La verónicaAdolfo Ariza

Visión en la Piazza di Spagna

Cuando aquel viajero impenitente enfiló la larga calle que desemboca en la romana Piazza di Spagna aún rondaba por su bulliciosa cabeza la pregunta acerca del por qué siempre había sentido «una especial predilección por la columna erigida cerca de la Piazza di Spagna, coronada con la figura de la Virgen sobre la luna creciente». Aquella era una noche en la que la luna estaba «atrapada o enmarañada entre nubes de colores increíbles, unas nubes de unos colores que nunca se ven en la bóveda del cielo». Cuando fijó su mirada en la columna le pareció que «había ocurrido un milagro, un milagro mucho más admirable que las nubes del atardecer a medianoche». En virtud del hipotético milagro, «las nubes ya no eran nubes de muchos colores, sino campos de flores de muchos colores». Lo veía ahora muy claro: -«Era como si Nuestra Señora, en ese instante, hubiera bajado del pedestal y el pilar se hubiera deshecho en flores bajo sus pies».
Sin merma alguna en su capacidad de estupor no cesaba de preguntar para sus adentros: -«¿Qué creo que fue aquello? ¿Qué puedo decir, o qué puede decir alguien?». Es más, él mismo apostilla para sí: «No, no, querido compañero protestante, no creí que fuera un milagro. No hace falta que discutamos la filosofía muerta del monismo y del materialismo». La memoria esta vez sí que le fue favorable resucitando en él los sempiternos versos de su amigo Hilarie Belloc:
‘¿Qué nombres tiene la Belleza?
¿Quién alabará la promesa de Dios de poder satisfacer los ojos de sus criaturas?
O ¿qué palabras poderosas de qué frase creadora determinan el título de la Belleza en los cielos?’.
Sabe con seguridad que «la pregunta planteada en el soneto del Sr. Belloc es la única respuesta a cualquier otra pregunta en este caso». No quiere engañarse y por eso insiste, con no poca terquedad, en sus raciocinios: «Todos hemos visto flores. Todos hemos visto estatuas y columnas. Todos hemos visto la luz de la luna. Estas cosas, o estas palabras, no pueden trasmitir por separado ni remotamente aquel extraordinario jardín del cielo». La cuestión era que «la luz pálida lo cubría como un velo, sin atenuar los colores y, sin embargo, cambiándolos como por encantamiento, de forma que no se perdía nada del brillo de las flores gloriosas de Italia, que tenían algo sobrenatural y luminoso que podrían ser las flores de la luna». El meollo de la visión era «un prado pequeño sobre el que Ella caminaba parecía infinitamente lejano en el espacio vacío superior. Aún así, la figura parecía haberse acercado».
Es sabedor de que sus oraciones «por encontrar suficiente luz del día o dinamita para lanzar a los mojigatos» han sido escuchadas y han hecho posible la visión de «[…] Ella, contemplando, antes de que lo podamos ver nosotros, el gran amanecer que se alza sobre la Cristiandad; a fin de que los pobrecillos puedan, por una vez en su vida, adelantarse a su época y, viajando en el tiempo y en el espacio, encuentren el Paraíso donde, por encima de los tejados de Roma en invierno, Ella caminó sobre las flores de la primavera».
Lo tiene muy claro frente a aquellos de los que sabe con certeza que no lo entienden ni harán por entenderle: -«Mi dificultad es que, aunque creo en mi tesis de que la Resurrección permanente es la clave real, no puedo indicar fácilmente ninguna expresión clara y cabal de esta tesis».
Para más señas: G. K. CHESTERTON, La resurrección de Roma (Madrid 2020).
¡¡¡Feliz Día de la Patrona de España!!!
¡¡¡Feliz Día de la Inmaculada!!!
Comentarios

Más de Adolfo Ariza

  • Más padre que escritor

  • Chesterton en una gran superficie

  • Más de Opinión

    tracking