Eduardo de Rojas, conde de Montarco con su hija Blanca

Eduardo de Rojas, conde de Montarco con su hija Blanca

Crónicas Castizas

El conde de Montarco

Torero, periodista, ganadero, político y soldado. Se fue a la Segunda Guerra Mundial con mayordomo y le ascendieron a sargento (al mayordomo).

A finales del siglo pasado conocí a Eduardo de Rojas Ordóñez, Conde de Montarco. Fui a hacer un reportaje sobre un palacio en Salamanca, que albergaba una magnífica colección de carruajes, donde durante la Guerra de Independencia contra los franceses, la del siglo XIX, vivió el General Pérez de Herrasti, protector de Ciudad Rodrigo. Logró defender la urbe de sus enemigos gabachos pero no de sus aliados ingleses que arrasaron las industrias locales españolas: textil, cerámica y ganadera bovina, que hacían la competencia, ¡qué sausalidad¡ a sus homólogas británicas, además de destruir y vejar a la salud del general Wellington. Luego tomaron Badajoz donde hicieron un saqueo de tres días, en el que las tropas inglesas evidenciaron las tendencias genéticas de sus antepasados piratas: saquearon casas, tiendas e iglesias, también asaltaron, mataron y violaron a civiles españoles, a los que se suponía que estaban liberando.

Durante la visita al casoplón despertó mi interés el castellano que habitaba la mansión. Era mucho más interesante que el inmueble. Era un conde menudo, ¡menudo conde!, Se trataba de un hombre mayor de vida intensa y larga, cuya biografía coincidía en buena parte con la historia reciente de España, esa que el gobierno prohibe discutir o disentir de su versión oficial y torticera. Curiosamente había sido torero, sin limitarse a mirar a los morlacos desde la barrera, saltaba al ruedo... Nada de tradición en ese caso pues un Conde de montarco prohibió los toros hace unos cientos de años. Y otro, éste al que conocí en buena hora y traigo a estas líneas, era un intenso aficionado a los mismos y llegó a matar en las Ventas en una corrida épica con cartel de lujo, con varios conocidos del mundo de la cultura, hoy entregados al olvido por el fanatismo de la cancelación, como el dramaturgo Edgar Neville, el diplomático y escritor Jaime Foxá, el ingeniero Pedro Gandarias, Ignacio Melgar y un francés conocido como Popelín.

También fue Eduardo de Rojas periodista, concejal, preso político. soldado y padre. No le dolieron prendas en Colaborar en la llamada Academia Breve de Crítica de Arte de Eugenio d'Ors que impulsaba la actividad artística moderna, que no todo fue La Barraca.

Bien acomodados tras un refrigerio, servido por señoritas vestidas de blanco y negro,no volvería a ver esa uniformidad hasta que entrevisté a Ramón Tamames. Durante la conversación, su mayordomo, el del conde, perfectamente uniformado y sin hacer ruido alguno, cual Jeeves de Wodehouse, maniobra sin hacerse notar, apenas una ligera brisa, para servirnos una copa y ofrecernos unos puros Montecristo. Durante la charla el conde se dirigirá a él, José se llama, para concretar alguna fecha o perfilar un detalle en un recuerdo. José responderá siempre conciso y preciso. Hay una complicidad de lustros entre ambos.

El Conde narra con orgullo que el propio Velarde Fuertes elogió sus propuestas, las de él, Eduardo de Rojas, a la Política Agraria Común de la Unión Europea. Me dice, el Conde, que en 1945 fundó la Gaceta Rural, una publicación que fue crítica con la política agraria del innombrable. Desde sus páginas se fomentó y extendió el uso del aceite de oliva, que se dice pronto, dado que en la mitad de España se guisaba con manteca. Incluso desde el Ministerio de Agricultura citaban sus estadísticas por ser más precisas y fiables que las propias del Gobierno. A la postre su hija Ana se hizo cargo de la Revista.

El Conde había escapado de forma rocambolesca de la cárcel Modelo. En el año 1936, tras las terribles sacas y matanzas que realizaron los milicianos. La fuga se propició aprovechando un bombardeo de la aviación rebelde, disfrazados él y un compañero de penurias como miembros de la Cruz Roja. Se refugió en la Embajada holandesa. En esa legación se reunió con sus dos hijos mayores. Estaba condenado a muerte por el gobierno del Frente Popular y se esforzó cuanto pudo en que no se cumpliera la sentencia, una extravagancia aristocrática.

Montarco presume sin jactancia de que en todos los cargos públicos que ha tenido, y no han sido pocos, jamás ha cobrado ni una peseta: por ser teniente de alcalde, secretario político del ministro Ramón Serrano Suñer «el cuñadísimo», Consejero nacional de FET de las JONS, e inspector de la misma organización en Argentina. También fue miembro del Consejo Privado del Pretendiente Juan de Borbón. Y debí contentarme, en ese caso, con su enigmática sonrisa cuando le pregunté por el padre del Rey Emérito, Juan Carlos I, a quien él se refiere indefectiblemente como Su Majestad. Entonces tuve la esperanza de leer sus memorias, a las que hizo referencia en la conversación. Pero murió casi centenario sin haberlas editado.

El conde de Montarco con la guerrera del Movimiento Nacional.

El conde de Montarco con la guerrera del Movimiento Nacional.

Otro rey, Alfonso XIII, resolvió el contencioso sobre el título nobiliario dejándolo en su actual expresión: conde de Montarco

Habla de José Antonio Primo de Rivera, que, según dice, «venía mucho por su casa». Le describe como un hombre con una tremenda personalidad. Consideraba que la función de la aristocracia era sacrificarse por una España mejor, especialmente por los más desfavorecidos. El Conde afirma en esa misma línea que su título no le da ningún derecho que no tenga cualquier otro español. Asegura muy serio que estamos obligados ante quienes dependen de nosotros hoy y ante la historia. Sobre eso de la tradición decía Kierkegaard que sólo se cansa uno de lo nuevo pero no de las cosas antiguas que «son el pan cotidiano». En la fachada del Casón del Buen Retiro de Madrid, se reproduce esta frase de Eugenio D´Ors;"lo que no es tradición es plagio.» Más claro, cristalino, y más corto dicho por el catalán que por el danés.

Un día José Antonio, que practicaba muchos deportes por gusto propio y para para evitar engordar como su padre, continúa el conde tras la disgresión sobre lo nuevo y lo viejo, le dijo que podría casarse y ser feliz pero que se lo impedían todos los muertos de la Falange que tenía detrás.

En las paredes del palacio hay una foto de la Peña Histórica de la Cumbre falangista realizada en Gredos y en ella aparecen Rafael Sánchez Mazas, el Conde y José Antonio, entre otros muchos, pero no tantos.

Sólo se cansa uno de lo nuevo pero no de las cosas antiguas que «son el pan cotidiano»Kierkegaard

Peña histórica en Gredos.

Peña histórica en Gredos.

Montarco también colaboró, lo avanzamos antes, con Ramón Serrano Suñer, lo cual no le dejó en las mejores relaciones con el General Agustín Muñoz Grandes, primer jefe de los voluntarios españoles en Rusia. En 1941 partió Eduardo de Rojas a la División Azul como soldado raso. Pero, genio y figura, fue a la guerra contra la barbarie genocida de Stalin con mayordomo. El Conde de Montarco volvió como soldado raso, él explica que se conjuró con el escritor falangista Dionisio Ridruejo y con el médico Agustín Aznar, que llegó a cabo, para no aceptar galones. Pero sin embargo, su mayordomo José, obtuvo por méritos de guerra la graduación de sargento.

El Conde era enviado por el coronel Pérez Íñigo al cuartel general de la División 250 con una camioneta que conducía un hijo de Víctor de la Serna, para procurarse los víveres necesarios cuando el famoso lío que se montó porque España envió una División de cuatro regimientos cuando las alemanas son de tres. y hubo que hacer «desaparecer» uno. El Conde estaba en la plana mayor del coronel Rodrigo quien le llamaba Graf, que es conde en alemán. Nuestro protagonista de hoy se hace lenguas de la organización y la reglamentación alemana. Pero señala que los rusos preferían entregarse como prisioneros a los españoles, antes que a los alemanes, dado que el trato humano era muy diferente.

Eduardo de Rojas uniformado de guripa de la División Azul

Eduardo de Rojas uniformado de guripa de la División Azul

Salgo del Palacio que me mira rencoroso, dado el protagonismo que le ha robado completamente su dueño. Me empuja al exterior la premura del tiempo y la necesidad de verter en palabras mi experiencia. Al salir recuerdo el lema de la rancia y rígida aristocracia militar Junker prusiana: Ser antes que parecer.

junkers prusianos: Ser antes que parecer.

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