Dalí, el artista devorado por su personaje
El portalón de San Lorenzo
Crónicas de algunos hombres con bigote
«Con sus modales, estilo en el vestir, y el brillo de sus zapatos, se hizo acreedor al sobrenombre de ‘El Marqués’, luego completado en la Córdoba festiva con lo del ‘Cucharón’»
Tras estar hace unos días charlando con mi amigo el guarnicionero de la calle Cárcamo he reparado, no sé por qué motivo, en su amplio y espeso bigote, preguntándome si ahí se encierra el secreto de toda su capacidad para resolver eficazmente cualquier problema que le plantean. Y, en todo caso, me ha dado pie a escribir sobre este apéndice piloso que portan algunos varones.
El bigote o los bigotes, que ambas formas se usan (además de esa tan exagerada de mostacho), ha pasado de ser un simple atributo estético para la cara, que en tiempos antiguos hasta representaba el rito de paso de joven a persona mayor, a convertirse en una bandera de combate que destaque la personalidad, en esta lucha constante por hacerse notar o, incluso, perseguir el pináculo del triunfo y la fama.
En este último apartado está el ejemplo del sin par Salvador Dalí, con su bigote fino de guías hacia arriba, del que se dice que en un «Congreso del Pelo» celebrado en Paris comentó «que eran como las antenas que buscaban la inspiración para su pintura». Mientras, otro famoso pintor, el abstracto Georges Mathieu, tenía el bigote más frondoso y con las guías hacia abajo, reflejo de un carácter quizás más melancólico y reservado que el del genial catalán. Sea lo que sea, la figura de ambos artistas sería inconcebible sin sus bigotes, tal es su importancia.
La primera vez que tuve contacto con un bigote de cierta fama fue una de las veces que acudí a aquel improvisado ambulatorio situado en la pequeña calle Montañas entrando por la calle Montero. Enfrente había una pequeña taberna con el nombre de Bar Montaña, regentado por un tal Rafael, vecino de Carmela ‘La Piconera’ de la calle María Auxiliadora (recientemente fallecida a los 97 años).
Este ambulatorio contaba sólo con dos pequeñas salas donde pasaba consulta el bigotudo médico don José Chacón Chacón. Era el médico de cabecera de media Córdoba, ya que dependía de la empresa de seguros La Bilbaína, entre cuyos asegurados estaban todos los trabajadores de la Electromecánicas y de otras grandes empresas de aquella Córdoba de los años 50.
Linimento de Sloan
A aquella consulta fui para que me curase de una caída jugando al fútbol. El citado médico lo resolvería con una untura de Linimento Sloan, popularmente conocida como el Tío del Bigote. Por encima de la eficacia, lo seguro es que dejaría un olor característico que no se te quitaba en varias horas.
Los bigotes en la Laboral
Los siguientes bigotes de cierta importancia que se cruzaron en mi vida llegaron en la Universidad Laboral Onésimo Redondo de Córdoba. Allí me llamaron la atención los de los profesores de dibujo señores Francisco Zueras, Alcántara y Barroso, el del señor Arjona, de matemáticas; el del señor Gómez Lama, de física y química; el del señor Alejandro San José, de taller; el del señor Alejandro Liz, de educación física, y, por último el del funcionario señor Campoy que trabajaba en la gerencia de estudios con el padre Alberto Riera. Se puede decir que aquello estaba repleto de bigotes que imponían respeto.
De entre todos, mi mayor recuerdo se va hacia Francisco Zueras, que con su poblado bigote aparentaba severidad, pero que en el fondo escondía un gran corazón y a una bellísima persona. Era tan sencillo y humano que cuando los alumnos hablábamos más de la cuenta en clase se limitaba a advertirnos educadamente con una voz algo entrecortada que no sabíamos si era producto del propio bigote o de un tic nervioso: «Señores, ruego a ustedes encarecidamente que tengan la bondad de guardar silencio, por favor».
Quiero resaltar también al profesor de Dibujo Industrial don José Alcántara Lirazo, con su bigote rubio, que nos enseñó perfectamente al manejo de las distintas perspectivas en dibujo, y a usar el largo del lápiz como mira para estimar, observando a lo lejos el horizonte, las medidas de cualquier paisaje o edificio. Algo que hoy, salvo en Bellas Artes, ni se enseña en nuestras modernas universidades y escuelas.
Desgraciadamente, el señor José Alcántara sería protagonista involuntario de un triste accidente que le ocurrió al coche conducido por su compañero el señor Alejandro Liz, profesor de educación física, en el cruce de la Fuensantilla. Éste tuvo que frenar bruscamente para evitar un choque frontal con un coche que bajaba por la avenida del Obispo Pérez Muñoz (Ollerías), y el frenazo despidió a Alcántara, que iba acomodado en el asiento de atrás, hacia adelante (entonces no se usaban apenas los cinturones), golpeando fatalmente con su cabeza la de su compañero Alejandro Liz, el cual quedaría desnucado en el acto. Aquello ocurrió el 26 de febrero de 1962. Un drama tremendo.
Manuel Rubia
Los bigotes en Westinghouse
De entre los bigotes de la Westinghouse (antes Cenemesa) de Córdoba uno de los más característicos y famosos era, sin duda, el de Manolo Rubia Molero.
Manolo Rubia estuvo en la fábrica en dos ocasiones. La primera vez vino formando parte del grupo llamado «los sevillanos», trabajadores contratados con unas condiciones especiales por su experiencia demostrada en otras factorías de Sevilla. Llegaban a nuestra ciudad para poner en marcha los complicados procesos de fabricación de todas las piezas que formarían parte de los interruptores que se iban a fabricar en la División de Aparellaje.
De esta selección de personal se encargó el joven ingeniero Felipe Ronda Agra. En aquel grupo había otro hombre con bigote, Juan Amorós, experto en temas de tiempos, pero que sería tenido en cuenta por la frase que solía repetir casi todos los días: «(Álamo), prepárame un café, que me duermo».
No cabe duda de que estos sevillanos eran gente muy preparada y necesaria, lo que justificaba disponer de sueldos, permisos y otras bagatelas especiales sólo para ellos. Pero, por su amplia experiencia laboral, también pudimos dar fe de que algunos eran unos ‘zorros viejos’. Así, al tener que registrarse la entradas y salidas de los trabajadores de la fábrica en un reloj de control de aquellos de sobremesa, algunos de estos sevillanos tenían hechas unas plantillas que acoplaban en la regleta del reloj, con lo que su cartón o ficha picaba la hora que a ellos le apetecía. Casualmente, siempre llegaban puntuales, e igualmente lo hacían al salir.
Pillerías aparte, conforme el resto del personal técnico fue aprendiendo de los conocimientos que traían consigo, a los pocos años estos sevillanos ya no se consideraron tan imprescindibles, y por ello la fábrica les fue retirando progresivamente el trato tan especial del que disfrutaban. Poco a poco, todos se marcharon e incluso el propio ingeniero Felipe Ronda. Sólo quedaría uno, Manuel Ortiz, quizás porque la amplia prole que tenía condicionó su marcha.
A mediados de los años 70 Felipe Ronda volvió para enderezar la fábrica de Transformadores de distribución que había organizado y puesto a punto otro ingeniero de nombre Fernández Luna. La dirección de la sociedad en Madrid consideró que una cosa era preparar una fábrica para producir y otra muy distinta era vender el producto fabricado, y por eso se trajo otra vez al citado Felipe Ronda.
Al saber que estaba Felipe Ronda otra vez en Córdoba, Manolo Rubia (ya muy implicado en el clandestino PCE), entró en contacto con él y éste le facilitó su ingreso de nuevo en la fábrica. En su nueva etapa, al margen de su labor profesional, Manolo Rubia se dedicó de lleno a ‘trabajar’ internamente para su partido, dedicándose con éxito al tema sindical hasta el punto de que, sin ser aún legal Comisiones Obreras, consiguió holgadas mayoría en el personal de taller. Así, en aquellos años finales de los sindicatos verticales éstos, ya fueron copados por los simpatizantes del Partido Comunista, por lo que cuando Comisiones Obreras fue legalizada el dominio de los partidarios de Manolo Rubia fue abrumador en todas las representaciones de taller. Sólo les quedó un reducto sin conquistar, el del personal empleado en oficinas, que optó en su mayoría por la también recién legalizada UGT.
Al poco se marchó de nuevo Felipe Ronda Agra, y con su salida llegaría el declive definitivo de aquella fábrica de Transformadores y su cierre. Pero Manolo Rubia no se iría esta vez con él, pues se había encaramado a la presidencia del Comité de empresa y empezaba a actuar con la eficacia que le demandaba su militancia activa en esos años tensos con numerosas asambleas, huelgas, marchas o encierros. Estas actividades sindicales se veían en muchos casos como un medio para alcanzar finalmente el poder político por parte de un PCE que llegó a verse como ganador al principio de la Transición... hasta que las primeras elecciones les pusieron los pies en el suelo y el PSOE les arrebató el grueso del electorado de izquierdas.
Política al margen, es justo reconocer que Manolo Rubia fue un hombre austero, sencillo, y que nunca quiso sacar provecho de su cargo; no era, en absoluto, un vividor de la política de los que tanto abundan hoy día. Era un hombre plenamente convencido de sus ideales, que coincidían en gran medida con lo que era en aquellos tiempos la Unión Soviética. Se podrá estar o no de acuerdo, pero era coherente y respetable.
Mas bigotes en la fábrica
Aparte del de Manolo Rubia, era raro el Servicio o Departamento de la fábrica donde no hubiese un bigote que se hiciera famoso, como el de Benito Agüera, aquel simpático compañero que escondiéndose tras su bigote se dedicaba a comprar a plazos... y luego vendía a mitad de precio para hacer dinero efectivo. Nunca supimos cómo pudo terminar esa burbuja que este hombre empezó a montar. O el del maestro Plazuelo, de Terminación de Transformadores, que posiblemente batió el récord de horas extraordinarias. Se llegó a decir que a consecuencia de su larga permanencia en la fábrica apenas sabía andar por la calle.
Luego estaban los bigotes chistosos como el de Chups Osuna, que a sus grandes conocimientos técnicos unía el de ser un gran coleccionista de sellos y de todo lo que se estilara. Hombre muy simpático, siempre estaba dispuesto a contar el último chiste.
También estaba el bigote imponente de Monturque, un destacado soldador, de cuyos bigotes se decía que actuaban como antenas que lo captaban todo, incluso «la chismografía» que pululaba en el aire, por lo que se consideraba la persona mejor informada de toda la fábrica.
O el de Miguel Vázquez Díaz, Jefe de la Guardería, que en aquellos años 50 y 60 era tremendamente respetado tras su autoritario bigote. Pero cuando la disciplina se relajó en los 70-80 su bigote dejó de infundir el mismo efecto, hasta el punto de que pudo ver cómo gente que él había expulsado de la guardería fue de nuevo repuesta.
Don Modesto Rodríguez, Jefe de la División de Transformadores, era otro que destacaba por su bigote. Era un hombre de tanta capacidad que, siendo perito, tuvo a sus órdenes a muchos y destacados ingenieros, los cuales siempre admitieron claramente su indiscutible y reconocida autoridad profesional.
Otro bigote célebre entre los jefes fue el de Constantino Calvo Hidalgo, ingeniero al frente de la División de Aparellaje, quizás menos reconocido en su liderazgo por la complejidad de los productos que fabricaba aquella División. No obstante, era un hombre reconocido por su seriedad y sentido de la honradez, hasta el punto de que, llegado un momento, a otro ingeniero de aquellos sin bigote le quiso plantear una querella ante un tribunal de honor, o eso se dejó oír por los pasillos de la fábrica.
El bigote con solera y clase
Pero para bigote elegante, sin duda alguna, el que lucía don Alfonso López Garrido. Con sus modales, estilo en el vestir, y el brillo de sus zapatos, se hizo acreedor al sobrenombre de ‘El Marqués’, luego completado en la Córdoba festiva con lo del ‘Cucharón’. Era un hombre muy visible por su puesto de secretario del Director, con el que hacía una peculiar pareja dada su alargada estatura y que éste director fuese, sin embargo, excesivamente bajo. Las malas lenguas llegaron a decir que el Director, para que cesaran las comparaciones chistosas con las estaturas de ambos, se quitó de en medio a su secretario y lo envió al llamado Cementerio de los Elefantes.
No podemos dejar atrás el bigote de José Manuel Tafur Jorge, pleno de abolengo. Llevaba las Admisiones del Personal de fábrica, y en aquella avalancha de ingresos del año 1974 se le coló un disimulado cura secularizado que en realidad venía como líder para activar aquellas incipientes Comisiones Obreras. Su nombre era Laureano Mohedano Aguilar, y ya venía con el bagaje de no sé cuántas experiencias de cooperativas y otras asociaciones por el estilo. Dadas las circunstancias tan difíciles que se vivían en la fábrica en esos años ni el bigote de Tafur disimulaba su disgusto. Afortunadamente, después de incordiar y alborotar desde su puesto de representante sindical, al poco pidió su indemnización y se marchó con su pareja a Oviedo. Dicen que el bigote del amigo Tafur hasta floreció de alegría.
Un bigote organizador
Entre tanto bigote en la fábrica de Westinghouse concluimos el repaso con el del joven Juan Bautista Ordiales Baragaño, que entró en ella con 28 años en 1956 y estuvo hasta 1968. Su labor era hacerse cargo de la Administración según el dictado de los americanos de la Westinghouse, aprovechando para ello las nuevas perspectivas que ofrecían los modernos y enormes ordenadores.
Con este encargo no es de extrañar que su llegada supusiera un cambio radical en la forma de llevar la administración que, racionalizó eliminando la duplicidad de tareas así como cometidos que se consideraban obsoletos. Esto implicó la eliminación de los puestos de gente relevante que llevaba mucho tiempo en la fábrica, muchos de ellos casi desde su creación antes de la guerra. Para alojarlos se tuvo que habilitar un edificio apartado que se llamó el Cementerio de los Elefantes. Allí fueron a parar en primer lugar don Luis Sánchez, hasta entonces jefe de Administración, y los señores Amo, Rodríguez, Navajas, Reyes, Martín, Leiva etcétera. Para darles algo que hacer se les crearon nuevos y rimbombantes cargos como el de Jefe de Jardines y Parque de Chatarra.
Aparte, el señor Ordiales, siempre con su bigote, empezó a presidir las reuniones del Jurado de Empresa, y aquello significaba concentrar un gran poder, que además era independiente, pues sólo reportaba directamente a los jefes superiores en Madrid. Seguramente, por ello surgieron los roces con el director, y al final se marchó reclamado por el sector de la banca. Dejaba una Córdoba en la que se había integrado plenamente gracias al apoyo de incondicionales suyos en la fábrica como Baltasar o Luis Salazar y Alfonso López, que le enseñaron a conocer y amar a Córdoba.
Xabier Azkagorta, fallecido a los 72 años
El bigote en el fútbol
Terminamos con el bigote en el deporte rey del fútbol donde me parece que no ha sido un elemento especialmente destacado, al menos en España. Incluso creo, mirando fotos antiguas de los pioneros a principios del XX, que en esos jóvenes con pañuelo en la cabeza había menos bigotes que los que habría en la sociedad del momento.
El caso es que el bigote en el fútbol español, aunque habrá lógicamente alguna excepción, no lo asocio a futbolistas de fina técnica como la de los brasileños bigotudos Rivelino o Sócrates, Aunque en España, también hubo algunos jugadores en la defensa, como Benito o Arteche, y qué decir de los sudamericanos y oriundos de los años 70, con muchos de sus bigotes acompañados de pobladas melenas y barbas. Aún se recuerda, el miedo que infundía para cualquier equipo enfrentarse a los bigotudos del Atlético o del Granada.
En cuanto a entrenadores queremos citar en primer lugar al recientemente fallecido Javier Azcagorta, ‘El Bigotón’, que hizo feliz al humilde pueblo de Bolivia clasificándolo por primera vez para el mundial de 1994. También fue representante internacional del Real Madrid en el tema de cantera y de fútbol joven en la zona de México. En España fueron más sus conocimientos y afición que la suerte que tuvo entrenando a equipos españoles, aunque siempre quedó en el recuerdo de todos, su carácter afable y de buena persona.
El entrenador Vicente del Bosque
Los sufridos aficionados al Córdoba CF también pudimos ver a un bigotudo como entrenador de nuestro equipo en 1962. Se trataba del gallego Eduardo Toba Muiño, que antes de ser entrenador obtuvo el título de médico de «huesos» que se decía en la Facultad de Medicina de Madrid. Pero es que aún antes se había convertido en un destacado atleta, campeón de España de triple salto y subcampeón en 110 metros vallas. Fue también seleccionador nacional por el tiempo efímero de seis meses.
Pero. sin duda, el entrenador con bigote más famoso y laureado es Vicente del Bosque, salmantino que prácticamente toda su vida deportiva, tanto como jugador como entrenador, la realizó en el Real Madrid, aunque también jugase como cedido en nuestro Córdoba CF que estuvo brevemente en Primera en los años 70.
Como seleccionador nacional demostró la fuerza de su bigote cuando heredó el proyecto del «tiki taka» del gran Luis Aragonés, que suponía prescindir de Raúl González Blanco, el ‘sanctum sanctorum’ del Real Madrid (y que le costó insultos e indirectas del tipo «Luis, vete al casino…»). Del Bosque siguió su mismo camino, en un estilo de juego en donde el centro de gravedad era el balón y no un jugador en concreto.
Así, este hombre sencillo, al que por su bigote y forma pausada de hablar y andar hubo quien lo comparó con el barbero del Quijote, dio a España su primer Campeonato del Mundo y, al poco tiempo, otro Campeonato de Europa tras el anterior de Luis, venciendo en la final a Italia por 4 a 0 (el seleccionador de la otra Eurocopa ganada, nuestro paisano Pepe Villalonga también llevaba un bigote típico de la época). Por estos méritos, a Del Bosque le concedieron el título de marqués, que él se tomó con la misma flema y tranquilidad de siempre.