CazaRafael C. Prieto

Montería en Navalasno Viejo, desafiando la borrasca

Los perros apretaban, las ladras retumbaban sin cesar, y las carreras eran constantes. Sin embargo, las reses buscaban siempre lo frondoso del encinar, complicando muchísimo valorar antes de tirar

Amanecer engañoso en Andújar

Amanecer engañoso en AndújarRCP

Fue una semana complicada en lo climatológico. El famoso «hombre del tiempo», ya tornado en multitud de aplicaciones y webs, vaticinaba un buen puñado de días de agua. Los porcentajes sesgaban todo atisbo de esperanza, y la madrugadora lluvia del jueves ya encendía todas las alarmas.

Muchas fueron las cacerías que quedaron suspendidas varios días antes, y el efecto dominó que esto iba generando entre los orgánicos creaba una nebulosa de incertidumbre, que rápidamente despejó para nuestro caso, Antonio Cencerra. El organizador dijo que salvo cuestiones de fuerza mayor se iba a cazar, y que, si se tuviera que suspender, se haría allí, en el campo y como Dios manda. He de decir que cuando uno dirige una jornada de tanta importancia, siempre habrá quien no comparta este tipo de decisiones, pero en mi caso, solo me queda quitarme el sombrero ante personalidades tan serias como esta, que engrandecen y dotan de sentido la cada vez más prostituida caza.

El serpenteo de la carretera, una vez dejas atrás el Jándula, nos recordaba que entrabamos en aquel pequeño paraíso en las faldas del Santuario de nuestra Patrona, La Virgen de la Cabeza. Ese pedacito de nuestra España donde, muy probablemente, se encuentren las fincas más importantes de este ancestral arte que es la montería.

El día amaneció calmo, para ir tornándose en desapacible, aunque el agua no hizo acto de presencia en el desayuno. Tras unas brevísimas indicaciones, Cencerra sorteó los 22 puestos con los que se cazaría Navalasno Viejo. El azar, siempre caprichoso y delicado, nos mandó al 1 de la Cueva. De camino al cazadero, nos llamó poderosamente la atención el abundante «hechío» de jabalí, lo tenían todo removido. El puesto era de traviesa, y se componía por varias lomas con apretones de encinas- no excesivamente viejas-, que vertían sus cuencas en un arroyo bien apretado de juncos. Realmente, y tras conocer de otros años esta finca, nos extrañó la escasa visión del puesto, pero esto es así, y había que defenderlo lo mejor posible.

Visión del 1 de la Cueva

Visión del 1 de La CuevaRCP

Al poco de llegar, nos sorprendió una piara de cochinos, que ligera, buscaba salirse de la mancha antes incluso de que los perros hicieran acto de presencia. Fue imposible tirarlos, pues pese a pasarnos relativamente cerca, no dieron blanco alguno, buscando siempre lo espeso del encinar. Aquello era significativo, y nos animaba a pensar que para que los marranos salieran sin perros tenía que ser porque allí había «material», y vaya si lo hubo…

Con la suelta, los disparos empezaron a sacudir con mayor frecuencia las barrancas de Navalasno. Al poco, un pitarro de 2 muflones y 5 hembras entró por la loma de enfrente. Se pararon entre el encinar, intentando orientarse, había uno muy bueno... Esperé a que salieran de lo espeso y disparé, haciendo rodar sobre sus barbas al mejor de los muflones, hermoso trofeo y precioso lance.

Los perros apretaban, las ladras retumbaban sin cesar, y las carreras eran constantes. Sin embargo, las reses buscaban siempre lo frondoso del encinar, complicando muchísimo valorar antes de tirar. Sonaba una ladra lejana, que a todas luces debía desembocar en nuestra postura. A los pocos segundos, un gamo de grandes dimensiones irrumpió por el margen izquierdo del puesto. Mi hermano lo dejó cumplir, y cuando lo tenía a no más de 35 pasos, lo alcanzó de un disparo absolutamente espectacular. Trecha de liebre y cupo hecho.

Con el cañón aún caliente, y sin apenas tiempo para celebrar el lance, un perro solitario empezó a dar de parado en un manchón que había enfrente. Guau Guauu, Guauu Guauu… Y de repente, los agudos del can se dispararon, signo inequívoco de que el lance se precipitaba, pues el marrano había abandonado su cama. Un cochino negro como el carbón, irrumpió de lo espeso de la cañada, con claras intenciones de atravesar el juncal que teníamos en nuestros pies.

La mula, pieza fundamental de la montería

La mula, pieza fundamental de la monteríaRCP

El cochino avanzaba andando al «tran-tran», sin prisa, como si despreciara el perro que iba tras él. En un momento donde el can se acercó más de la cuenta, el cochino se revolvió sobre sus patas e hizo por él, corriendo hacia atrás una veintena de metros. Fue en ese momento, cuando perro y cochino se separaron, el elegido por mi hermano para disparar. El guarro, que apunto estaba de perderse por el juncal, caía irremisiblemente de un plomazo en las mismas agujas. A los pocos segundos llegó el perro, un Valdueza con mucho pundonor, sobrado de entrepierna, sin el que hubiera sido imposible disfrutar de este lance tan emocionante. El marrano, que a duras penas sobrepasaría los 60 kilos, representaba el genotipo de cochino «arocho»: prominente cabeza, escueta caja, y cuartos traseros hundidos, evidenciando unas cuajadas turmas. Tenia el colmillo y amoladera derecha partidas de raíz, la perfecta imperfección de un trofeo singular.

La montería avanzaba, y el agua llegó, y vaya que si llegó. Las oscurísimas nubes que avanzaban desde poniente, jarreaban sin miedo, haciendo por momentos imposible defender la postura. Los perros cazaban, y la realidad es que el equipo de Sierracaza no se amilanó, trabajando a destajo en busca del éxito.

A las 15 horas los perreros llegaban a su suelta, dando por finalizada una jornada de cacería complicada, pero que en lo personal pudimos saldar con 1 muflón, 1 gamo y 4 cochinos (a destacar el gran «arocho» anteriormente mencionado).

La tarde se había cerrado en aguas, y tras un par de horas, empezaron a llegar animales a la junta de carnes. Día meritorio no solo para los cazadores, sino para todos aquellos que desafiaron las inclemencias meteorológicas: Perreros, guías, muleros, carniceros… aquí mi mención para todos ellos.

El plantel final se compuso de 32 gamos, 4 muflones y 27 marranos, más alguna hembra de gestión. Navalasno dejó una vez más un alto numero de homologaciones, la mayoría de ellas de gamo y un histórico resultado en lo que a cochinos se refiere.

Una jornada complicada, dura, sufrida, pero a la vez, reconfortante. Un pulso a la naturaleza, que dejó un regusto de salvajismo difícil de ver en estos tiempos. Desde aquí, mi enhorabuena a Antonio Cencerra y su equipo, no solo por el resultado de la montería, sino por aferrarse a los valores tradicionales de la montería, defendiendo en todo momento su integridad. Nos vemos mañana en El Fontanarejo.

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