Foto de familia de los premios MIN celebrado en el Gran Teatro
Córdoba corona a Valeria Castro y Carlos Ares en los Premios MIN
Los galardones de la música independiente se entregaron en el Gran Teatro
¿Qué fue antes? ¿El evento o la alfombra roja con photocall? Antaño se tenía claro, y el segundo era un prólogo del acontecimiento principal. Hoy comparten protagonismo, y quizá incluso se lleve la palma esa parte de lucimiento fotográfico y para las redes sociales, que dura ya casi tanto o más que la entrega de los galardones. En este caso se trataba de los Premios MIN de la música independiente, que para su XVIII edición se han entregado en Córdoba. Con el Bulevar convertido primero en centro neurálgico de artistas, poses y flashes; y el escenario del Gran Teatro inmediatamente después en lugar de ceremonia, discursos y actuaciones en directo, este acontecimiento cultural ha consagrado a Valeria Castro como mejor artista y a Carlos Ares como responsable del mejor álbum: La Boca del Lobo. Una figura esencial del pop español y la Movida, Ana Curra, recibía el premio honorífico Mario Pacheco a su trayectoria. Entre jóvenes artistas emergentes, rockeros maduros y figuras míticas, la palabra intergeneracional pocas veces ha podido aplicarse mejor que en este caso.
Carlos Ares y Valeria Castro en los premios MIN celebrados en Córdoba
Poco después de la hora del café, en torno a las 18:30, empezaba, gracias a una carpa instalada para los artistas en el Bulevar del Gran Capitán, un photocall algo caótico y largo, que desafió la paciencia de los fotógrafos, debido a alguna marca innecesaria para los posados que ralentizaba su trabajo. Junto a ellos, la salida de los músicos y autoridades a cuentagotas, hizo que este preámbulo llegase a las 20:30. Se pudieron ver cascos ciberpunk, disfraces de Neo el de Matrix, un notable surtido de gorras y boinas que despertarían la envidia del fundador de Rusi, tatuajes de todas clases, espaldas despejadas y escotes generosos. En este último punto hay que reconocer que fue un pase bastante recatado en comparación con los premios cinematográficos, y aparte de alguna artista en lencería no hubo grandes transparencias ni semi-desnudos. El mundo de la música independiente todavía guarda las formas, hasta el punto de que el riguroso negro fue el color más abundante.
La contundente batería de Julia Martín-Maestro, junto a su grupo Rufus T. Firefly, abría la gala en el Gran Teatro. Contaron las actuaciones con algo que se está poniendo de moda: una intérprete de la lengua de signos que traduce la canción mientras adapta su labor al baile de una go-gó de discoteca, y por la que cualquier hombre se fingiría sordomudo llegado el caso. Presentada por Masi Rodríguez y Tamara García, la gala fue generalmente ágil y careció casi por completo de las acostumbradas alusiones políticas o reivindicaciones de causas perdidas o consignas correctas. De hecho sólo Ana Curra hizo una referencia tanto a las mujeres que son asesinadas por sus parejas como al no a la guerra. Pero fue algo tímido, como si se escapase un automatismo que por repetido y acostumbrado ya no se puede reprimir. Otro chiste realizado por las presentadoras, una leve alusión velada a VOX con José Manuel Soto de por medio, completaba las habituales protestas. La propias presentadoras quizá lo intuyeron al exclamar:«¡somos mejores que vosotros, Premios Goya!». Desde luego sí menos pesados y cansinos, y con un guión más dinámico con momentos divertidos. Los propios artistas se limitaban a agradecer con humildad, incluso ingenuidad en algunos casos, los reconocimientos que les habían concedido. Ya no se hacen galas así: sencillas y efectivas.
Pero estamos en España, y uno no se puede librar de travestis nominadas (Samanta Hudson también es musique), o de un videoclip premiado, Renacer, de Lia Kali, de clara inspiración satánica. Lucifer no se pierde ni una, y lo mismo está en las Olimpiadas, que en Eurovisión, que en los MIN. Jamás se queda en casa el ángel caído. Allá donde hay un sarao en los últimos años, aparece de una forma u otra, sin molestarse ni lo más mínimo en disimular.
La gala estuvo llena de actuaciones en directo con un buen sonido, desde la ya mencionada de Rufus T. Firefly hasta la de Queralt Lahoz, Ruth o Vera Fauna, entre otras. Las presentadoras hicieron al comienzo alguna leve crítica al estado de las cosas al preguntarse «¿qué hay más independiente que dos autónomas», o al realizar un paralelismo entre las 18 galas que llevan estos premios y la imposibilidad de que esa mayoría de edad pudiera servir para independizarse debido al precio de los pisos. Tras estos juegos de palabras, el cordobés Fernando Vacas daba el premio a la mejor producción a Alejandro Guillén por Xoxieri.
La vieja escuela y los mitos
Quique González, premiado por sus letras y al mejor álbum de rock, dio las gracias «por acordaros de la vieja escuela». También los premios se acordaron de las figuras que pasaron de la vieja escuela al mito o símbolo, como Ana Curra, premio de honor en esta ocasión. «La música es la que me ha permitido ser libre y la que me ha salvado muchas veces», aseguró tras la emisión de un vídeo en el que sus hermanos y otros amigos de todas las edades la felicitaban efusivamente. «La música es el lenguaje de los dioses y los demonios», matizó. Por su parte, la presidenta de la Unión Fonográfica Independiente, María Pellicer, resaltó que cuando un artista independiente pasa de llenar sala a estadios «no pierde la identidad, sino que la lleva más lejos». También destacó que para este tipo de artistas «no hay fórmulas, sino que cada equipo o cada grupo, busca su camino».
Como se premian a los mejores álbumes en vascuence, catalán y gallego, también hubo discursos en lenguas regionales, llamadas co-oficiales si no quieres hacer enfadar a sus escasos hablantes. Curiosamente no las tradujeron, salvo al lenguaje de signos (pero no la go-gó, otra que había para cuestiones más serias) por lo que quizá nos perdimos los discursos más importantes de la gala. Oír en Córdoba una charleta en euskera con varias frases que incluían cada una no menos de seis mil «kas» sin que te la pasen al español, llamado castellano si no quieres hacer enfadar a los mismos que hablan las co-oficiales, hizo que el respetable extrañase a los carísimos traductores del Congreso. Alguno se podían haber traído.
En resumen, pese a determinados clichés, la gala de los premios Min fue suficientemente amena y agradable, con buenas actuaciones musicales y no llegó a dar vergüenza ajena en ningún momento, que hoy día es mucho decir. Es más, casi parece un milagro.