La soledad de un dirigente
«Al menos está siendo compensada por el calor popular»
Cuando el mes de julio tocaba a su fin, en Ceuta se detuvo el paso del tiempo. Más de cincuenta días después, soportar una jornada en este territorio debe convertirse en algo interminable. No hay avance salvo en el aumento de la desesperación que crece en aquellos que ven, con una pena inconmensurable, cómo nadie quiere poner soluciones a una situación sobrevenida puesto que ninguno de ellos la eligió. Más allá de lo que cabría pensar, se han visto inundados por una lenta monotonía que no hace más que agravar el peso de un problema que los gobiernos de España y Marruecos han cargado sobre los hombros de esta población.
No es extraño que los ceutíes no anhelen otra cosa que una normalidad que dejó de existir hace ya casi dos meses. Frente a todo, la soledad de un dirigente, que asume el lastre de sus vecinos cargándolo sobre sus espaldas desde aquel aciago día, con un arrojo digno de admiración. Si, como decía Nietzsche, «la valía de una persona se mide por la cantidad de soledad que soporta», está más que demostrada la categoría humana del presidente de Ceuta.
-«Eso, a Vivas. Pregúntele» – decía hace poco a los medios el presidente del gobierno, sin escrúpulo alguno y haciendo caer explícitamente la responsabilidad de esta circunstancia sobre este señor como si hubiera sido el encargado de abrir una puerta y el asunto se le hubiera ido de las manos.
Juan Jesús Vivas quizá sea el político con más valentía desde aquel fatídico día. Para un amplio sector de la población lo es. Su saber estar, su humildad, su prudencia, su educación y, tantas otras cualidades que desprende simplemente con su presencia, son dignas de admiración. ¿Nadie se ha parado a pensar que una persona que sufre dos enfermedades, estaría más a gusto en su casa? Alejado de cualquier circunstancia estresante, lo más fácil sería haber esquivado lo que se aleja de la vida placentera y sosegada. No es fácil convivir con un cáncer y tener el añadido de sufrir una cardiopatía. Ambos son motivos más que suficientes para dar un paso al lado. Sin embargo, el sentido de la obligación ha primado por encima de cualquier interés personal. Cuando al mundo en general le gusta mirarse el ombligo y buscar el propio beneficio, él ha hecho todo lo contrario.
Este sentimiento de soledad ante quienes hacen oídos sordos y carecen de escrúpulos, debe ser extremadamente doloroso. Una sensación de lucha y predicación en el desierto, donde cuerpo y mente son puestos a prueba y donde por más que clama nadie se da por aludido.
Cuando los ciudadanos gritan que «España se respeta y Ceuta se defiende» y las palabras de Vivas insisten en decir que «Ceuta no es solamente el lugar donde vivimos; es nuestra casa, nuestra historia, nuestra identidad y nuestro futuro», solamente nos queda seguir demostrando nuestro apoyo porque somos muchas personas las que empatizamos con ellos y el ánimo nunca debe decaer. Al menos la soledad política está siendo compensada por el calor popular.