No espere el lector referencias a la película italiana protagonizada por el gran Marcello Mastroianni, ese oficial transalpino que sirve de intermediario en un intercambio de prisioneros con los nazis durante la segunda guerra mundial.
Aunque bien visto, la piel a la que me refiero bien podría ser el leitmotiv de un film protagonizado por todos los dirigentes de Podemos, niña de la curva incluida, esos que presumen a diario de «dejarse la piel» trabajando por este país, que por cierto se llama «España», y el nombre no se lo puso Franco.
Rula por ahí un video de todos ellos en el que, a modo de consigna soviética, una y otra vez, en escenarios y momentos distintos, unes y otres (así simplifico) no paran de recordar, e incluso reprochar a sus interlocutores, que han estado, están y estarán dejándose la piel en su trabajo.
Y digo yo que como la mayoría de elles no sabe lo que es trabajar, a nada que tienen que descolgar un teléfono o ir a la boutique, su epidermis empieza a sufrir el desgaste y los estragos de la vida en activo, esa que comienza a las siete de la mañana y acaba vaya usted a saber cuándo. Ahora bien, sería cuestión de analizar qué sol abrasador azada en mano, qué inclemencias meteorológicas al volante de un camión o en los andamios de una obra, o qué lluvia infernal en el pesquero de turno, afectan a nuestros dirigentes de la izquierda al punto de verse afectados por una enfermedad que desgarre su pelleja.
Podría ser que los focos de las ruedas de prensa no estén lo suficientemente ajustados en watios a su delicada badana, o que el viento que mece sus abrigos de colección sea especialmente virulento en el trayecto del coche a la puerta del ministerio; o puede que tal vez el ascensor de sus lujosos pisos o despachos no tenga programada la temperatura idónea que actúe a modo de bálsamo sobre su desgaste dérmico. Y una vez hecho el análisis, comisión de investigación con dietas incluidas, acordar un nuevo impuesto que grave semejantes deslices.
Y es que estes polítiques (qué mal suena y lo que me ha costado que el corrector lo asuma), tienen la piel muy delicada. Tal vez esa sea la razón de sus maquillajes de revista del corazón, de sus imágenes mezcla de telenovela y rosario, de concierto ochentero en Rockola y de noche de copas en el Soho.
Sin duda que ha de costarles, no ya piel, sino la misma vida, levantarse cada mañana para afrontar el duro peso de la responsabilidad que ostentan sus cargos, niñeras incluidas, dedicados en cuerpo y alma ( perdón por esto último) al cuidado del resto de los españoles, ideando cada día una idea más peregrina acorde a la capacidad de sus intelectos, que bien podría escribirse un profundo ensayo sobre las reuniones en su taller de designios.
Tras semejante derroche de sacrificio creo llegado el momento de su retiro. Pienso que, a salvo aquéllos que ni han trabajado, ni trabajan ni quieren trabajar, los demás, obreros de la construcción, jornaleros, agricultores, hosteleros y hoteleros, camareros, funcionarios, médicos y abogados, empleados en general, que se levantan cada día amaneciendo, que sufren las inclemencias del tiempo, sea fuera o dentro de sus centros de trabajo, aguantando el calor o los desmanes del jefe, debemos darle la oportunidad, sin cólera ni aspavientos, de un merecido descanso en su labor pública. Y luego, con absoluta tranquilidad, pasarles la factura de sus desmanes y tropelías, sentarlos en el banquillo de la indiferencia, pues en otro se me antoja harto difícil, y derribar los muros de intolerancia y falta de respeto creados al albur de las conciencias del independentismo consentido, de los herederos de los asesinos y de esta panda de titiriteros cutres y analfabetos de piel sensible.
Pues si decidiéramos que son los más idóneos para seguir dejándose la piel por España, al margen de que posiblemente la pierdan y veamos al lagarto de «V» debajo de la misma, a más de uno, entre los que me incluyo, le va a dar una urticaria de ronchas y habones (que sí, que rima), hasta ahora desconocidos.
PDA: Bajo tus alas protégenos, San Rafael.
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