Teo Fernández
Érase una vez RomaTeo Fernández

El barrio que cambió el mundo

«Y sería un hispano, Teodosio, en el 380, quién sí la convertiría en religión de estado, prohibiendo las demás. No faltó, entre medias y después, algún que otro paso atrás, pero el proceso, aunque no resultara lineal, era ya inevitable»

Jesús Daniel Alonso y el autor en el claustro de San Clemente

Jesús Daniel Alonso y el autor en el claustro de San ClementeLa Voz de Córdoba

Quince años después de aquel primer beso a Laura con el que cerré el artículo anterior, había quedado en la puerta de San Juan de Letrán, catedral de Roma, con mi amigo Jesús Daniel Alonso, sacerdote cordobés que realizaba en la Ciudad Eterna su tesis doctoral en Historia del Arte.

Esa soleada y agradable mañana de invierno visitamos dicha basílica y recorrimos su entorno, que debe el nombre (en italiano, Laterano) a los Plauzi Laterani. Estos habían sido una familia de la antigua Roma, propietaria de una de las villas que ocupaban este excéntrico área... hasta que Nerón se la confiscó argumentando que estaban involucrados en una conspiración contra él.

Cuando en el año 312 (o sea, casi tres siglos más tarde) Constantino llegó al poder, su esposa donó dicha villa al papa Melquíades, que la convirtió en su residencia, funcionando también como tal para sus sucesores hasta un milenio después. Este palacio, el Patriarchium, fue mucho más grande que su secuela, el palacio de Letrán, y de él quedan algunos elementos dispersos, como el Sancta Sanctorum precedido por la Scala Santa.

En la misma zona se encontraban los cuarteles de los equites singulares, la guardia montada del emperador, que habían sido fieles a Majencio, rival de Constantino, quien, por ello, levantaría en su lugar una basílica dedicada al Santísimo Salvador. Pero el nombre oficial de la misma iría sumando cosillas, como dedicaciones a los dos Santos Juanes, hasta ser actualmente (agárrese, querido lector) «Catedral Archibasílica Papal del Santísimo Salvador del Mundo y de los Santos Juan Bautista y Juan Evangelista en Letrán», con el título añadido de «Madre y Cabeza de todas las Iglesias de la Ciudad y el Mundo». Vamos, San Juan (por los dos Juanes) de Letrán, la catedral de Roma.

Fachada principal de San Juan de Letrán

Fachada principal de San Juan de LetránParis Orlando

El galimatías político de Constantino, Majencio y compañía (todo aquello de la famosa Tetrarquía), que estuvo al nivel de los tejemanejes de los siglos I a.C. y I d.C. de los que os hablé en los dos artículos anteriores, lo explicaré en otro. Pero aquí sí debo señalar que dicha victoria constantiniana sobre Majencio había llegado, supuestamente, gracias a que aquel tuvo la visión de una cruz con anterioridad a la decisiva batalla que libraron en Ponte Milvio. Nos lo cuentan, entre otros, sus apologistas Eusebio de Cesarea y Lactancio, y todo ello había tenido que metérmelo entre pecho y espalda, ya una década antes de este paseo con Jesús Daniel, en a la asignatura Letteratura Cristiana Antica que cursé en la universidad de Roma Tre.

Este hecho (la aparición de la cruz) habría sido determinante, junto a la influencia de su madre Helena y del cordobés Osio (su asesor de confianza), en el giro de Constantino hacia el cristianismo. Sin embargo, parece que el emperador no se bautizó hasta que su muerte estuvo próxima. Aunque abrazase las creencias cristianas, se mantuvo oficialmente pagano por cuestiones prácticas de gobernabilidad.

Fresco con el bautismo de Constantino por parte de San Silvestre

Fresco con el bautismo de Constantino por parte de San SilvestreLa Voz de Córdoba

En cualquier caso, no fue él quien, como siempre se dice, declaró al cristianismo religión oficial (retahíla repetida mil veces que me recuerda a la de que España es un país laico). Su renombrado Edicto de Milán del año 313 supuso libertad de confesión, pero la misma era algo que ya venía cociéndose de antes por el auge de la nueva doctrina. Y sería un hispano, Teodosio, en el 380, quién sí la convertiría en religión de estado, prohibiendo las demás. No faltó, entre medias y después, algún que otro paso atrás, pero el proceso, aunque no resultara lineal, era ya inevitable.

Constantino sí que fue, indudablemente, el gran liberador del cristianismo a efectos prácticos. No solo extendió su edicto a todo el imperio, sino que llevó a cabo los primeros edificios romanos oficialmente dedicados al culto cristiano (hasta entonces, se utilizaban espacios domésticos, como tituli o domus eclessiae, siendo las catacumbas lugares de enterramiento).

La mayoría de esos espacios impulsados por Constantino están, claro, en Letrán, y se encontraban entre los que Jesús Daniel y yo visitamos aquel día. Por la mañana, la mencionada basílica de San Juan y su baptisterio (donde comentamos las famosas esculturas de ciervos); la Scala Santa (la supuesta escalera del Palacio de Pilatos, que, según la tradición, Helena trajo de Jerusalén y que tendría restos de gotas de sangre de Jesús) o el Sancta Sanctorum al que esta conduce (que era la capilla privada de los papas en el antiguo Patriarchium).

Mención aparte debo hacer al complejo de los Cuatro Santos Coronados, que tiene una historia curiosísima que no puedo detenerme a detallar aquí y de la que ha resultado un templo-monasterio fortificado. Pero lo que hoy me interesa de él es que en uno de sus patios existe una capilla con frescos del siglo XIII en los que se reproduce, entre otros temas, la leyenda que narra la conversión de Constantino por un milagro que no sería el de la visión de la cruz antes de la batalla.

Según la misma, ya pasado dicho enfrentamiento, Constantino contrajo la lepra. Los sacerdotes paganos le indicaron bañarse en la sangre de dos mil niños para curarse. No llegó a hacerlo por las súplicas de las madres de los mismos (tampoco sé de dónde iba a sacar en aquel tiempo dos mil niños), y tuvo un sueño en el que San Pedro y San Pablo le instaban a consultar al papa Silvestre, que acaba de suceder a Melquíades. El pontífice le obligó igualmente a bañarse, pero para realizar el bautismo por inmersión. Constantino sanó, y, además de convertirse, otorgó al papa una serie de poderes y territorios (entre ellos, claro, el propio Letrán). Esta leyenda se relaciona, por cierto, con la llamada Donación de Constantino, documento que quizá trate otro día, cuando hable de política y asuntos más prosaicos.

Busto de Constantino

Busto de Constantino© Jean-Pol GRANDMONT

Finalizada esa intensa mañana, que incluyó notar levemente un terremoto, fuimos a comer a una trattoria cercana elegida por Jesús Daniel, ya que el día anterior había escogido yo (concretamente, mi decisión había sido Da Francesco, junto a Plaza Navona). Era (la de Letrán) un lugar tranquilo, de trato cercano y comida casera, de esos en los que la propia familia propietaria se sienta a almorzar en una mesa cuando han terminado de atender a la clientela. Maravilloso.

Para la tarde quedaron dos basílicas ubicadas en sendos extremos del barrio. Una era la de San Clemente, el único lugar de los que visitamos que yo no conocía y cuyo subsuelo es realmente impresionante. La otra, la de la Santa Cruz en Jerusalén, donde se encuentran restos que, según la tradición, serían de la cruz de Jesucristo (así como el Titulus Crucis), traídos de Tierra Santa por la propia Helena, que vivía también en esta zona, en el Sessoriano, el último palacio imperial de la Roma antigua. Jesús Daniel me riñó al intentar hacerles una foto (ya que no estaban permitidas) aprovechando que nadie miraba.

- «Está prohibido».

- «No me ve nadie».

- «Te ve Dios».

Y así, con la potencia de una afirmación incontestable, cerrábamos nuestra jornada en un barrio crucial para la historia de Occidente. Un barrio lleno de historia, templos y reliquias. Donde vivían los papas, vivió Helena y hoy se come bien. Un barrio en el que, como me señalaba mi acompañante, Dios tiene especialmente fácil pillarte haciendo algo incorrecto (aunque luego, en su infinita misericordia, te perdone, claro). Y donde debió acaecer algún que otro milagro, como la curación de Constantino al ser bautizado.

Ahora bien, si de milagros se trata, yo había vivido el mío propio, a pocos metros de allí, muchos años antes, recién llegado a Roma en septiembre del 2001. Os lo contaré el mes que viene. Pero solo si os lo ganáis. Si sois buenos. No como yo... que al final, sin que Jesús Daniel se diese cuenta, hice la foto.

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