Nunca llueve a gusto de todos
Los lectores habituales de mis columnas son conocedores de la inclinación que normalmente tengo por el uso del refranero popular. Después de este encadenamiento de borrascas y mal tiempo, o bueno, según la óptica desde la que se mire, no es descabellado decir que «nunca llueve a gusto de todos» o lo que es lo mismo, «para gustos, colores». Lo que es bueno para el campo no viene bien al turismo; aunque, en este caso, no ha satisfecho ni a unos ni a otros ya que las cosechas están mermadas o perdidas y los turistas en casa. Hemos pedido intensamente la lluvia en los últimos años y ahora nos sentimos saturados por ella. Y es que las preferencias de cada uno son tan amplias como la gama de color. Por eso, aunque no merezca la pena discutir ante estas divergencias, parece que en algo hemos coincidido y es en ese hartazgo que nos ha estado invadiendo ante un día y otro en los que no ha habido tregua.
«Monotonía de lluvia tras los cristales» como el recuerdo infantil en los versos de Machado, como ese recuerdo del chapoteo en los charcos durante los muchos días que llevábamos botas katiuskas al colegio. Del mismo modo hemos sentido actualizadas aquellas lecciones de Ciencias Naturales en las que se nos enseñaba que hay unos años de lluvias generalizadas a los que siguen otros tantos de sequía, si bien para un amplio sector lo que vale, lo que marca la actualidad, son expresiones del tipo cambio climático o calentamiento global como identificación de los fenómenos que nos acontecen.
La única realidad veraz es que no estamos acostumbrados a ver el cielo cubierto por tanto tiempo. Somos de sol y de calle. Sin embargo, la meteorología nos ha obligado a permanecer recluidos más tiempo del habitual. Ya se sabe que Córdoba no es Santiago de Compostela donde se acostumbra a ver las piedras mojadas, con ese revestimiento verde propio de zonas húmedas, producto de la bella estampa que produce la llovizna constante.
Gracias a las alertas se han evitado males mayores. Los efectos de la tempestad podrán ser subsanados en un espacio mayor o menor de tiempo. Lejos están las situaciones traumáticas de aquellos que no tienen la suerte de vivir en el primer mundo. Hace ya bastantes años, salvando distancias de todo tipo, tenía noticia de los efectos del monzón que se padecen en diversos puntos geográficos de Asia. Lluvias torrenciales e inundaciones severas en lugares como Camboya, Bangkok, Yakarta o Hong Kong, quedaron retratados en un libro que me impresionó bastante y que lleva por título Hijos del monzón, una interesante obra que escribía un periodista, David Jiménez, en su época como corresponsal de El Mundo.
En conclusión, quedémonos con aquello de que «siempre que llueve, escampa» o, lo que es igual, «después de la tormenta siempre llega la calma».