Los reclutas, nada más llegar al campamento de Cerro Muriano (Córdoba)

Los reclutas, nada más llegar al campamento de Cerro Muriano (Córdoba)

El portalón de San Lorenzo

Los recuerdos de una 'mili' en Córdoba

«Allí se juntaba el joven estudiante de buena familia con el jornalero prácticamente analfabeto, que te sorprendía con su tradicional sabiduría»

El recuerdo del Servicio Militar evoca una mezcla compleja de emociones. Aunque muchos vivieron la 'mili' como una imposición dura, con el paso de los años suele transformarse en un baúl de anécdotas, compañerismo y una etapa que marcó la juventud de generaciones. Por mi parte nunca consideraré el tiempo del Servicio Militar como un periodo de tiempo perdido, sino que significó para mí un aula de permanente superación, en donde aprendías que el orden y a veces la sencillez de una simple fila, era la base y la explicación de que un campamento de cinco batallones funcionara como una sola cosa. Y es que con la juventud se puede con todo.

El primer día del Servicio Militar

Al comienzo de mi Servicio Militar en 1966, nada más acudir a la Caja de Reclutas de la Zona, nos ordenaron en fila. De allí, según los destinos, a algunos nos mandaron al cuartel de Lepanto para pasar la primera noche. Ya en el cuartel tenías que hacer nuevamente cola para que te entregaran la ropa, la marmita y demás utensilios para el recluta. Como esos días hacía frío y se necesitaba al menos una manta, también nos indicaron dónde te la podían dar, por lo que formamos una nueva una cola para recogerla. Después de una noche casi en vela, durmiendo prácticamente en el suelo, llamaron al toque de una trompeta y nos tuvimos que poner ¡¡otra vez!! en cola para entrar al servicio, y bien larga que era, porque solamente había uno en condiciones al estar los demás en proceso de reparación. Luego, mediante unas simples palmas nos llamaron para salir al patio a tomar el desayuno, y de nuevo hubo que hacer cola para coger el chusco mientras observabas cómo subía y bajaba aquel gran saco que, entrando en una enorme olla de agua hirviendo, hacía la colada del café que completaba el desayuno.

Después, a eso del mediodía, nueva cola, esta vez para el chusco del almuerzo sentados en las mesas de un austero comedor. Por la tarde, aún en plena digestión, a formar otra cola desnudos para pasar el reconocimiento completo, incluido un zamarreo al pito. Era algo patético ver toda la galería del patio central con esa larga fila que pillaba a todo lo largo formada con nerviosos reclutas, cada uno de su padre y de su madre, totalmente en pelotas.

Antigua estación de Cercadilla

Antigua estación de Cercadilla

Pasado este mal rato, a circular todos (en fila, por supuesto) hacia la estación de Cercadilla con el macuto al hombro. Al llegar al embarcadero de ganado (o eso parecía) otra cola para pasar lista y contarnos mientras subíamos al desvencijado vagón que parecía sacado de una vieja película del Oeste americano. Sólo faltaban los indios.

Aquel tren en tan mal estado nos trasladaba al Campamento de Cerro Muriano, y aunque el trayecto parecía corto dio pie a que nos bajaran unas pocas veces mientras los maquinistas echaban arena bajos las ruedas de la máquina para que éstas no patinaran. Antes de llegar a la estación del pueblo comenzó a llover.

La llegada al Campamento

Desde la estación cruzamos la carretera del pueblo al mando del teniente José Villalonga Espinosa de los Monteros (primo hermano del seleccionador nacional cordobés que ganó con España la primera Copa de Europa en 1964). José Villalonga Llorente el seleccionador nació en la calle Ambrosio de Morales nº 12 en la casa que hace esquina con la calle el Reloj que baja desde la plaza de la Compañía.

Con el teniente Villalonga al frente de nosotros, nos adentramos por una zona de minas de cobre abandonadas. Por fin llegamos a lo que se consideraba la entrada al campamento, un cortijo que en sus dependencias hacía las veces de armería de todo el Campamento CIR nº 5. Esta armería estaba bajo el mando de un comandante con un brazo flácido y caído sobre el cuerpo, pero muy enérgico a la hora de dar órdenes de mando. En la puerta del citado cortijo había un pequeño tanque ruso (según el cartel que portaba) «tomado al enemigo» durante la guerra civil.

Una vez pasada la entrada alcanzamos lo que era el campamento en sí, ya totalmente de noche. En la oscuridad, para no perder la costumbre, nos pusieron en cola para asignarnos la chabola correspondiente. Allí, con el simple alumbrado de una pequeña vela, vimos por primera vez al veterano que nos correspondía como «jefe de chabola», que enseguida nos advirtió: «Ojo, que la vela la he pagado yo». El veterano se llamaba Nicasio.

A renglón seguido los doce nuevos reclutas nos repartimos el lugar que nos correspondía en aquellas literas dobles. Una vez acomodados le preguntamos respetuosamente al veterano que dónde estaban los servicios y éste nos respondió, con cierto humor, que las letrinas estaban a campo abierto, por lo que ya no teníamos que hacer cola. Eso sí, nos advirtió que tuviéramos cuidado cuando estuviésemos en postura, porque muchos aprovechaban ese momento tan delicado para intentar quitaros el gorro al estar en equilibrio inestable.

A la mañana siguiente, otra cola en medio de una cuesta, presenciando el sube y baja de otro saco lleno de cebada, achicoria y, suponíamos, un poco de café. Tres o cuatro zambullidas del saco en agua hirviendo y estaba el café a punto.

Después del mejunje llamado café a formar otra cola para lavarse, delante de un pilar con cuatro grifos que más que dar agua parecía que lloraban gota a gota. Después nos enviaron al barbero para el pelado reglamentario. Recuerdo que allí fui donde pude ver por primera vez a mis amigos de San Lorenzo, Manolo Vargas y Pepe Millán, que como veteranos me ayudaron a comprender esos primeros días la dura vida del campamento. Manolo Vargas, al parecer, era el responsable del agua en el Campamento, y Pepe Millán era el responsable del botiquín a falta del médico u oficial correspondiente.

Las chabolas

Quiero describir ahora a los compañeros que formaron parte de mi chabola, aclarando que posiblemente fuésemos de las últimas quintas que las utilizaran mientras que, por el contrario, fuimos la primera a la que nos dieron el nuevo uniforme reglamentario con aquellas imponentes botas altas con hebillas. Nuestra ubicación era fácil de recordar: «1ª chabola, de la 1ª compañía, del 1º batallón», el comandante era un tal Navarro Mancebo. (Cada batallón tenía 5 compañías, y en el campamento había 5 batallones).

El Campamento, con sus chabolas

El Campamento, con sus chabolas

Nuestra distribución en la chabola fue la siguiente: La primera litera de la izquierda la ocupaban Ángel Márquez, de Villanueva del Duque, y Bernardo Moreno, de Córdoba. En la segunda Rafael González y Antonio Martínez, ambos plateros de Córdoba. En la tercera Joaquín Martos y José Luis Thous, ambos también de Córdoba; eran los de mayor estatus social de la chabola. En la cuarta Miguel Mújica y el cabo Horrillo, uno de Espejo y otro de Castuera (Badajoz). En la quinta José Mendoza y Rafael Mendieta, de Córdoba los dos, y además del Campo de la Verdad. En la sexta estaba yo con Juan Membrives, de La Rambla.

Hago aquí un inciso y es que, aunque quizás fuera por la inocencia de la edad, recuerdo con mucho orgullo aquellos meses de sacrificio en el campamento, donde todo se superaba con tesón. Aunque en esta época descreída de hoy le suene a chiste a algunos, o a «batallitas de señores mayores», teníamos el convencimiento de que lo hacíamos por nuestro país, España, que para todos nosotros era lo más importante después de nuestras familias. Eran esfuerzos y padecimientos que nuestros padres y abuelos también habían soportado, porque teníamos claro lo que era la patria, la tierra y la herencia que nos dejaron y que nosotros debíamos también legar a nuestros hijos. Ojalá hubiera podido repetir en la vida esas experiencias con los mismos compañeros de chabola. Todavía recuerdo infinidad de anécdotas de Joaquín Martos, que todas las noches soñaba con el ilusionado porvenir que auguraba en su vida profesional donde aspiraba a todo lo mejor del mundo por su preparación y su presencia que, según él, «era propia de Hollywood».

Pero, bromas aparte, los componentes de aquella chabola perdida en medio del campamento éramos un grupo de jóvenes de diversos orígenes, desconocidos al principio, muy diferentes en opiniones, costumbres y hasta en la forma de acometer la vida. Pero precisamente por eso aprendíamos unos de otros. En aquella chabola, como en las otras, lo mismo se formaba cualquier timba de juego que alguien divagaba en voz alta sobre temas serios. Y bajo esta diversidad el sano corporativismo de considerarnos todos sin excepción soldados al servicio de España, porque allí se juntaba el joven estudiante de buena familia con el jornalero prácticamente analfabeto del campo, sin estudios reglados, pero que te sorprendía continuamente con su tradicional sabiduría. Había uno de estos de nombre Teófilo que se empeñó en mantener una lata llena de orines en su chabola, porque decía que ese olor espantaba a los animales incluidas las bichas y pequeños roedores que tanto abundaban por allí. Y era verdad.

En la primera clase de instrucción se presentaron los dos cabos primeros que íbamos a tener. Uno era Pilo Sanz y el otro el cabo primero Ortega, al que apodaban El Pajarito. Pero sobre todo fue Sanz quien asumió el mando de nuestra primera compañía. Hay que tener en cuenta que en los campamentos y en la instrucción militar de aquellos tiempos correspondía a estos cabos primero todo el mando efectivo de la tropa en el día a día. Hasta tal punto era esto así que su silbato colgado al cuello suponía para los reclutas un símbolo de poder total, como si fuese la faja de los generales. A los sargentos apenas si los veíamos, pues según nos dijeron estaban dedicados a labores de la administración y al papeleo de las compañías.

El importante sujeto de la 'mili': el mosquetón

El importante sujeto de la 'mili': el mosquetón

Lo primero que se nos enseñó en la clase de teórica fue el mosquetón, explicando sus componentes y elementos básicos. No se sabe si por la dificultad del tema en sí, o por el temor en general a cualquier clase teórica, algunos reclutas se ponían muy nerviosos cuando les preguntaban sobre el dichoso mosquetón. Tal era el caso de José Trassierra González, un sencillo recluta de Castuera (Badajoz), que no era capaz ni tan siquiera de articular palabra, lo que le suponía irse arrestado para cortar leña a la panificadora. Era tan habitual esta dinámica que él solía adelantarse, y al ser preguntado por el mosquetón directamente contestaba señalando el camino: «Me voy para la panificadora».

En el campamento cada dos por tres hacíamos ensayos generales en formación a nivel de batallón para los desfiles, donde incluso se tocaba la música militar que nosotros tarareábamos con la letra “Ya está aquí el pájaro, ya está aquí el pájaro..." que anunciaba la llegada de algún general que fuese a presidir la ceremonia.

Tanta importancia se daba a estas ceremonias que el campo de la Parada Militar era mimado por los militares como si fuese el salón principal de sus casas. Incluso había un comandante expresamente al cargo de su cuidado y mantenimiento. En aquel año de 1966 este responsable era el comandante Sevilla, que montado en su vehículo militar no hacía nada más que estar continuamente vigilando. Tenía a su disposición y mando a toda una compañía de veteranos que bajo la denominación oficial de Compañía de Servicios aglutinaba en sus filas a fontaneros, electricistas, albañiles, carpinteros, pintores, y toda clase de profesiones de manitas que se pudieran necesitar.

Una tormenta en Cerro Muriano

A mediados de mayo nos avisaron de que el sábado nos visitaría un general de División para presidir nuestra Jura de Bandera y había que hacerle los honores con una Parada Militar. Pero el día de antes, viernes, todos los cerros que rodeaban al campamento amenazaban tormenta, algo muy frecuente por aquellos lares y fechas a decir de los veteranos. Nada más terminar de comer empezó a tronar de forma aparatosa, y al momento cayó una tromba de agua impresionante. Entre truenos y relámpagos la tormenta estaba descargando con fuerza prácticamente encima del campamento y la verdad es que incluso se nos ponía el vello de punta, y la sensación de miedo se dejaba sentir en nuestros rostros.

El campamento estaba rodeado de pequeños arroyuelos que de inmediato empezaron a crecer y parecerse a ríos de verdad. Llegó el teniente Márquez y pidió voluntarios entre nosotros para proteger de la inundación al campo de la Parada Militar. Acudimos un montón de soldados y vimos que ya había bastantes más soldados que con piedras y sacos terreros estaban intentando cubrir el margen izquierdo de un arroyo que amenazaba con desbordarse.

Los arroyos crecían y crecían con el agua que bajaba torrencialmente desde los cerros arrastrando ramas y toda clase de objetos abandonados por los soldados. Estamos hablando de cuando todavía esa agua no se encauzaba en el pantano actual de Guadanuño. Lógicamente, el comandante Sevilla estaba muy alterado dando órdenes sin parar, pues el campo parecía condenado irremediablemente a inundarse.

De forma inesperada, cuando más arreciaba la tormenta y el agua caía a mares, el caudal de aquel torrente amenazador empezó a bajar de forma ostensible y todos sorprendidos empezamos a mirar para arriba sin explicarnos lo que estaba pasando. Entonces vimos bajar a un recluta con un pernil del pantalón arremangado, la camisa fuera, sin gorro reglamentario, y con una azada al hombro, que empezó a gritar: ¡¡Ya está arreglado mi comandante, ya está todo arreglado, no hay que preocuparse!!

El comandante Sevilla, principal interesado en el asunto, le preguntó, entre extrañado y emocionado: «¿Qué ha hecho usted?»

«Nada -le contestó sin darle importancia el soldado-, eso lo he hecho muchas veces en mi campo. Cuando llueve y hay peligro con el agua nos vamos a la cresta del cerro y allí hacemos un hoyo muy grande para que se acumule. Rompemos la pared de dicho hoyo, el agua hace un remolino, y se desvía hacia la otra pendiente».

Al comandante Sevilla le faltó poco para darle un beso a aquel sencillo recluta que bajó del cerro. Era José Trassierra González, ese al que casi todos los días de instrucción el cabo primero Pilo Sanz arrestaba a cortar leña para la panificadora por no saber explicar el mosquetón.

El sábado por la mañana amaneció un día precioso y los militares lucían sus mejores uniformes para la Gran Parada. En aquel campo estaban los cinco batallones formados con sus correspondientes comandantes al frente. Se estaba esperando a que llegara ‘El Pájaro’, el general que iba a presidir la Jura de Bandera. En ese momento, el comandante Navarro Mancebo, enterado de la buena acción del soldado de Castuera, sin alterar la formación, preguntó en voz alta: «¿Qué, Trassierra, sale ya el mosquetón?»

A lo que el recluta, con toda la naturalidad del mundo, le contestó: «¡¡Claro que sí, mi comandante, poco a poco le va llegando el gusto a la burra!!»

El Parque de Automovilismo

Prácticamente con aquello terminarían mis anécdotas en el Campamento de Cerro Muriano CIR, nº 5. Después de la Jura nos hicieron un examen psicotécnico de cara a los destinos, donde la mayoría consiguió lo que había pedido.

Desaparecida Base del Parque y Talleres de Automovilismo (Córdoba, 1977)

Desaparecida Base del Parque y Talleres de Automovilismo (1977)

Poco después proseguía mi Servicio Militar, ya en la ciudad, incorporándome al desaparecido cuartel del Parque y Talleres de Automovilismo de los Santos Pintados en Córdoba, esquina a Virgen de las Angustias. Uno de los primeros días me tocó hacer guardia en lo que llamábamos la zona de chatarra, frontera a la puerta del cuartel, al otro lado de la carretera de Valdeolleros. Cerca de mí, justo en la puerta, estaba también de guardia Enrique García, de La Rambla, que había venido desde el campamento de Obejo.

En el Parque y Talleres de Automovilismo los toques para llamar a la tropa se hacían con una campana. Y ese día tocó, como era habitual, para que los soldados acudieran al comedor en el horario de mediodía. Pero si el toque de la campana fue rápido más rápido fue el soldado Enrique García que soltó su mosquetón y empezó a correr patio arriba hacia el comedor. El cabo de guardia, un tal Alcántara Estévez, le dijo alarmado: ¡¡Oye, soldado, que la guardia no se puede abandonar, y menos aún soltar el mosquetón!! A lo que el soldado, ya prácticamente en la puerta del comedor, contestó: «Cabo, mi madre me ha dicho que la comida tiene que ser sagrada y que por ella lo deje todo».

Afortunadamente para el soldado Enrique García el suboficial de guardia era el sargento Anacleto Briones Calvo, una persona comprensible que resolvió el asunto mirando para otro lado y olvidando lo que había pasado, pues entendió que aquello era una anécdota más del Servicio Militar. Si no, las consecuencias para el humilde soldado hubiesen sido muy severas.

Aquella anécdota me daba a entender que en aquel cuartel, como en el campamento, me seguirían ocurriendo muchas más, como así fue. Algunas buenas y otras no tanto, pero todas recordadas con cariño. El recuerdo de la 'mili' nos adentra en la nostalgia y la convivencia con aquellos entrañables compañeros, la mayoría de los cuales no vuelves a ver, donde cada uno aportó lo mejor de sí para sobrellevar los malos ratos. Gracias a nuestra juventud pudimos convertirlos en momentos imborrables para el recuerdo, ya que la edad lo puede todo. Lo malo es que esa edad no vuelve.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas