Patio de las Columnas del Palacio de Viana (1988)
El portalón de San Lorenzo
Los alrededores del Patio de las Columnas
Desde entonces se convirtió en un escenario perfecto para la realización de innumerables actos al aire libre
A principios de los años sesenta abrió en la calle Rejas de Don Gome un puesto de carne de caballo, síntoma de que los tiempos iban cambiando. El establecimiento estaba ubicado nada más salir de la calle Zarco, hacia la Beatilla, en el portal justo al lado de la casa donde Rafael Medina Hidalgo (hijo del compositor don Ramón) tenía su taller de pintura y escultura.
En el portal de esta última casa había un puesto de verduras regentado por los mismos dueños de la vivienda, dos jóvenes que tenían su domicilio en la huerta de La Sardina, propiedad de sus padres, que estaba situada poco antes de llegar al puente del arroyo Pedroches, cerca de la Choza del Cojo, en la parte derecha de la antigua carretera de Madrid, por encima de la sala de fiestas Rosales. Es decir, más o menos por donde cae hoy el simpático barrio de Fidiana, levantado en su mayoría por la constructora Noriega SA.
Dentro de aquel puesto de carne de caballo se movía un elegante gato de pelo largo y blanco que la gente llegó a creer que se trataba de un gato montés o algo por el estilo, tal era su porte. El negocio lo montó el capataz de la finca de naranjos y caballos en la carretera de Palma del Río (junto a los viveros Santa Marta) de don Eugenio Corell, que éste había comprado antes a la familia de don Rafael Castejón. Pero a pesar de su modernidad, la carne de caballo no tuvo mucha aceptación y la tienda cerró al poco tiempo.
Este Eugenio Corell había sido un importante militante republicano de Valencia, que por prescripción médica se tuvo que trasladar a Córdoba buscando un clima más conveniente para su salud. Se vino solo, dejando allí la mayoría de su familia, como su esposa e hijos. Era un enamorado y entendido de los enganches de carruajes y caballos, de ahí que en su finca combinase estos bellos animales con los naranjos. Por cierto, se llegó a comentar y mucho que éste Eugenio llegó a mantener una relación sentimental con la bella Lotera de la calle Marqués del Boil, persona emparentada con el doctor Zurita, hermano político del Rey Juan Carlos I.
Haciendo esquina con la calle Zarco, en la acera de los nones, había otro puesto de verduras cuya dueña era apodada La Fillita, persona mayor entrañable que por aquellos años sesenta terminó por venderle el local a Manuel Márquez, quien justo en el siguiente tenía una tienda de «Loza y Cristal». A raíz de aquella adquisición unió los dos locales, ampliando y reorientando su negocio hacia temas deportivos, fundamentalmente de pesca. Luego se trasladó a la esquina de la calle Juan Rufo, donde aún continúa. Hay que decir que antes de que se instalara en esta esquina de Juan Rufo el amigo Márquez, aquí había un bar que era propiedad de dos hermanas, Rafaela y Soledad Luque, las cuales lo estuvieron regentando hasta los años setenta, cuando una de las hermanas, Soledad, se colocó de secretaria o señorita de compañía con la marquesa de Viana, doña Sofía. Entonces el bar fue alquilado a un matrimonio formado por Antonio y María Ángeles, que estuvieron unos seis años.
Y siguiendo con la tienda de Márquez cuando aún estaba en Rejas de don Gome, diremos que en la casa a continuación vivía Alfonso Urbano Laguna, dueño de una tienda de ultramarinos en esa misma acera, un poco por encima. Esta tienda era regentada por un eficaz y resolutivo Rafael Tierno y en ella estuvo trabajando Francisco Salazar Tejero, conocido de la calle Montero.
La actual calle Rejas de Don Gome
La casa de Alfonso Urbano contaba con un amplio patio de piedras, un pozo para el agua y un pozo negro para el desagüe. Allí también fueron vecinos Rodrigo Vázquez, trabajador de la Electromecánicas, y Francisco de La Haba ‘Zurito’, el picador que intervino a las órdenes de Manolete el día de su alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 (y en esa misma corrida sufrió un derribo y cogida de la que quedó muy tocado).
Los vecinos de la acera de enfrente eran Rafael Toledano, aquel tabernero clásico cuya taberna hacía esquina con la calle Hinojo, negocio que alternaba con su trabajo en el Parque y Talleres de Automovilismo como responsable de compras. Los Toledano eran varios hermanos, y puedo decir que una de sus hermanas, que llegó a ser funcionaria de cierto rango, fue quien recogió mi solicitud para entrar en la Universidad Laboral en la Mutualidad que estaba ubicada en la entonces llamada calle General Villegas de Ciudad Jardín, a la que le han cambiado el nombre por eso de la «memoria histórica».
Luego de la taberna de Toledano estaba La Parra, tienda de comestibles regentada por una agradable mujer llamada Carmen, con domicilio en la cercana calle Zarco. A continuación estaba el barbero Pablo, que por las tardes convertía su establecimiento en un aula magna dedicada a su gran afición de la cacería y en la que participaban con frecuencia Enrique Portales, Luis Rodríguez y Miguel Sánchez. Este Pablo era suegro de Ángel Ramiro Rodríguez, antiguo jugador del Club Atlético San Lorenzo, y uno de los fundadores de la simpática peña El Relente en 1956, que se destacaban por utilizar una camisa a rayas blancas y verdes. Lo del Relente era porque tenían sus reuniones al aire libre en medio de la plaza de San Lorenzo en lo que ellos llamaban estar «al relente». Más para la calle de las Parras estaba la farmacia de Rafael López, quien murió en un lamentable accidente. Es curioso, pero en esta calle siempre hubo una farmacia.
La calle de la Pelota
Siguiendo para arriba, en la esquina de la antigua calle La Pelota, también llamada Pozo dos Bocas, y en la actualidad Muñoz Capilla por el insigne fraile agustino, retrotrayéndonos bastantes años atrás llegó a vivir la familia de Patricio Furriel que, aunque oficialmente tenía la profesión de organero, se atrevió a llevar a cabo la primera restauración conocida del Mihrab de la Mezquita Catedral de Córdoba, entre los años 1815 y 1819. En esta importante labor fue acompañado por Juan de Mendizábal, Ignacio Aguirre, Ignacio Pan, Pedro Serrano, Bernardo Alcaide, Luis Agustín, Juan Clavijo, Juan Ruiz, Rafael Martínez y Esteban Alegría.
Se pagaron por materiales 22.624 reales, y por sueldos, incluida la gratificación final a Patricio Furriel de tres mil reales, 42.223, lo que arroja un total de 64.847 reales. Hoy esta cifra equivaldría a algo más de quinientos mil euros.
Como se puede suponer, la tarea encargada no era nada fácil, pues el estado del Mihrab, tras siglos oculto, había sufrido bastante con el paso del tiempo y el abandono. Y los medios de entonces no incluían los actuales recursos informáticos, fotográficos, digitales, etcétera. ni la legión de arquitectos, ingenieros, arqueólogos, historiadores y especialistas de todo tipo que hoy se necesitan para mover cualquier piedra, porque entonces estas profesiones, o no existían, o no estaban bien deslindadas. A pesar de ello Furriel hizo un trabajo intachable, consiguiendo al final una imagen unitaria del recinto coherente con su estética bizantina.
Ejemplo evidente de ello es que el obispo de entonces, el famoso Antonio de Trevilla, quedó muy satisfecho de su trabajo, así que, además de los tres mil reales acordados, le dejó escriturado el pago de su entierro, que se celebró el 11 de octubre de 1834 en la iglesia de San Andrés y costó 596 reales. El dinero fue cobrado por su hijo, Francisco de Paula Furriel Muñoz, que tenía una farmacia en Rejas de Don Gómez 2, en la citada esquina con la calle La Pelota. En esta misma casa moriría con toda probabilidad Patricio, y también su cuñado, el padre José de Jesús Muñoz Capilla (1771-1840), que luego daría nombre a la calle.
Aquella deslucida ceremonia de entrega de insignias
En 1983 la Caja Provincial de Ahorros, que luego formaría parte de Cajasur, compró la antigua tienda de Márquez, la casa donde había vivido el picador Zurito, la tienda de ultramarinos de Alfonso Urbano así como la pequeña casa que había por encima, y con un proyecto de Rafael de La-Hoz completó lo que se llamó el Patio de las Columnas del Palacio de Viana, adquirido unos años antes por la entidad financiera.
La insignia que se impuso de Cenemesa
Desde entonces este bello Patio de las Columnas se convirtió en un escenario perfecto para la realización de innumerables actos al aire libre, desde presentaciones de libros, entregas de distinciones, hasta representaciones artísticas y muchos eventos más de todo tipo que aprovechan este marco incomparable de nuestra ciudad.
Aquella entrega de trofeos
Dentro de tantos actos celebrados no se me olvidará uno en particular al que asistí. Para ponerlo en contexto, en septiembre de 1988 la empresa Cenemesa había superado, al fin, la suspensión de pagos que propició su antecesora Westinghouse en 1984. Intentaba sacar la cabeza por donde podía, y lo primero que había hecho había sido recuperar su antiguo e histórico nombre comercial de Cenemesa. Sin embargo, desde la Casa Central en Madrid todo eran golpes y contragolpes de poder, se cambiaban los jefes y los equipos de arriba a abajo, todos los ejecutivos vivían en tensión constante por sus posibles ceses y, en resumen, la situación no era nada tranquila, precisamente.
La fábrica de Córdoba organizó el evento en cuestión para entregar un premio a los trabajadores que cumplían 25 o 40 años de servicio continuado en la misma. Consistía en la entrega de una insignia de oro con el anagrama de la empresa. Pero aquel acto denotaba ya un ambiente raro y algo decadente, pues se organizó de forma apresurada y superficial. Nada que ver con otras épocas donde la empresa celebraba estos actos en otro ambiente más solidario y compartido.
Esos años al frente de la empresa en Madrid estaba un tal Aldeanueva, personaje muy bien relacionado con los famosos hermanos Javier y Luis Solana Madariaga, políticos destacados de aquel PSOE post Franco, por haber sido compañeros de colegio. Aunque se sentía con optimismo y fuerza tras haber levantado en la empresa la suspensión de pagos, y pensaba hasta en «comerse toda la tarta» del mercado eléctrico español, la realidad es que con independencia de su valía profesional tuvo la fatalidad de que le tocasen momentos muy duros para el sector de bienes de equipos eléctricos debido a la alarmante e inesperada falta de pedidos tras las crisis que siguió a la guerra del Yom Kipur entre los árabes e Israel.
Para rematarlo, la empresa perdió el paso respecto a su eterna rival General Eléctrica Española porque, aunque ésta había pasado también por su particular calvario de suspensión de pagos, allí estaba al mando un tal Javier de Irala Estévez, personaje muy lúcido y avispado que se había preocupado ante la crisis, previsoramente, de llenar sus almacenes hasta los topes de materia prima, que pronto iba a escasear. Así que pudieron seguir fabricando, y además tirando los precios a la baja si hacía falta, para que Cenemesa no copase el mercado como pretendía. Esto provocó tal alboroto en el sector de bienes de equipo eléctricos que, al final, la única solución económicamente viable fue la unión de todas las empresas del sector en España en un paquete accionarial del que se hizo cargo la multinacional sueca ABB, la cual puso al frente de todo el grupo al citado Javier de Irala.
Personajes de aquel acto
Volviendo a aquella imposición de insignias, la entrega fue presidida, además de por Aldeanueva en su calidad de presidente, por los señores Moreno del Rosal, jefe de Personal de Córdoba, y José Luis Santos ‘El Cojo’, cargo similar en la Casa Central de Madrid. Ambos habían sobrevivido milagrosamente a las purgas en la empresa acaecidas desde la marcha de los americanos en 1985, en las que habían caído altos cargos como Mateo González, míster Scorgie, Adolfo Plaza y José María Retenaga. También estaba en el acto el nuevo director de la fábrica, señor Balzola (hombre de confianza de Aldeanueva), al que casi no le daría tiempo ni a calentar el asiento.
Pero los organizadores se llevaron una sorpresa muy desagradable: hubo bastantes compañeros de la plantilla que no acudieron a recoger las insignias, ni siquiera a aparecer por allí, manifestando a las claras su disgusto por su inclusión en cualquier expediente de suspensión temporal de empleo de los que eran muy frecuentes entonces. Y es que se había entrado en una espiral suicida de suspensiones de contratos (a la par que pasaba en gran parte de la industria española, desmantelada en los ochenta bajo los gobiernos de Felipe González), que llevaría a la fábrica de contar con 1.780 trabajadores en 1976 a los 340 que, más o menos, tenía al principio de 2015, poco antes de que la multinacional Hitachi la adquiriese a ABB.
La gestión de esos expedientes de suspensión de empleo, con toda la influencia política por detrás, tenía su miga. Ya a finales de los setenta los dirigentes de la fábrica se agarraron a las posibilidades que, según creían, podrían darse de llevarse bien con la recién legalizada UGT, vista como un contrapeso del poder y dominio absoluto de la comunista Comisiones Obreras en el Comité de Empresa presidido por Manuel Rubia Molero. Los miembros de aquella central sindical de origen socialista se contemplaban entonces como el interlocutor ideal con un PSOE que pronto iba a inaugurar su omnímoda y monolítica hegemonía en Andalucía y España. Y, todo hay que decirlo, gracias al trabajo incansable de algunos de sus miembros más representativos, como Germán Toledo Fernández, la fábrica consiguió importantes logros y apoyo público para su supervivencia gracias a esta línea directa con el Gobierno andaluz y español.
«Hasta los muertos» eran indemnizados
Sin embargo, también es verdad que con todo este poder que adquirieron los sindicatos, y con los expedientes y las indemnizaciones por bajas de por medio, surgieron chanchullos y juegos malabares entre parte de ellos y, posiblemente, parte de la dirección de la fábrica. Así, cuando algunos trabajadores empezaron a meter la cabeza en la política y alternaban excedencias temporales para dedicarse a esos menesteres en las administraciones locales, regionales, o incluso nacionales, curiosamente tenían unas oportunas vueltas al tajo de la fábrica apareciendo solo un día para ser incluidos en cualquier expediente voluntario de aquellos que daban derecho, en ese preciso momento, a una jugosa indemnización en función del sueldo que se percibiera.
Los americanos de Westinghouse, que fueron los que pusieron el dinero para aquellas indemnizaciones primadas, llegaron a quejarse, quizás sin razón, de que «se indemnizaban hasta a los muertos». Y todo fue por un caso de distinta naturaleza: a un empleado dado de baja por cierta enfermedad grave, excelente trabajador y mejor persona, se le propuso a la familia que pidiera la baja voluntaria e indemnizada a la fábrica. Y la familia así lo hizo y agradeció. Desgraciadamente este gran trabajador falleció al poco tiempo.
Otra historia es la de aquel joven y elegante trabajador, que embutido en un traje color avellana y con su corbata de color azul, apareció de la noche a la mañana en fábrica. Allí, la mayoría de trabajadores de aquel primer relevo lo observaron bastante extrañados en aquella nave de bobinas que estaba encendida a todo golpe de luz. Este joven estaba allí sentado junto a la gran estufa a la que familiarmente llamaban «el marranito». Le llegaron incluso a preguntar que quién era él, pero todo aquello se aclaró más tarde cuando llegó el Jefe de Equipo (Rojas de apellido) y se llevó al joven ataviado con aquel traje y metido en aquellos zapatos tan elegantes de color negro.
Luego por fin se enteraron de que este joven era concejal del Ayuntamiento de Córdoba y de que, posiblemente de acuerdo con alguien con poder en la fábrica, estaba allí para hacer presencia simplemente por un día, para de esta forma poder ser incorporado a un expediente de suspensiones voluntarias indemnizadas, que le darían derecho a una indemnización en torno a las 280.000 pesetas. Por supuesto, que esto se hacía de espaldas a la legalidad que podía representar el estar cobrando del Ayuntamiento de Córdoba. Esta aventura del expediente indemnizado lo realizó el concejal al menos varias veces. No cabe duda, repito, de que todo este «teje y maneje» se hizo a espaldas de la legalidad del propio Ayuntamiento.
Dijeron que no podía salir nadie
Tampoco olvidaré aquel encierro en la fábrica acordado por el Comité tras ser votado en asamblea a mano alzada por la mayoría de los trabajadores. Duraría 48 horas en fechas próximas a la Navidad. En la propia asamblea se llegó a decir: «Que de la fábrica no saliera ni Dios (sic)». No obstante sí pudo salir el coche del director, el cual llevaba en su capó una completa y espléndida cesta de Navidad como obsequio para un destacado miembro del Comité.
También algún que otro representante sindical tuvo necesidad de salir, pues se trataba de asistir a la asamblea general del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba y que era primada con 4.000 pesetas por asistente.
El caso es que, fuera lo que fuese, aquel lánguido acto en el Patio de las Columnas, con ese ambiente enrarecido donde pocos se sentían a gusto, fue el canto del cisne para los que lo presidieron. Dos años después el tal Aldeanueva, Balzola, José Luis Santos y Francisco Moreno del Rosal perderían sus puestos. Estos dos últimos, curtidos en la tarea de elaboración de tantas y tantas listas de extinción de contratos, serían puestos directamente en la calle con apenas 57 años. Poco después llegó la ABB, y de lo poco positivo para los trabajadores fue que cesaron estos tejemanejes.