Captura de gorriones en China

Capatura de gorriones en China

El portalón de San Lorenzo

El gorrión, enemigo de la revolución comunista

«Uno de los últimos negocios que montó en Córdoba fue en un local de la calle Gutiérrez de los Ríos, donde había estado un histórico establecimiento llamado Sal de Duernas»

Hoy día, posiblemente con razón, se nos dice que los gorriones no son mascotas domésticas, sino fauna silvestre con sus propias necesidades. Cierto es que, aunque son sociables y pueden acostumbrarse a los humanos si se crían desde muy jóvenes, su cautiverio suele causarles estrés, además de la imposibilidad de sobrevivir en libertad si luego se sueltan.

Pero aun con todas estas sensatas razones, hay que reconocer que hasta hace unas pocas décadas esto no se tenía en cuenta. Y si nos vamos ya a los años 50 del siglo XX, rara era la casa de vecinos donde alguien no tuviese un gorrión como mascota. Recuerdo en mi calle a Diego, Antonio o Pepe, que criaban gorriones desde pequeños.

En aquellas tardes noches de verano este Pepe (Quiles), que era ya un hombre mayor de unos 80 años, se salía a la puerta de la casa para tomar el fresco con la compañía y el entretenimiento de su gorrión como si fuese un amigo más. Lo llamaba con un simple silbido y éste, desde el patio, cruzando el estrecho portal, volaba hasta la calle donde lo esperaba y se posaba siempre en su hombro derecho. Con un simple gesto de la mano el animal se cambiaba de hombro, o de rodilla, o se posaba en el suelo mirándolo fijamente, momento que su dueño solía aprovechar para darle cualquier cosa comestible con la que premiar a su simpático y querido gorrión.

Esto es lo que veíamos con nuestros propios ojos de Pepe Quiles y su mascota, embobados porque nunca habíamos visto (ni veríamos) tanta compenetración entre persona y gorrión. Pero es que dentro de su casa era lo mismo. Nos contaba que cuando en el interior de su casa, ya viudo, coincidía con algunos de sus cuatro hijos comiendo en la mesa, el gorrión, partiendo siempre desde su sitio, recorría plato a plato buscando que alguno de estos hijos le diese alguna migaja de pan o algo por el estilo. Solo con la voz de Pepe Quiles volvía a su posición de partida junto a él dejando de importunar. Una vez terminada la «ceremonia» de la comida el pájaro tranquilamente retornaba a su jaula, que casi siempre estaba abierta de par en par en lo alto de un viejo armario. Aquello del gorrión de Pepe Quiles se hizo famoso en mi calle, y aunque algunos lo intentaron replicar no lograron nunca nada similar.

Al final, el pájaro murió de viejo. Un apenado Pepe Quiles, ese hombre mayor y viudo que pasaba las horas con la compañía de su fiel amigo el gorrión, falleció poco después.

Otra clase de gorriones

A lo largo de nuestra experiencia en la vida hemos podido comprobar que el calificativo de gorrión aplicado a una persona ha solido identificar a alguien «pájaro», bien por su aspecto físico o, sobre todo, por sus comportamientos.

En este caso por su su aspecto, a mediados del XX había un pariente de Matías Obrero que paseaba la cartelera del Cine Delicias de verano, al que todo el mundo, por su cuerpo alto, algo desgarbado, y hasta con cierta apariencia descuidada, le habían puesto en su barrio (Gavilán) el apodo de Gorrión. Ese apodo lo arrastraba con paciencia a cuestas junto con la cartelera del cine que todos los días solía aparcar junto al desaparecido pilón de la antigua fuente de San Lorenzo.

El mismo mote, en este caso por su forma de ser, llegaría unos años después a oírlo de forma reiterada durante mi Servicio Militar en el Campamento Militar CIR número 5, aplicado a un cabo 1º de apellido Ortega que por sus maneras un tanto despóticas y aviesas de tratar a los reclutas la gran mayoría conocíamos como El Gorrión.

Mi amigo Paco Dorado, gran electricista que desde Electricidad Mármol (su empresa) conoció todos los entresijos de su profesión, se sabía al dedillo todos los trucos que empleaba la gente para modificar la lectura de aquellos primitivos contadores de la luz. Un día, hablándome de las numerosas técnicas al respecto, me contó de una que, en su opinión, era de las más sofisticadas que había visto nunca.

Fue realizada por un empresario de la hostelería apodado Gorrión, que trabajó de joven en Inglaterra desde donde, además de traerse un coche con el volante a la derecha, se trajo también novedosas técnicas de ahorro en el tema energético, aprendidas nada menos que en el exclusivo distrito londinense de Chelsea (se ve que también los ricos eran «pájaros» en esto). De vuelta a Córdoba, primero instaló un bar de corte tradicional cerca de San Lorenzo, que le fue bien, por lo que luego se trasladó a la flamante avenida de Barcelona donde puso un bar más moderno.

El nuevo establecimiento no reparó en gastos y estaba dotado de todas las comodidades del momento. Y para costear en parte aquello se aprovechó de que era un hombre precavido a la hora de pagar el consumo eléctrico. Le comentó a un competente electricista la técnica aprendida en Londres y éste fue capaz de replicarla, si bien advirtiéndole que cualquier descuido le podía tirar el invento por tierra: “Cuando le des a esta pera, como las que tenían nuestras abuelas encima de la cama, la corriente entrará sin pasar por el contador. Debes procurar que este sistema funcione un día sí y otro no para no levantar sospechas».

Cuando se iba a marchar una vez terminada su faena, el electricista, en un arranque de orgullo patrio, añadió que antes de que esta técnica se empleara en el refinado Londres ya había oído de un invento similar entre los empleados y soldados del Parque de Automovilismo, según conversaciones mantenidas en el bar La Espuela del barrio Gavilán.

Una vez arreglado el tema de la luz, el bueno del Gorrión disfrutaba del invento con su negocio funcionando viento en popa con un consumo de energía mínimo, pues llevaba a rajatabla lo de «un día sí y otro no», con la pera activada como un reloj cada veinticuatro horas.

Pero ocurrió lo que siempre ocurre. El Real Madrid jugaba un partido importante con el Barcelona y el simpático Gorrión, forofo acérrimo, se marchó a la capital para ver a su equipo del alma. Mientras estuvo fuera no cayó en la cuenta de que la pera estaría cuatro o cinco días sin funcionar, con lo que se rompía el consumo equilibrado que servía para despistar a la Sevillana.

Como resultado, la empresa de la luz, que ya se olía algo y estaba esperando el primer desliz para mandar a sus técnicos, detectó esos días sin consumo. En la inspección consiguiente descubrieron el complejo circuito paralelo de electricidad que habían montado. Una vez de vuelta El Gorrión, la empresa suministradora de electricidad con un notario, certificaron aquella instalación manipulada y como resultado le impusieron una multa considerable.

Otro gorrión más agradable

Édith Piaf (1915-1963) ha sido una de las intérpretes de la canción francesa más famosas de la historia. De niña vivió una dura vida entre el mundo del circo, la calle y otros sitios más que sórdidos. Debido a su pequeña estatura (en torno al metro y medio) fue apodada por Louis Leplée, dueño del cabaret en donde actuaba, como el Gorrión de Paris. Se dice que la descubrió cantando en una esquina de la gran ciudad.

Ya famosa, fue una mujer amada, admirada, y respetada por todo el mundo del espectáculo. Su gran amor fue el boxeador francés Marcel Cerdán (1916-1949) que fallecería en un accidente de aviación. Fue acusada de cierto colaboracionismo durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial, si bien el mundo artístico de Francia salió en su defensa y logró que fuese exonerada. No es de extrañar que con los ambientes de sus primeros años y las desgracias a lo largo de su vida el estilo de este gorrión se caracterizara por el desgarro en las letras y forma de interpretar las canciones.

Edith Piaf y Marcel Cerdan

Edith Piaf y Marcel CerdanGetty Images

El tabaco 'El Gorrión'

Uno de los últimos negocios que montó en Córdoba Paco Savan fue en un local de la calle Gutiérrez de los Ríos, donde había estado un histórico establecimiento llamado Sal de Duernas. Este negocio de la sal a granel había caído en picado desde que empezó a aparecer la sal empaquetada, por lo que el antiguo dueño del establecimiento optó por traspasarle a Savan el amplio local. La forma en que éste apalabró el traspaso rompió todos los moldes: iba a poner allí un negocio de aceitunas y pagó el traspaso a su anterior propietario en aceitunas.

Nada podría extrañar de este hábil comercial que ya había dado pruebas de su habilidad en la tienda de electrodomésticos que llegó a poner en San Pablo y que se denominó SAYMO (Savan y Monroy), el nombre de los dos socios de este esplendido negocio que, sin embargo, duraría lo justo. De esta tienda quiero resaltar a una empleada que tuvieron, la cual llamaba la atención por su estilo, su belleza y clase, y que en San Lorenzo se conocía familiarmente como La Pizco, hija del banderillero El Niño Dios y de Pilar Bejarano Meléndez.

Pero este hombre, inquieto donde los hubiera y emprendedor constante, no cejó en el empeño y montaría de nuevo en su propio domicilio de calle Santa María de Gracia una fábrica de cigarrillos a los que le puso la marca ‘El Gorrión’, distribuida por todos los locales de cierta importancia de Córdoba, como el Mercantil, Labradores y otros sitios céntricos. Pepe, eficiente encargado de las máquinas Sigma en San Pablo, esquina con Santa Marta, y posteriormente del establecimiento en el Jardín del Alpargate de muebles MONCAR (siglas de Mónico Carrasco, el propietario), fue su fiel distribuidor.

Mao Zedong

Mao Zedong

Los creyeron enemigos de la revolución

Durante el famoso Gran Salto Adelante de Mao Zedong (que antes se decía Mao Tse Tung) las huestes del triunfal partido comunista chino dominante de la revolución tuvieron una genial idea medioambiental dentro de lo que se llamó la «campaña de las cuatro plagas», en la cual decretaron que fueran completamente eliminadas cuatro especies consideradas letales para las cosechas: ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

El argumento para exterminar a estos últimos era que devoraban el grano almacenado. Se publicaron cálculos según los cuales cada gorrión comía en plan promedio 4,5 kilos de grano al año. Por lo tanto, por simple regla de tres y teniendo en cuenta lo que necesita una persona, matando a un millón de gorriones se podía alimentar a 60.000 personas más. Según palabras de Mao: «Los gorriones son una de las peores plagas, son enemigos de la revolución, se comen nuestras cosechas: mátenlos. Ningún guerrero se retirará hasta erradicarlos, tenemos que perseverar con la tenacidad del revolucionario».

Parece mentira que semejante locura fuese aceptada sin rechistar, pero teniendo en cuenta cómo se las gastaba el amigo Mao (idealizado por sectores comunistas aún hoy día) nadie dijo ni pío (nunca mejor dicho) y los gorriones chinos fueron prácticamente exterminados. Se movilizó a la población con numerosos carteles y advertencias que avisaban (más bien amenazaban) a los campesinos de que había que acabar como fuese con los gorriones, con penas muy severas si no cumplían. Así que los acosaron golpeándolos con ollas y sartenes hasta que los gorriones y otros pobres pájaros caían muertos de agotamiento. Los nidos en los árboles fueron asimismo destruidos, los huevos rotos, y los polluelos acababan muertos al no haber adultos que los alimentasen. Sin embargo, el procedimiento más frecuente fue la eliminación por envenenamiento, por supuesto sin ningún control de los productos químicos que echaban.

No encontraron piedad ni en las delegaciones diplomáticas. Se cuenta el caso de que Polonia se negó a dejar que entrasen en su sede y entonces, grupos organizados de piquetes comunistas rodearon la embajada y tocaron tambores sin parar como una molesta batucada, provocando la muerte de la mayoría de los gorriones que allí se refugiaban.

El caso es que en su gran «sabiduría» planificadora no contaban con algo tan elemental como la naturaleza y sus equilibrios. Al desaparecer el gorrión se potenció a otras especies de animales como la langosta, que era uno de sus alimentos primordiales, y a consecuencia de ello proliferaron las plagas de éstas que dejaron los campos aún más secos y pelados. El resultado fue la célebre hambruna que se registró en toda China desde 1958 a 1962 en la que se calculan que pudieron morir entre 15 y 55 millones de chinos, un rango amplio porque ya sabemos que para estos comunistas millones arriba o abajo no importan.

Cartel de 1958 en China

Cartel de 1958 en China

Para hurgar en la herida, expertos de universidades americanas hicieron un trabajo conjunto en el que demostraron al gobierno chino que los gorriones comían más insectos que grano, por lo que se sobrestimaba su peligro para las cosechas. Pero al venir este estudio de un país como los Estados Unidos se consideró que no era aceptable, y siguieron aferrándose a la idea revolucionaria de que el hombre debe derrotar a la naturaleza. Pasado el tiempo, fueron los propios zoólogos chinos los que se atrevieron y, al fin, convencieron a Mao del error. Se dice que líder chino dijo en plan magnánimo: «Olvidaos de los gorriones», lo que se interpretó como que debía cesar la persecución. En 1960 tuvieron que empezar a importar gorriones de la URSS, al principio de forma disimulada. Nikita Jruschov ayudó a Mao y le envió de la forma más secreta posible 200.000 ejemplares de estos animales, para evitar el descenso de la popularidad del líder chino, que ya temía hasta por su puesto por el desastre generado.

Muerto el camarada Mao, Liu Shaogi, segundo presidente de la República Popular de China, fue valiente y admitió que las penalidades de la hambruna fueron debidas en un 30% a causas naturales y el 70% restante a políticas erróneas, entre ellas lo de los dichosos gorriones. Todavía hoy, los censos de este encantador animal aún no se han llegado a recuperar de aquel desaguisado atroz en ese gran y extenso país.

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