El poeta José María Alvariño
El portalón de San Lorenzo
José María Alvariño, García Lorca y San Agustín
«El simpático rapsoda sabría aprovechar la ocasión para ensalzar en sus sentidos poemas a Córdoba, a la mujer cordobesa y al Barrio de San Agustín»
Los que por razones de vecindad tuvimos la suerte de conocer a Manuel Montoro Bello podemos decir que fue un profesional de la fresadora que trabajó en Talleres Antequera, en la Huerta de la Reina, y posteriormente en Westinghouse, empresa en la que se jubiló en 1974. Su familia era oriunda del barrio de Santa Marina, pero siendo aún muy joven se mudaron a la calle Mayor de San Lorenzo (María Auxiliadora), a una casa junto a la taberna de la Sociedad de Plateros donde también vivió la familia paterna de mi mujer. Desde joven Manolo Montoro estuvo muy relacionado con esta histórica taberna, sobre todo en la época de Luis Corraliza Ruiz (1945-1953).
Entre sus debilidades estaba el arte de la cantante Dolores Castro Ruiz, ‘Dora la Cordobesita’, con la que le unía una buena amistad, y, sobre todo, su amor por la poesía, con la cual disfrutaba enormemente. Y es que Manolo Montoro era un gran rapsoda que transmitía su pasión siempre que recitaba. Por eso no es de extrañar que admirara especialmente a uno de sus amigos, un joven poeta que se llamaba José María Alvariño, también vecino del barrio de San Lorenzo. Curiosamente, le había presentado en la taberna La Beatilla de San Agustín a Dora la Cordobesita aprovechando su relación con ambos. La artista, mujer del torero sevillano Chicuelo, quedó encantada con el joven poeta cordobés, al que le pidió que compusiera alguna letra para sus actuaciones.
Más allá de los grandes personajes del mundo artístico y cultural cordobés, Manolo Montoro dejó otros muchos amigos con los que gustaba reunirse en la Sociedad de Plateros. A uno de ellos, Juan Carretero Romero, amigo mío ya fallecido, le hizo entrega, hoja por hoja, del relato manuscrito de su relación de amistad con José María Alvariño, del cual en su día pudimos entresacar mucha de esta información que ahora publicamos.
El poeta
José María (Rafael Amador de los Santos Mártires) Alvariño Navarro nació el 30 de abril de 1911, hijo de José Alvariño y de María Josefa Navarro, naturales de Córdoba. Era el tercero de seis hermanos: Pepita, María, José María, Rafael, Manolo y Mariano.
El apellido Alvariño procedía de Pontevedra, de donde vino su abuelo paterno, mientras que los abuelos maternos parece ser que eran del cercano Pedro Abad. Aunque nació en el barrio de San Pedro su familia se trasladó pronto al barrio de San Lorenzo para vivir en la calle Agua número 8, cerca del Jardín del Alpargate.
Estuvo a punto de entrar a trabajar en la Electromecánicas, pero su terror a encerrarse en un triple relevo (horarios normales en esa gran fábrica) le hizo desistir de aquella oportunidad. Los hermanos Hidalgo le facilitaron su colocación en el diario ‘La Voz’ como tipógrafo donde, por razones de horarios de salida y entrada, fueron muchas las veces que coincidió en horas intempestivas tomando café con mi padre José Estévez (que sí fue trabajador de La Letro) en el bar El 89 del Realejo, cuando ese histórico lugar era el centro de gravedad que recogía a los que desde los barrios populares de San Lorenzo, San Andrés, Santa Marina o la Magdalena iban o venían de trabajar hacia el centro muy de madrugada.
José María Alvariño tenía un grupo de amigos, entre los que estaba Manolo Montoro, con los que disfrutaba juntándose en tabernas clásicas como Casa El Pancho, en la calle Montero; Los Perros, en Santa María de Gracia o las diferentes sucursales de la Sociedad de Plateros. Poco antes de casarse Alvariño, estos jóvenes se propusieron la aventura de bajar la Cuesta del Bailío lanzados en un coche de caballos. La cuesta no tenía, como hoy, bellos y artísticos escalones, sino que era un gran desnivel terrizo con «tolondrones». Estos detalles me los confirmó Arturo Morales Contreras, hermano de uno de los amigos que intentaron ese intrépido descenso.
Fue un día de febrero de 1931, entrada ya la noche. Para mayor dificultad, al estar lloviznando el piso de aquella empinada cuesta estaba lleno de charcos. Alvariño y su amigo Carreño, con Gonzalo Morales y Rafael ‘El Santi’ iban en un coche de caballos cuyo cochero obedecía al nombre de El Perchas. En otro segundo coche iban Fernando Corpas, Enrique Llergo, Manolo Montoro y el correspondiente cochero, que en esta ocasión se trataba de Enrique ‘El Probeta’, del Campo de la Verdad. La cosa salió afortunadamente bien, pero los cocheros juraron que por nada del mundo repetirían la experiencia. Un joven Sanz, el espartero de San Pablo, que vivía en la casa de enfrente a la Cuesta del Bailío, presenció ese extraño evento y contó lo que había presenciado en la taberna de Casa Novella y por todo San Pablo. No sé si aquello se puso de moda o no, pero mi padre fue otro que con su grupo de amigos también tuvo la ocurrencia de bajar la cuesta lanzado en un coche de caballos.
La joven con la que se casó poco días después era Amparo Pérez Baños, del barrio de Santa Marina, que tenía sólo 19 años. Vivieron en la calle Queso, donde desemboca la calle Agua. Alvariño, a decir de Manolo Montoro, «hacía ruido» cuando cruzaba por la calle María Auxiliadora, «las mujeres se lo comían con la mirada», pues además de elegante y bien perfumado era muy atractivo.
Se casaron el día 8 de abril de 1932 en la iglesia de San Lorenzo. A esa boda asistieron conocidos del barrio y muchos personajes que fueron protagonistas en los Juegos Florales que se celebraron aquel año en el Salón Liceo del Circulo de la Amistad. El principal testigo de boda fue su amigo Manuel Carreño Fuentes, del que hablaremos después.
Como hemos indicado, Alvariño visitaba con frecuencia la taberna Los Perros en Santa María de Gracia, pues tenía cierta amistad con el hijo mayor de Joaquín, el encargado, que al trabajar en la delegación de la Tabacalera (regentada por los Pedro López) le facilitaba el tabaco especial que el poeta utilizaba para su cachimba.
El cuadro de la escena del perol y el toro
En esa taberna coincidiría, ya que era un cliente habitual, con don Eloy Vaquero Cantillo, profesor de la Escuela Obrera del Arroyo de San Lorenzo, del que fue alumno y gran admirador. Allí también se reunía una animosa tertulia de jóvenes más o menos de su edad que disfrutaban con la música, el arte de la pintura y la «filosofía de vida» que representaba el perol cordobés. Uno de aquellos pintores era Francisco Guillen Castro, que firmaba sus cuadros con el seudónimo de Margas. Sus cuadros populares «naif» con escenas de peroles adornaron muchos años las paredes de esta taberna. Este hombre, aún más bohemio y artista que Alvariño, había nacido en la calle el Trueque, en la casa del zapatero Manolo Trujillo Jiménez, aquel que le fabricaba los botines a don Antonio Jaén Morente.
Para quien tenga curiosidad, los cuadros del Margas (3) fueron vendidos a un tratante por los hijos de Pepe Laguna Martínez, encontrándose en la actualidad colgados en las paredes de una taberna-patio que existe en la calle Céspedes, con salida por la calle Velázquez Bosco, muy cerca de la Mezquita-Catedral.
Manolo Carreño Fuentes
En la vida del joven Alvariño se cruzó la amistad de un personaje que ya hemos citado antes, Manolo Carreño Fuentes (1912-1992), hijo de Manuel Carreño Barrero y Magdalena Fuentes Navajas.
Portada del libro de recopilación de los artículos de Manolo Carreño Fuentes
Manolo Carreño era un hombre de un estatus superior a la norma, pues contaba con un grado universitario de licenciado en Químicas en la Facultad de Madrid, llegando a dar clases de esta asignatura en el Colegio de La Salle durante los años de 1955 a 1958, pero esto, con ser un trabajo edificante, no iba con su forma de ser entre otras cosas, porque a él lo que le agradaba era el contacto permanente con los amigos, ya fuera en ésta u otra biblioteca, esta taberna y en donde fuera. Los horarios fijos como que le ahogaban. Manolo Carreño era un cordobés más en su forma de amar la vida y, cómo no, el mundo de las tabernas, yendo incluso más allá de lo habitual. Entre los años ochenta y noventa del pasado siglo XX sus vivencias acontecidas en las distintas tabernas cordobesas fueron publicadas oportunamente por el diario ‘Córdoba’, posteriormente recopiladas gracias a la labor investigadora de Juan Galán y Joaquín Montoro y publicadas en ‘Historias Tabernarias’.
Manolo Carreño entró en sus inicios en la carrera militar, pero pronto tuvo que abandonarla, al parecer por incompatibilidad con su forma de ser. Sus amigos comentaban jocosamente que de su origen castrense lo único que heredó fue su capacidad para usar el sable dando «sablazos», porque solía estar tieso. Se dice que en una ocasión que se encontraba en el Hispania Royal (el conocido con mala leche como «el bar de los cuernos») le preguntaron: «Manolo, ¿tú no tienes patrimonio que vender?», a lo que él contestó: «Sólo me queda el mausoleo familiar y eso no es material fungible». El caso es que Agustín Fragero, ‘El caballero de la noche’, siempre acompañado de su inseparable galga Piñonera en ocasiones le dio cobijo en su despacho-sótano de la calle Cruz Conde, al igual que a otros personajes de la noche cordobesa, cuando éstos estaban momentáneamente desvaídos sin una peseta.
Este hombre tan peculiar, Carreño, fue quien en Madrid presentó a Alvariño y Federico García Lorca. Desde primera hora los dos jóvenes poetas sintonizaron y se fraguó una gran amistad, visitando el granadino a su amigo cordobés cuando pasaba por nuestra ciudad. Indicaba el propio Carreño que en la Semana Santa de 1935 (aunque algunos sitúan este escena en 1936) García Lorca estuvo en Córdoba y con sus amigos fue a ver la procesión de la Virgen de las Angustias en San Agustín. Según comentó Carreño a su amigo el famoso Marqués del Cucharón, esa noche terminaron en La Beatilla para tomar una copa de Moriles y una tapa de sangre encebollada, especialidad de la casa. Feliz y contento por lo que había vivido y el ambiente Federico improvisó un poema a la Virgen acompañado de un esbozo de dibujo.
Al día siguiente, Viernes Santo, Carreño y Alvariño se llegaron a recoger a García Lorca al Hotel Regina, donde se alojaba. Desde allí bajaron por el Realejo abajo hasta la taberna Los Perros, en donde les habían preparado un menú especial a base de setas adobadas, aceitunas rayadas y caracoles gordos, comida que le encantaba al poeta granadino. De paso le enseñaron a Lorca los simpáticos cuadros del Margas, que había mostrado interés por conocer.
En todo este ir y venir el que solía pagar era el bueno de Manolo Montoro, habitual «banco» de su amigo Alvariño, puesto que la economía de éste no era muy boyante (por ejemplo, le prestó 50 pesetas en diciembre de 1935 para que pudiera asistir a la conferencia poética que dio Pablo Neruda en la Universidad de Madrid, en un acto a cargo de García Lorca). Carreño rara era la vez que no estaba tieso total, así que no se podía contar con él. Y, obviamente, no era cosa de que, como invitado, pagara el gran poeta granadino. Así que Manolo recordaba con nostalgia después de tantos años cómo era él quien finalmente tenía que apoquinar.
Por desgracia, no sabían la tragedia que poco tiempo después sobrevendría sobre España y sobre este grupo de amigos en particular. Según el testimonio de Manolo Montoro, la ceguera de la guerra, las venganzas y los celos de tipo personal se llevaron la vida de José María Alvariño, vilmente asesinado. La acusación oficial era que era de izquierdas y había colaborado con el Socorro Rojo. Pero, según Montoro, también se cruzaron (y para él, fueron hasta más importantes) las mafias y circuitos de odios y celos que se daban en esa Córdoba como en toda España. Eran circuitos donde corría el dinero, el vicio y la peor y más cobarde de las venganzas.
No lo tenía confirmado, pero Manolo nos aventuró el nombre del posible delator que hizo que lo detuvieran y posteriormente fuese ejecutado en esos días de locura. Hablaba Manolo de amores traicionados más que de razones puramente políticas en el asesinato de su amigo, en un submundo repleto de personajes oscuros, siniestros y resbaladizos. No sé si esto fue así, pero así lo creía Manolo Montoro, y lo contó aquel día en la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora en presencia de Juan Carretero Romero, al que entregaba el manuscrito indicado, Miguel Expósito Fernández (ambos vivían, y ya es casualidad, en la calle Agua) así como un servidor. Fuese lo que fuese, lo que todos convenimos ese día es que no puede volver a ocurrir nunca más el crimen de asesinar a alguien por motivos políticos o de venganza personal.
Y terminamos con un trozo de un poema presente en el manuscrito de Manolo Montoro, que retoca ligeramente uno famoso de Juan Ramón Jiménez:
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol, y con su pozo blanco. Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario. Se morirán todos los sueños que yo amé,
y quedaran las plantas que admiré, junto al pozo blanco.
Al final, San Agustín
Y sería en la propia Beatilla (final 1992), y mirando los carteles que recreaban la visita para ver las Angustias de Manolo Carreño y García Lorca, fue cuando Rafael Sánchez González que nos acompañaba, nos recordaba la anécdota del vino de Montilla y el militar, que en su día le comentara Manolo Carreño: “Se trataba del culto y bigotudo general James Johnston Pettigrew, de Carolina del Norte, que participó en la famosa batalla de Gettysburg (1863). Unos años antes había estado en España y dejó un relato sobre su visita, destacando su paso por Córdoba en ‘NOTES ON SPAIN AND THE SPANIARDS IN THE SUMMER OF 1859. With a Glance at Sardinia’. En el libro contaba el general americano que estando en el Hotel Suizo de nuestra ciudad pidió una botella de Montilla para el desayuno. Quedó encantado diciendo que era un vino delicioso, con mucho cuerpo y no demasiado dulce, además de un excelente tónico y casi que una medicina de incalculable valor. Dijo que este vino de Montilla lo veía muy superior a los que había tomado en otros lugares.
Portada del libro de James Johnston Pettigrew
(Puesto que hemos mencionado a la Virgen de las Angustias y San Agustín, y en particular a La Beatilla, no me sustraigo a mencionar a mi amigo Miguel Escudero Melero y su visión de esta taberna, especialmente en esos años centrales del siglo XX cuando cualquier evento o celebración era buena excusa para que los amigos se juntasen allí y disfrutaran, de forma especial en aquellas fiestas de la Navidad, con las excelencias de la tradición y los recuerdos familiares que siempre afloraban.
Conocí a Miguel Escudero en su profesión de platero porque yo era el aprendiz encargado en 1957 de llevarle el trabajo que le mandaba Galo Adamuz. Continué teniendo relación con él porque, entre otras cosas, era un cordobés a carta cabal con el que muchas veces coincidía en San Rafael y San Lorenzo, donde todos los días, a la caída de la tarde, acudía para ver a sus “amigos" el Arcángel San Rafael y el Cristo del Calvario como él los solía llamar.
Y nos contaba, como a mediados de los años de 1960 y en la taberna La Beatilla sería invitado, por Diego Pulido Camino, el simpático rapsoda Manolo Montoro Bello, para que diera un recital de sus mejores poemas, (en homenaje a las mujeres de los peñistas de los 14 Pollitos, por celebrarse un aniversario de su fundación). Manolo Montoro Bello, aquella noche se encontraría muy a gusto en La Beatilla, ya que empezando por el tabernero Pepe Rodríguez Carmona (1923-1998), y el camarero Antonio Jiménez María (1921-2005), los dos eran grandes amigos suyos desde que estos ocupaban la taberna de la Sociedad de Plateros de la calle María Auxiliadora. Y el simpático rapsoda sabría aprovechar aquella ocasión para ensalzar en sus sentidos poemas a Córdoba, a la mujer cordobesa y al Barrio de San Agustín, al que se sentía muy unido por su gran admiración por Dora la Cordobesita, que solía parar en lo que fue el Bar Andaluz, regentado por su tío Ángel Ruiz Martínez.
Miguel Escudero, al que podríamos considerar con justicia como el Cronista de San Agustín, nos contaba todo esto en la pescadería de Manolín del barrio (antes que se marchara a la Plaza de la Mosca) además de numerosas anécdotas de los que fueron habituales clientes que entre los años 60 y 80 se juntaban en La Beatilla. Clientes como Rafael Cabezas, Ángel Castro, Juan Cámara, Joaquín Ruiz, Antonio y Miguel Morrugares, Ángel García, Manolo Polonio, Pepe Mena, José Laguna, Pepe Alcalá, José Córdoba, Francisco Martínez, Juan de Dios, Diego Camino, Fernando Luque, Ángel Villoslada, Pedro Carmona, Rafael Cabrera, Ángel Román, Manolo Urbano, Francisco Luque (casado con una hermana de mi mujer), Emilio Rincón, Paquito Lozano. Ángel González, el simpático Rafael ‘El Cacerolas’ y algunos más de cuyo nombre por desgracia ya no nos acordamos.
Se reunían en una sala que daba a la calle Ocaña en la que durante los días entrañables de las fiestas de la Navidad cantaban sentidos villancicos. El que hacía las veces de improvisado director del coro era Joaquín Ruiz Baena, que a las palabras de: «Coro, coro...», rasgando el esmerilado de su botella de anís La Cordobesa, intentaba dirigir a aquel grupo que entonaba la ‘Campana gorda de la Catedral’, ‘Juanillo el chocolatero’, ‘Noches de mi Ribera’ y, para finalizar, ‘La Cuesta del Reventón’. En definitiva, San Agustín y Córdoba por los cuatro costados.