Conchi Salazar y María Lisbona, voluntarias de la campaña '40 días por la vida'
Intentan amedrentar a las personas que rezan ante la clínica abortiva echando aceite donde se sientan
Vierten por quinta vez este producto en el banco de uno de los soportales de la calle Ollerías de Córdoba
Casi cuatrocientas personas, en concreto 396, con casi 200 socios activos en estos momentos, se relevan por turnos de una hora, y durante doce al día, para rezar frente a la puerta de la clínica Gynetrisur, situada en Ollerías, donde se practican aproximadamente mil abortos al año. «Desde el punto de vista religioso la oración tiene un poder infinito, rezamos aquí y no en la iglesia porque tenemos que dar testimonio ante la normalización del aborto», explica la coordinadora de '40 días por la vida en Córdoba, Ana Ranero, iniciativa que se desarrolla durante la cuaresma en 27 ciudades de España. Estas personas han sufrido por quinta vez en los últimos días el intento de amedrentarlas. Para ello, desconocidos echan aceite en el banco que hay en el soportal de esta zona.
Así, un día cualquiera de la campaña, empieza, por ejemplo, con dos de las voluntarias. En este caso Conchi Salazar y María Lisbona. Debido a la acción con el aceite, algo que procede de campañas anteriores, ya deben ir pertrechadas con un cubo con objetos de limpieza y amoníaco. En ocasiones no queda otro remedio que llamar a los servicios de limpieza de Sadeco. Llegan a bromear sobre la naturaleza del producto, pues no saben si es aceite usado, de girasol o de oliva. «Cuando el banco está sucio, sencillamente cogemos nuestra cuba y lo limpiamos», señala Salazar. Los obstáculos no las acobardan. «Sabemos que los milagros existen, y debemos luchar para que acabe esta auténtica masacre», indica Lisbona. Ambas llevan años acudiendo a esta labor y participan también en los llamados rescates, actividades directamente de concienciación y ayuda a las madres que acuden a la clínica y que tienen lugar fuera de la cuaresma.
Voluntarias rezando en la clínica abortiva de Córdoba
Cómo indica la coordinadora de '40 días por la vida' en Córdoba, Ana Ranero , la iniciativa surge en la ciudad al conocerse tras otra anterior, realizada por la plataforma 'Cordoba por el derecho a la vida' que consistía en ofrecer ayuda a las familias y mujeres que asistían a las clínicas abortivas, «lo que ha conseguido salvar a más de ochenta niños en Córdoba», recuerda. «Han intentado irnos acorralando legislativamente, pero se pena el acoso, por lo que no pueden hacer nada», declara con respecto a la reforma del código penal de 2022, que incluyó medidas sobre intimidación u hostigamiento en esta materia.
La declaración de paz
Ante la situación de hostilidad, todos los voluntarios firman una declaración de paz a modo de defensa preventiva. «Es una forma de demostrar que nosotros ni nos dirigimos a las madres, ni hablamos con nadie ni contestamos nada», precisa Ranero. «Algunas personas nos dan las gracias por lo que estamos haciendo, otras nos dicen que nos vayamos a rezar a la puerta de nosedónde... nosotros nos limitamos a rezar por las personas que están allí, por las madres, los niños y los empleados de la clínica», añade la coordinadora. A ese respecto afirma que piden «por la conversión de los empleados, ya que en otros países han llegado a cerrar clínicas abortivas gracias a esta campaña»
Sobre la normalización del aborto, Ana Ranero ve un cambio en las actitudes de las mujeres que van a abortar a lo largo de los años, en el sentido de que antaño se percibía un indudable pesar en ellas y ahora «muchas de ellas entran con una normalidad absoluta y salen con la misma normalidad». Ranero describe escenas como familias que van con niños «con los que son muy cariñososo», pero están esperando a otro familiar, quizá un hija o una nieta: «¿No se dan cuenta de que el niño que van a abortar es lo mismo?»
En Ollerías, Conchi Salazar y María Lisbona recuerdan que esta actividad de oración ya convenció a una madre el año pasado. Decidió continuar con su embarazo sin más intervención que observar la oración ajena. Además del rosario, ambas llevan los llamados pies preciosos, un pin metálico que ejerce de símbolo pro-vida. Representa los pequeños pies de un niño no nacido de diez semanas de vida. «La oración tiene una gran fuerza», apunta Lisbona. «Solamente con vernos aquí, algunas personas que vienen a la clínica abortiva, no han entrado», remata Conchi Salazar antes de empezar el turno de oración junto a su compañera. Quedan aún doce horas en las que personas de todo tipo y condición mostrarán pacíficamente su fe con el objeto de evitar más abortos en un país en el que apenas queda oposición activa a la eliminación de embriones humanos. En el banco que quizá espere otro vertido de aceite, pero ya limpio, reposan unos pies preciosos.