El riesgo es un elemento intrínseco a toda iniciativa o cambio. Habitualmente nos centramos en analizar los riesgos que conllevaría el cambio pero reflexionamos poco sobre los verdaderos problemas que implican quedarse estancado.
En abogacía, se acuña el término asunción de riesgos cuando voluntariamente es asumido el riesgo inherente a una acción particular. Este es el factor clave que permite a una organización, del signo y ámbito que sean, alcanzar cotas y esplendor nunca vistos o reducirse a la nada sin remedio o, incluso, perecer.
Chris Lowney se plantea en su impresionante libro «El liderazgo al estilo de los jesuitas» la pregunta de por qué perduran tan pocas empresas de éxito. En él afirma que, dado que el éxito engendra satisfacción en sí mismo, las empresas líderes del mercado tienden a adoptar una actitud defensiva en lugar de mirar hacia adelante en busca de nuevas oportunidades o de amenazas en el horizonte.
El riesgo es un factor que se puede medir en las organizaciones. Todas deberían cuestionarse si están listas para cambiar o si se han vuelto una burocracia perezosa, renuente al riesgo. Un buen líder de una organización no se contentará jamás con hacer ademanes o dejar las cosas como están, sino que se inclinará siempre a buscar algo más, algo más grande que sus propios intereses.
En lugar de sólo desear que las circunstancias sean distintas y esperar que se presenten doradas oportunidades, hay quien encuentra oro en las oportunidades disponibles. En mundos complejos y rápidamente cambiantes se vuelven decisivas las capacidades de innovar, de permanecer flexibles, de adaptarse, de fijar metas ambiciosas, de pensar con globalmente rapidez y de asumir riesgos. Lo contrario: permanecer como hasta ahora, ser inflexibles, pensar lento en pequeña escala, evitar asumir riesgos, es la muerte. Como dice una famosa canción del pop español: “tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir".
La confusión ha hecho que el palabro liderazgo no tenga mucha valía. Se asocia a la manipulación de las masas, al ejercicio de mando sobre una gran cantidad de personas, o a un bonito libro de instrucciones digno de una bella fábula. Pocos lo conciben como una estima y confianza recíproca en el equipo, pocos sacrifican los pequeños intereses egoístas para apoyar las metas del equipo y el éxito de sus colegas. Ser líder implica conocerse a sí mismo, innovar para amoldarse a un mundo cambiante, amar al prójimo y apuntar muy alto y lejos. Al contrario de esto, se ven líderes que trepan tras obtener algún master reconocido en administración de empresas y se agarran a los faldones de un mentor poderoso.
Un auténtico liderazgo siempre se ha caracterizado por hacer un gran trabajo sobre uno mismo, dirigirse a uno mismo más que dirigir a los demás.
¿Qué hacen los buenos líderes? Están siempre enseñando y aprendiendo, forman hombres y mujeres «brillantes y eminentes», se vigorizan con la misma ambición de sus metas heroicas, son innovadores y atacan los problemas de maneras que sus antecesores no imaginaron jamás, se dedican a la excelencia, permanecen abiertos a las ideas nuevas -aún la vejez-, honran la verdad sin egoísmo e influyen en los demás con el ejemplo, ideas y enseñanza.
En medio de este gran drama de cada generación, que es responsable de generar un mundo más mediocre o más humano, brilla con luz especial (para bien y para mal) la vida de la Iglesia, porque tiene los ideales más altos que cualquier organización humana pueda tener.
Cuando su día a día es de vuelo bajo, mediocre y sin aspiraciones a la altura del Ideal, del Algo más Grande que jamás la historia de la humanidad pueda concebir, se nota especialmente. Es especialmente grave cuando el líder vive y actúa sólo para sí mismo, se rodea de cortesanos incapaces de contribuir a tirar adelante y se aleja del talento de personas que, piensa, le hacen sombra. Cuando uno utiliza los dones y virtudes para sí mismo, le destruyen sin remedio.
La salida y la esperanza a esta gran mediocridad que asola la Iglesia en nuestros días pasa por este gran líder que tenemos: el Papa. Es la única voz pública que sigue desgañitándose por la Iglesia del Ideal. Así lo decía en el lejano 13 de marzo de 2015 en su primera misa inaugural de su pontificado: «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio».
A ver si empezamos. Al menos nuestro líder está ya en el camino. Si no seguiremos viviendo en una habitación oscura con las ventanas cerradas: en realidad, una forma de cárcel. La cárcel de los mediocres.
Comentarios

Más de Chules de Bocatas

Más de Opinión

tracking