Impresora Minerva

Impresora Minerva

El portalón de San Lorenzo

Personajes y anécdotas de la historia de la imprenta en Córdoba

«La famosísima Tipografía Católica fue fundada en tiempos de Fray Albino por su inquieto colaborador don Juan Font del Riego»

La imprenta tuvo como antecedentes más directos los distintos sellos e inscripciones de las culturas antiguas que servían para manejar su burocracia o reproducir ilustraciones ceremoniales. Los chinos, descubridores asimismo del papel, llegaron incluso a diseñar en el lejano siglo XI un sistema de porcelana que permitía reproducir sus caracteres a partir de moldes de este material tan peculiar y codiciado.

En todo caso se considera que la imprenta moderna como tal, al menos desde su visión occidental, surgió a mediados del siglo XV de la mano de Johannes Gutenberg (1400-1468), que no partió de la nada, sino que se basó en todo este sistema de grabados y sellos que tanta historia tenía detrás. La Biblia fue el primer libro impreso con su nuevo sistema, llegando Gutenberg a realizar la tarea en menos de la mitad del tiempo que hubiese tardado en copiarla el más rápido de los copistas. Además logró un trabajo de una calidad que nada tenía que envidiar al de los mejores amanuenses.

La imprenta en Córdoba

Quizás ni el propio Gutenberg fue consciente de la repercusión que tendría su invención, rápidamente propagada a toda Europa. Pero a nuestra ciudad tardaría en llegar. Que quede constancia documental, el arte de la imprenta no comenzó a ser ejercido en Córdoba hasta el año 1556 cuando se estableció aquí Juan Bautista Escudero, un impresor por otro lado bastante modesto.

Cabecera de portada del libro publicado en Madrid 1900 y en facsímil en Córdoba el 2002

Cabecera de portada del libro publicado en Madrid 1900 y en facsímil en Córdoba el 2002

Por el momento no se ha logrado hallar ninguna impresión cordobesa anterior a esta fecha, y los indicios apuntan a que es difícil que haya alguna olvidada en el cajón de la Historia. Por ejemplo, Fernando (Hernando) Colón, el hijo cordobés del descubridor de América, quizás el mayor bibliofilia de su tiempo, murió en 1539, y en el «Registrar» y el «Abecedario» que dejó de sus libros no hay ni uno solo impreso en Córdoba. Seguramente, de haber existido alguno no hubiera faltado un ejemplar en su nutrida biblioteca.

No obstante, Nicolás Antonio cita como hecha en Córdoba una edición de 1546 del ‘Provechoso tratado de cambios’ del licenciado Cristóbal de Villalba, y en el catálogo de la biblioteca de Ricardo Deber está apuntado un ‘Arte de navegar’ de Pedro de Medina como impreso en nuestra ciudad en 1545. Sin embargo, constan de estos libros ediciones hechas en Valladolid por Francisco Fernández de Córdoba, por lo que parece ser que ambos bibliófilos confundieron el apellido del impresor con el lugar de impresión.

El hecho de que tardara tanto tiempo en establecerse en Córdoba algún impresor estaría probablemente condicionado por su cercanía a Sevilla, entonces el centro comercial y económico más opulento de toda España y de gran parte de Europa. Al calor de la riqueza que fluía en la ciudad vecina del Guadalquivir acudían toda clase de artistas, hombres de ciencia, militares, libreros y en general todo tipo de buscadores de fortuna, Lo prueba el ejemplo de uno de nuestros primeros impresores, Gabriel Ramos Bejarano, que después de vivir con poco desahogo en Córdoba se fue a Sevilla, donde bien pronto llegó a ser uno de los impresores más relevantes.

Juan Bautista Escudero

El pionero de la imprenta en Córdoba, Juan Bautista Escudero, era hijo de Miguel Escudero. Apareció en nuestra ciudad al ser requerido por el librero cordobés Alejo Cardeña, Vivió en la collación de Santo Domingo en la que se llamaba entonces calle de los Estudios (Santa Victoria).

Su imprenta era muy modesta: ambulante, escasa de material y éste de no muy buena calidad. Se dice que estaba compuesta de una fundición gótica muy gastada con mezcla de otros tipos de relleno, así como otra redonda más nueva y algo mejor. Con la primera hizo los trabajos de menor importancia, y con la segunda unos pocos libros que requerían un mínimo de calidad. Diez años después adquirió, tal vez en Sevilla, unas cajas de letra gótica de gran belleza y de letra cursiva, con la que imprimió cuadernitos de bella factura. Es curioso hacer notar que, aun con su falta de medios, contaba con varios alfabetos griegos, por si hacían falta para imprimir algún término erudito en este idioma.

Ligado a la Iglesia como su principal cliente, en 1566 Escudero imprimía dentro del monasterio y Colegio de San Pablo, y en 1569 en el palacio del obispo. 1577 es la fecha del último libro que se encuentra con su nombre y debió entonces ausentarse de Córdoba (no sabemos si definitivamente) porque en ese mismo año el Cabildo de la Catedral tuvo necesidad de mandar a Andrés Lobato para que imprimiese en Antequera.

Algunas imprentas del siglo XIX

En la plaza de las Cañas estuvo la imprenta de un tal Juan de Medina y Santiago. Esta imprenta la heredó Julián Díaz Serrano y la trasladó a calle Armas y allí estuvo desde 1790 a 1825.

Nombres de Imprentas del siglo XIX: Santaló, Canalejas y Compañía, Imprenta La Alborada, Imprenta Rafael Rojo y Compañia, Imprenta Guadalquivir, Imprenta Papelería Catalana, Imprenta La Industria, Imprenta La Vanguardia Republicana, Imprenta La Unión, Imprenta La Región Andaluza, Imprenta La Verdad e Imprenta El Español.

Nombres de personas que tuvieron relación con la imprenta: García Cuenca, Fausto García Tena, Rafael Arroyo López, Ramón Peralta y Carlés, José Martínez y Talleda, Manuel Criado Cantero y Rafael Ontiveros, Juan José Serrano,

Las imprentas que nosotros conocimos

Dando un salto temporal de casi tres siglos, en el XIX la situación había cambiado drásticamente en Córdoba, y ya el escritor Benito Pérez Galdós, de paso en nuestra ciudad, indicaba la abundante presencia de imprentas de todo tipo y tamaño.

Nosotros llegamos a conocer, ya hace muchos años, a la imprenta La Verdad, de Álvaro Morales, ubicada en la calle la Feria, o a La Española, propiedad de Gráficas Ariza, cerca de la Cuesta de Luján. Tipografía Artística, de Juan Moreno Gordillo, era esos años la imprenta con mayor número de trabajadores junto a Gráficas Utrera, situada esta última, precisamente, en la calle que se dedicaría a Pérez Galdós. A mediados del siglo XX empezaron a llegar nuevas tecnologías procedentes de Italia y Alemania que reducían en gran número las necesidades de personal. Mi vecino Paco Cañero fue uno de estos trabajadores afectados por los cambios tecnológicos. Viendo cómo se complicaba su porvenir en Gráficas Utrera optó por marcharse a Australia, desde donde no sería capaz de volver nunca a España como sí hicieron otros familiares que emigraron con él. En el país austral trabajó en un complejo industrial y minero, pero cuando llevaba apenas un par de años convenció a sus jefes de que él podría realizar todos los trabajos de imprenta que encargaban al exterior. Accedieron a su petición y montaron una imprenta con él al frente. Allí estuvo hasta que se jubiló, progresando de forma destacada. Paco Cañero y Obdulia, su esposa, quedaron registrados para siempre en la «imprenta de la vida» allí en Australia, en la otra punta del mundo.

La imprenta La Verdad, en la calle San Fernando

La imprenta La Verdad, en la calle San Fernando

Otra gran imprenta fue Graficromo, que llegó a disponer de unas modernas y amplias instalaciones en el flamante Polígono de las Quemadas. En esta época destacaban grandes profesionales como Rafael Montesinos, Paco Cañero, Rafael Fuentes, Enrique Lorenzo y Rafael Arenas, entre otros.

Una imprenta antiquísima de nombre La Puritana estaba situada en la calle García Lovera. Uno de sus dueños era un conocido mío, el 'pimpollo' Manuel Muñoz Quesada, que de soltero vivió en la calle Roelas, donde nació, y de recién casado se mudó a la única casa que había entonces en Santa María de Gracia en el costado del convento del mismo nombre (hoy plaza de Juan Bernier). Lo de pimpollo era por la forma en que este simpático personaje nombraba al medio de vino que solía pedir diariamente en la taberna Casa Ordóñez de la citada calle Azonaicas. Esta imprenta pasó a manos de Ángel Moyano, familia de gente relacionada con el pan. Luego terminarían como Reclamos Ortega, especializados en almanaques con excelentes fotografías.

Un anuncio de la imprenta La Puritana de los años 50

Un anuncio de la imprenta La Puritana de los años 50

La imprenta más cercana a mi barrio que pude ver funcionar fue una pequeña que había en el Pozanco de San Agustín llamada Tipografía Cordobesa. Estaba instalada en la casa-vivienda de los Rodríguez Puntas, y allí llegaron a trabajar el padre y los dos hermanos mayores, pues otro vástago, Pepín Rodríguez Puntas, se dedicó a la platería. Pasabas por allí y nada más ver las antiguas convocatorias de quinarios de algunas hermandades sabías que aquello era una imprenta con sabor antiguo.

También a nivel de andar por casa proliferaban humildes imprentas con su máquina Minerva para trabajillos de los que todo el mundo vivía. Así, en la zona del Realejo llegó a estar Tipografía Sur, de Francisco Mármol Castro, viejo militante del Partido Socialista. También había otra pequeña imprenta en la cercana calle Manchado. O la imprenta Renacimiento, de Pedro Núñez, un hombre de pequeña estatura con bigote y una enorme motocicleta. Su hijo mayor, al que familiarmente llamaban Perico Núñez, además de ser un excelente perito industrial en el tema de conductos de fases aisladas durante el breve tiempo en que trabajó en Westinghouse, jugaba de maravilla al fútbol y llegó a estar en el Club Atlético San Lorenzo durante sus años juveniles. Pero luego, fiel a la profesión de su padre, se dedicaría a ser un excelente cajista de imprenta.

En el arte de la encuadernación podemos citar el caso de Fernando Villalba de la calle Jesús María, que fue capaz de restaurar y volver a encuadernar un valiosísimo manuscrito de la época de Alfonso X el Sabio. Fue tal la cantidad que consiguió por el trabajo que con ello pudo comprar una pequeña imprenta denominada Imprenta Muñoz, a la que con el tiempo le pondría el nombre de Imprenta Cervantes.

Al negocio de la imprenta se asomaron también grandes empresarios, como por ejemplo los Sánchez Ramade con su Imprenta San Antonio que lógicamente le hacía todo los «papeles» para sus numerosas empresas. También hay que recordar a la Fábrica de las latas de las Margaritas que contaba asimismo con su propia imprenta. O a las grandes superficies de venta al público que, años más tarde, tendrían también sus modernas imprentas, ya con ordenadores, para elaborar sus constantes carteles de publicidad. Ese era el caso de Supermercados Piedra, que la tenía en su gran almacén en el Polígono de las Quemadas.

Quiero citar también a la Imprenta Rojas, propiedad de un hombre que alternó este pequeño negocio con su trabajo de almacenero en Westinghouse, al igual que Rafael Montesinos, con su pequeña imprenta junto a Juanillón en la avenida de Jesús Rescatado, y que luego terminaría en la calle Federico Mayo de Cañero. En esta imprenta contó con la colaboración del maquinista Joaquín Lora Coca. Asimismo en Jesús Rescatado estaba (y sigue estando) el negocio de Manolo Milla, al que sus amigos apodaban familiarmente como «el hombre rico». Su célebre y duradera Gráficas Milla prácticamente inauguró la vida comercial de esta populosa avenida junto al Bar Larrea. Manolo llegó a jugar en el futbol modesto, pero sin llegar a tener el nivel de su hermano al que apodaban El Regates por su gran habilidad. Con la llegada de Rafael Gómez a la presidencia de Córdoba CF estuvo como asesor y colaborador en su junta directiva. De allí surgió una gran amistad con el intrépido empresario de la calle de los Frailes.

Terminamos porque la lista de imprentas sería interminable. Podemos citar a la famosa imprenta San Pablo, que destacó siempre por la gran calidad de sus trabajos. Esta empresa empezó por debajo del Bar Montes, más o menos a donde está ahora el taller de guitarras de Rodríguez, y entonces estaba junto al platero Guzmán. Al ampliar el negocio en los años 60 ocuparon un local de la acera de enfrente. O la imprenta que había en el antiguo convento de la Merced, Los Niños del Hospicio, porque éste era entonces el uso asistencial del edificio. También era muy conocida la Imprenta Moderna de la calle Málaga, que estuvo hasta no hace mucho tiempo en que fue sustituida por un bar. O qué decir de la famosísima Tipografía Católica, fundada en tiempos de Fray Albino por su inquieto colaborador don Juan Font del Riego. Empezó en unos bajos de unos bloques de varias plantas con patios corridos en la avenida de Cádiz, enfrente del Bar Jardín, construidos por la asociación Sagrada Familia. Este tipo de bloque fue de los primeros de dicha asociación, y su modelo fue luego desechado y sustituido por el de la casa unifamiliar, que al final se impuso tanto en Cañero como en el Campo de la Verdad.

Por último, se deben nombrar las modernas instalaciones del Diario Córdoba en la Torrecilla, donde además de su cabecera se imprimían periódicos, algunos de temas deportivos. La llegada de internet trastocaría todo esto.

Fernando Colón en la calle Buenos Vinos

Siempre recordaré al compañero del colegio salesiano José María Campos, el cual, desde las primeras clases, era de los pocos alumnos que sabía lo que quería ser de mayor: ser impresor como su tío. Lo repetía una y otra vez a todo el que se lo preguntara.

Su tío, Rafael Rodríguez, tenía una pequeña imprenta en la calle la Banda, en la casa que hacía esquina con la calle Cristo. En su amplio portal, escorada hacia la izquierda, existía una pequeña tabernilla regentada por Barbudo, aquel pluriempleado de la Electromecánica que sobre su motocicleta Lube intentaba llegar a tiempo a todos los sitios. A la derecha de ese mismo portal tenía su zapatería Francisco Núñez ‘El Sopo’. Que además de su profesión se haría famoso por cantar aquella incipiente lotería (bingo) en la taberna La Paloma de la calle Obispo Blanco primer tramo de la actual Costanillas.

Pequeña imprenta de la calle la Banda: de espaldas, Rafael Rodríguez, su esposa, José María Campos agachado y en primer plano  Paco Alcalde

Pequeña imprenta de la calle la Banda: de espaldas, Rafael Rodríguez, su esposa, José María Campos agachado y en primer plano Paco Alcalde

En esta pequeña imprenta, como detalle curioso, se imprimieron la gran mayoría de los ejemplares de la revista ‘El Califa’ dirigida por Tarik del Imperio, nombre con el que firmaba sus artículos Marcelo Moreno.

Pero no quiero terminar hablando de la imprenta de su tío Rafael, sino de la pequeña imprenta que instaló el ya consumado impresor José María Campos (era funcionario de la Imprenta Provincial de la Diputación) en la simpática y cercana calle Buenos Vinos, en una enorme casa-huerto propiedad de otro tío, el barbero del jardín del Alpargate, Paco Alcalde. Allí se terminaron de imprimir por 1975 los últimos números de ‘El Califa’. Y esa casa tenía solera. Campos nos comentó como hipótesis plausible que el paso del tiempo se había quedado reflejado en numerosos elementos antiguos medievales de la vieja casona como artesonados, barandas, puertas, macollas, gárgolas, alacenas, etcétera. Y que, según lo que había investigado, muy bien podría ser la casa fonda (el barrio estaba lleno de estas estancias durante finales del XV) donde tuvo lugar el encuentro entre Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez de Arana (1465-1522), de cuyo encuentro nació Fernando Colón, el hombre citado anteriormente, aquel que llegó a reunir posiblemente la mejor colección de manuscritos en España y que fueron depositados en la Biblioteca Colombina de la Catedral de Sevilla.

El taller de la Universidad Laboral

Cuando se inauguró la Universidad Laboral de Córdoba y se abrieron sus talleres uno que fue montado con todas las máquinas modernas de la época fue el de Artes Gráficas. Pero la Dirección de Mutualidades, o quien dispusiera sobre ese asunto, determinó que estos talleres de Artes Gráficas se centraran en la Universidad de Tarragona, por lo que se puede decir que los talleres de imprenta de la Laboral de Córdoba apenas funcionaron. Igual ocurrió con el taller de construcción. En un principio, en el cuadro de profesores del taller de imprenta aparecía como encargado Rafael Arenas, gran profesional del ramo.

Este hombre era un auténtico artista y no había ningún trabajo que se le opusiera. Quién lo conoció bien dice que era capaz de imitar a la perfección cualquier cosa, por especial o significada que fuese. Según me comentó Francisco Mármol, el de la citada imprenta del Realejo, Arenas podía falsificar sin problema los billetes de 25 pesetas o los vales-gasolina que se manejaban durante la época del estraperlo. Cuando fue a examinarse a Madrid en el Colegio de la Paloma para su plaza en la Universidad Laboral se tuvo que enfrentar con una vieja y achacosa máquina Minerva que, para mayor complejidad, tenía rota la pinza o gancho («grippers») para desprender el papel una vez imprimido. El muy capaz Rafael Arenas salió del paso acoplando una simple cuerda, sostenida con dos clavos cogidos a la pared, para que actuase como expulsor del papel.

Terminado su ciclo en la Universidad Laboral de Córdoba decidió marcharse a Colombia y allí según parece se colocó en la Fundación Universitaria Salesiana de Medellín, Y al parecer su familia se debió de quedar esperándole.

Algunos compañeros de la época, nos comentaron que al marcharse a Colombia, le pasaría lo que a Enrique ‘El Corchos’, de la Ronda del Marrubial, que estando su señora recién parida de una niño, dijo salir a la calle para comprarle un chupe y el bueno de Enrique tardó cinco días en volver a su casa, ya que se había ido de fiesta, con sus amigos El Cáscales y El Devoto, apareciendo en la Estación de Córdoba en Sevilla pidiendo ayuda y dineros. Pero estas cosas y hechos trágico-simpáticos, no aparecen en la letra de imprenta.

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