El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Córdoba: intangible y sensorial

Act. 06 feb. 2025 - 09:56

El PP de Asturias quiere proteger por ley el canto del gallo y otros sonidos de animales, como vacas caballos, burros, cerdos, cabras, ovejas, gallinas, palomas, patos, gansos, pavos, perros y gatos. No sabemos si también las onomatopeyas. Sería hermoso crear una figura legal en torno al mugido pero también al muuuu, no dejarse nada atrás. A propósito de este asunto recordemos que el gallo cacarea, la vaca muge, el caballo relincha, el burro rebuzna, el cerdo gruñe, balan la cabra o la oveja, cloclea la gallina ponedora, la paloma zurea, el pato parpa, el ganso grazna, gluglutea el pavo, ladra el perro y maúlla el gato. De momento, y para sorpresa de todos, quedan fuera el clásico chirrido de la cigarra o el grillar del grillo, que se relevan uno a otro en los días de verano. Confiemos al respecto en que exista consenso en un futuro. Pero también quieren proteger sonidos de maquinaria, como cadenas, camiones, cencerros en sus diferentes tamaños y denominaciones, desbrozadoras, empacadoras, motosierras, ordeñadoras, otro tipo de utensilios, maquinaria y herramientas similares propios de la actividad agrícola y ganadera, radiales, relojes y campanas, segadoras, taladros, talleres de soldadura, tractores, vehículos de transporte. Y, por último, olores, por ejemplo los de estiércol y purines, cubiles, gallinaza, silo, humo, y pelo quemado.

Este proyecto que considera el acervo cultural de forma tan amplia, supera de manera clara los intentos de Córdoba por aproximarse a algo parecido. Ahí están los patios en la capital como patrimonio inmaterial de la humanidad. O el reciente fracaso con el paisaje del olivar como patrimonio mundial. Pero incluso sumando ambos...algo falta, una cierta vida. ¿No es hora de seguir la innovadora senda marcada por el PP asturiano? En ese sentido, sería interesante que las instituciones cordobesas y andaluzas se planteasen proteger por ley determinados aspectos.

1) El olor a mojón de caballo en el empedrado de la Judería.- Pocos aromas tan característicos de nuestra tierra como los que emanan de las gigantescas deposiciones de los equinos de las calesas. Si se pisan en un despiste, esta vivencia no se olvida. Además, mientras la temperatura sea más alta, más patrimonio inmaterial llega a la pituitaria.

2) La vaharada.- Hay que seguir con excrementos. En este caso la ráfaga que se levanta en multitud de parques cordobeses, en los que los perros dominan toda su extensión pero además tienen dentro un parque especial para ellos como zona VIP. Esa fragancia envuelve a los niños que, ufanos, quieren lanzarse por el tobogán, cordobesitos que ya tienen el privilegio de disfrutar de esta riqueza cultural desde el capacho.

3) El mar de chicles.- El suelo de Córdoba y sus pueblos es un mar de chicles, convertidos en hermosos pegotes negros, como pintas de un leopardo sobre el felino de la urbe. Conviven en el piso desde el último del Mercadona escupido hace escasos días hasta el Cheiw de fresa, reliquia vintage de los 80 que se depositó ahí desde la añorada y desdentada boca del yonki del barrio. Un canto a la nostalgia.

4) El paisaje de contenedores quemados.- Cada año se queman en Córdoba cientos y cientos de contenedores, lo que deja un característico panorama de plástico derretido, casi daliniano, a modo de sueño esparcido por el acerado. Esta práctica, por su valor artístico, pronto encontrará un hueco en el C3A.

5) La alfombra de cristales.- Hay cristaleras verticales, como las de las iglesias o algunas hermosas casas, pero también las hay horizontales, como las que quedan tras el botellón. Los pequeños pedacitos de vidrio, atravesados por los primeros rayos solares, ofrecen una estampa de luz y color próxima al arte efímero.

6) Los mohínes de turistas al comer naranjas amargas.- Muchos son los visitantes procedentes de países lejanos que se aventuran a coger naranjas de los árboles cordobeses, creyendo que su sabor es dulce. Cuando comprueban fehacientemente que no, ponen diversos y expresivos rictus que denotan sentimientos variados: del estupor a la agonía; de la contrariedad a la desesperación; del disgusto al miedo cerval. La suma de esas caras dan forma a un aspecto idiosincrásico y único de la ciudad, compuesto paradójicamente por elementos foráneos.

7) La sinfonía del camión de la basura.- Tras los estragos del día, el insomne ciudadano cordobés ha conseguido ya entrar en la fase REM con todos sus avíos, ondas cerebrales propias y movimientos de ojos a la par. Acurrucado en posición fetal, sueña con los angelitos. En ese momento llega el camión de la basura y con él un sobresalto. El segundo vendrá horas más tarde con el camión que recoge el vidrio, algo que a veces supera los 140 decibelios del despegue de un avión. Reiterados a lo largo de décadas, los ruidos se convierten en versos sonoros a fuerza de repetición.

8) La antorcha de los solares.- Córdoba cuenta con innumerables solares repletos de matojos, una verdadera tradición arquitectónica. Más de la mitad de ellos arden año tras año en verano, tornándose luciérnagas en mitad de la tarde o la noche, como antorchas por las que se expresa el espíritu de la ciudad.

9) Esencia de alpechín.- Al margen de compartir la mayor parte de los anteriores, muchos pueblos cordobeses añaden su esencia de alpechín, creando un constante aroma que sirve de frontera. El viajero queda azotado al entrar, acostumbrado durante la estancia, y liberado al salir. Son muros invisibles que recuerdan a los de antiguas fortalezas. El paisaje del olivar no debe olvidar nunca que, además de la parte visual y gustativa, por el aceite, tiene otra en la nariz.

10) El olor a mercado de abastos.- Estos lugares están en peligro de extinción, y con ellos su olor a pescado, superpuesto sobre el de los quesos y embutidos, como capas concéntricas de la gastronomía típica. Ese olor a pescado se introduce en las paredes, formando parte de ellas, como un todo que acompaña al cliente incluso hasta su casa.

11) La estela de la paloma kamikaze.- En Córdoba, las palomas han cobrado tanta confianza que se las puede ver encima de las mesas de cafeterías del centro dando cuenta de los restos de los desayunos. Estas aves vuelan bajo en línea recta, hacia el transeúnte, sin modificar su rumbo, como japoneses ante un acorazado estadounidense en el Pacífico. Al esquivarlas, dejan una estela que merece su protección legal, poco antes de dirigirse hacia su labor principal: cubrir de heces las iglesias, las estatuas y la coronilla de los paseantes.

Este pequeño surtido de factores inmateriales y sensoriales suponen tan sólo una muestra apresurada. Seguro que a usted, querido lector, se le ocurren muchos más. Es cuestión de agruparlos por provincias y solicitar audiencia a Moreno Bonilla. Queda un trabajo por hacer en el que Asturias nos lleva ventaja.

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