo en las calles.
Recibía este nombre popular por Juan González Palma, dueño del Horno de Jesús Nazareno, que a finales de 1948, según el testimonio personal de su hijo Diego, se lo compró a Antonio Cañero Baena. Era un trozo segregado de la famosa finca del rejoneador La Viñuela, que hacía esquina con la Ronda del Marrubial al norte (hoy avenida de Jesús Rescatado), con la propia linde del arroyo de las Piedras (hoy avenida de la Viñuela) al oeste, y con una separación, que luego sería urbanizada como la actual calle Batalla de los Cueros, al este.
El solar de Juanito
El solar era más o menos cuadrado y medía en planta algo más de 35.000 metros cuadrados. En su centro tenía un gran pozo seco de unos veinte metros de profundidad con un diámetro de tres y medio. En un principio el solar, como todos los que componían la finca La Viñuela, estaba tapiado con cerramiento de piedra amarilla y mortero de arena, con un espesor de 0,40 metros y una altura de 2,20.
El importe de la compra fue pagado por Juan González en plazos mensuales, liados en un papel de periódico. Al parecer, el acuerdo con el rejoneador se firmó en el patio-huerto de la taberna de la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora, donde todos los sábados solían concurrir los panaderos para unas reuniones informales del gremio, utilizando algunos incluso un coche de caballos para asistir, un lujo para esos tiempos. La unidad de medida que se utilizó en la venta del solar fue la de «hasta donde llegue la piedra».
Recuerdos de aquel solar
Como he indicado, mi relación con ese solar, al igual que para la mayoría de mis amigos del barrio, se limitaba a que era el sitio ideal a donde nos íbamos a jugar al fútbol en los años 50. Entre estos amigos futboleros quiero citar a los hermanos Vera, José Padillo, Paco Trenas, Francisco Salcedo ‘El Quirro’, Pepe Claus, Manuel Torres ‘El Zarra’, José González ‘El Lechón’, Antonio Granados ‘El Largo’, Francisco Medina, Antonio Rodríguez ‘El Picaíllo’, Francisco Jiménez ‘El Guapo’, Manuel Martínez ‘El Gordito’, Miguel Blancart ‘El Migui’ y Enrique Sánchez ‘El Lámpara’. Desgraciadamente, la mayoría de ellos ya no están con nosotros.
Ya comenté en otro artículo el principal escollo de este solar: el pozo que tenía justo en el medio. Cuando el balón caía a su interior, era una norma «sagrada» que el más joven tenía que bajar para recuperarlo. Para descender al «afortunado» a esa profundidad elaborábamos una especie de maroma a base de correas, cuerdas, corbatas y lo que se terciara. Como yo era de los más jóvenes me tocó varias veces ese cometido, y puedo dar fe de que estar en el fondo de aquel pozo imponía bastante.
Francisco Jiménez 'El Guapo', ya mayor
Si nuestra imaginación permitiera imaginarnos aquel solar de Juanito como un gran estadio de fútbol los mejores aplausos serían sin duda para mi amigo, fallecido hace un par de años, Francisco Jiménez Velasco ‘El Guapo’, un chaval de la calle Álvar Rodríguez que demostró en todo momento una pasión por el fútbol fuera de la común. Jugaba sin tener unas facultades físicas muy adecuadas, pues era corto de estatura y llevaba unas gafas de gran graduación que eran auténticos «culos de vaso». Además, jugaba con unas humildes alpargatas molineras, que si no tenían el cáñamo partido poco le faltaba. Qué contraste con los medios con los que se practica hoy al fútbol. Pero su ilusión por jugar podía con todo.
La historia de este solar concluyó cuando sus propietarios se lo vendieron a la constructora AVA, muy en boga entonces. El acuerdo contemplaba que la constructora le cedía a los antiguos dueños todos los locales exteriores del nuevo edificio que iban a levantar en toda la extensión del antiguo solar, es decir, lindando con la avenida de Jesús Rescatado, Batalla de los Cueros y La Viñuela.
De las veces que pudimos pasar por allí durante las obras del nuevo edificio observamos que continuamente estaban funcionando bombas achicando agua de los bajos. Uno de los albañiles, que era un conocido nuestro de nombre Francisco Ranchal, nos comentó que se había pasado por allí un arqueólogo y les había dicho que posiblemente por allí estuviese localizado el molino aceitero del Marrubial, aquel donde se dice que se descubrió en 1915 un gran tesoro hoy expuesto en el Museo Británico.
La fábrica de Medina Azahara
Enfrente del solar de Juanito estaba una fábrica-almacén de materiales de construcción llamada Medina Azahara, que se dedicaba a elaborar losas, ladrillos, pilas, placas turcas, fregaderos y demás elementos en auge durante esos años en los que se iniciaba la expansión urbanística de la ciudad en nuevos barrios. El dueño de esta fábrica era un bañista habitual en el molino de Martos todos los domingos.
Un poco más allá del solar, en dirección a la antigua Nacional IV, estaban la taberna de Enrique Ogallas, Transportes Vaquero, y una fábrica de perfumes. Luego venía lo que aún era la finca de Antonio Cañero. En la acera de enfrente se ubicaban, además de la fábrica de Medina Azahara la barbería de Tarifa, que llegó a jugar en el San Lorenzo, luego la pequeña imprenta de Rafael Montesinos, Gráficas Milla, el Bar Larrea y el Bar El Carmen, que era donde empezaba el autobús de la línea Cañero-Plaza de José Antonio por San Lorenzo.
El colegio de doña Antonia
Al final de las casitas de la calle Álvaro Paulo, estaba la Escuela de Doña Antonia, que La Solariega (iniciativa del obispo Pérez Muñoz) construyó para las niñas. Doña Antonia Moreno, doña Matilde y doña Ana Requena actuaban de maestras, y Conchita, que era la encargada de atender la cocina y el comedor. En 1980, desaparecieron el Colegio y las dos espléndidas moredas que orlaban la fachada.
Al final de la calle Álvaro Paulo, a la derecha, estaba la simpática bodeguita Los Arbolitos, que era una especie de delegación de la Bodegas Cruz Conde. Cuando llegaban las fiestas navideñas era el lugar ideal para la compra del anís, coñac y el ponche de la marca Cruz Conde, no en balde el dueño del establecimiento (Pedro Gavilán) era empleado de confianza de las citadas bodegas. Lo de los arbolitos era porque contaba con dos frondosos naranjos.
La Farmacia Cachinero
Nada más inaugurarse el mercado de la Plaza de la Mosca abrió la Farmacia Cachinero, situada en un vértice del edificio triangular frente al mosaico de San Rafael localizado en la esquina de la calle Poeta Arévalo (esta imagen del Custodio de Córdoba fue cuidada con mucho celo por Carmen Gómez Pérez ‘La Garrota’), Gracias a la profesionalidad y simpatía de Alfonso aquella farmacia, que aún hoy permanece, experimentaría un gran auge, llegando incluso a convertirse en un centro de análisis clínicos para los vecinos de la zona.
La farmacia era propiedad del hijo de Felipe Fernández, que progresó económicamente en casa de su pariente Venancio, de la calle Almonas. También estuvo metido en el negocio de la construcción, construyendo pisos con Manolo Requena y con Antonio Mármol por toda la avenida de Barcelona. Además terminaron comprando el edificio de las Cinco Puertas de San Juan de Letrán, donde estuvo la taberna Casa Millán.
Como curiosidad, en la misma acera de la calle Poeta Arévalo, en una entidad bancaria que abriría años después, estuvo depositado en un primer momento el segundo premio de la lotería de Navidad del año 1992 que tocó en los supermercados Deza y que tanta alegría llevó al barrio. Luego, Antonio Deza lo sacó de allí y lo depositó en Cajasur.
El bar Osorio
Uno de los primeros establecimientos que se instaló en la flamante avenida de la Viñuela, en el edificio donde estuvo el solar de Juanito, fue el Bar Osorio, regentado por el popular Pepe Gil, gran aficionado al boxeo y al carnaval. En este bar se fundaría la peña Amigos de la Viñuela.
Un cliente habitual que tomaba café por las mañanas en ese bar era José Piedra, entonces un oficial de la Policía Nacional que estaba empezando su andadura comercial vendiendo quesos y bebidas de todas clases en un pequeño establecimiento en el Jardín del Alpargate. Su nueva iniciativa empresarial tuvo éxito y se convertiría con el tiempo en los famosos supermercados Piedra, hoy propiedad del grupo onubense El Jamón.
El popular Pepe Gil, dueño del bar Osorio
Andrés Moriana
Al hablar de La Viñuela no hay más remedio que citar a Andrés Moriana, que se hizo famoso en Córdoba como constructor de éxito, tan abundantes esos años, así como por su apoyo al fútbol-sala, del que era gran aficionado. Pero, seguramente contra su voluntad, cuando adquirió gran notoriedad fue al salir en la prensa del día 31 de marzo de 1958.
Fue con motivo de un partido Córdoba-Real Betis, que ganaron los sevillanos por 0 a 2. El árbitro señor Villena tuvo una actuación… digamos que no muy afortunada, pues además de expulsarle dos jugadores al Córdoba le pitó un dudoso penalti en contra que complicó aún más las cosas. Al terminar el partido en medio de una ruidosa protesta del respetable, desde la zona central de tribuna se vio saltar al campo a un hombre cojo con una muleta yendo con no muy buenas intenciones hacia el árbitro. Era Andrés Moriana. El trencilla empezó a correr asustado, sin darse cuenta de que se metía en la portería y se enredó con la red, quedando inmovilizado. Sólo la protección de la fuerza pública evitó que la muleta impartiera lo que Andrés creía que era su justicia.
El Salón del Mueble
Aparte del Bar Osorio, en aquellos locales bajos se instalaron comercios que seguramente les suenen ya a la mayoría: Modesta, Ros Mari, Rafael García, Zapatos la Viñuela, Tejidos Alberto o el Salón del Mueble, entre otros. En esta última tienda trabajó como encargado Pepe Gil tras dejar su negocio del bar.
El Salón del Mueble es un ejemplo de comercio exitoso durante esos años, sobre todo 60 y 70, en los que Córdoba se urbanizaba y crecía con nuevas calles y multitud de pisos, y con ello la demanda de mobiliario. Se especializó en vender dormitorios para los recién casados, con hasta diez meses de plazo en letras que se solían firmar en el despacho que tenía Diego Serrano, jefe y dueño del negocio, en el mismo sótano del establecimiento. En ese despacho recuerdo que había un bonito cuadro de Jesús Nazareno, además de otro más pequeño de San Pancracio.
El trato en el Salón del Mueble era elegante y correcto. Cuando preguntabas sobre el plazo de entrega de algo que estaba en el catálogo llamaban a la zona de Valencia, que era por donde estaban la mayoría de las fábricas que suministraban muebles en Córdoba. Tanto era así que recuerdo que un día hablando sobre este tema con Pepe Gil en Casa Ogallas éste me dijo que hasta los ataúdes venían de allí.
En la parte de atrás de esta manzana, en un local próximo a la calle Batalla de los Cueros, años más tarde el Partido Comunista tendría una especie de sede más o menos informal. Aquellos militantes, por lo general personas mayores, se pasaban muchos días sacando legumbres de grandes sacos y las introducían en bolsas de comercio al por menor, echando una mano a su correligionario Antonio Deza que empezaba con su negocio de supermercado en Jesús Rescatado.
Almacenes Modesta
Concluimos con Almacenes o Casa Modesta, tienda que también vino desde San Agustín. Allí progresaron al ser pioneros en Córdoba en algo que se veía tan raro esos años como era la venta de flores de plástico. Con el tiempo migraron hacia la venta de enseres domésticos también fabricados con este material, entonces una novedad, y abrieron un catálogo de artículos de regalo. La idea del negocio fue cosa de los hermanos Wizner Mais, vecinos del Arroyo de San Rafael, donde compartían casa con Alfonso Lupión, asentador de pescado que había llegado desde Algeciras.
Modesta se expandió con nuevos establecimientos por varios lugares de la ciudad, entre otros el de la avenida de los Almogávares que aún permanece. También tuvieron una tienda en el centro comercial Zoco cuando se inauguró. En la tienda de Almogávares fue a donde se ubicaron los dueños Inocencio Montes Solís y su esposa, Modesta Wizner Mais.
Inocencio Montes, era un vecino de la calle el Cristo, dejando en San Lorenzo una charpa de grandes amigos con los que compartía amistad y algún que otro perol con su cante y vino incluido, siendo Casa Manolo en la plaza de San Lorenzo su centro principal de reunión. Entre esos amigos podemos citar a José María Campos, Pepe Taguas, El Chicote, El Leones, Polito ‘El Fontanero’, Manolo Vargas o el simpático Chupete.
Los originales Almacenes Modesta de la Plaza de la Mosca cerrarían al comenzar el siglo XXI, terminando con ellos toda una parte de la historia de esta zona tan entrañable y con tantos recuerdos alrededor de la plaza «de la mosca» que hemos tratado de rememorar en este artículo.
El Bazar Molina
Y ya para terminar diremos que los hermanos Molina en 1982, pusieron un icónico establecimiento muy cerca de la Plaza de la Mosca, y con ello dotaron de relojes automáticos a la gente que ya había comido jamón. Fue un establecimiento revolucionario que solamente la competencia de los chinos les obligó a cerrar.