Un vagabundo pidiendo en la calle

Un vagabundo pidiendo en la calle

Crónicas Castizas

Más de cuatrocientos años de la sopa boba en Madrid

Allí se amontonan por las tardes, esquivando al alevín de autobús 002, cuantos aspiran a sorber una sopa caliente, o masticar con sus bocas deshabitadas un bocadillo de las monjas, gentes sin techo, vidas rotas en fila india...

Santa, Real y Pontificia Hermandad del Refugio y Piedad de esta Corte. Fue fundada por el jesuita Bernardino de Antequera en 1615, y lo extraordinario es que sigue existiendo y ejerciendo su benéfica actividad, que no es otra que aliviar la miseria de los más menesterosos que pululan por las calles de Madrid.

Recientemente, don José del Corral, que ya había estudiado la historia del Refugio, ha dedicado un ensayo a los fundadores, el padre Antequera, don Pedro Lasso de la Vega y don Juan Jerónimo Serra.

La sede de la Hermandad está en la iglesia de San Antonio de los Alemanes, digna de verse, en la Corredera Baja de San Pablo, en el hoy conocido como barrio de Malasaña y antiguo distrito de Universidad por la cercanía del caserón de San Bernardo, la vieja Universidad Central .

El templo, construido en el siglo XVII, se llamó originalmente San Antonio de los Portugueses, pero cuando Portugal se separó de la corona española, la reina Mariana de Austria lo recicló sin conocer la palabra y quiso que se acogiera allí a los alemanes que llegaban a Madrid sin recursos para darles asistencia material y acaso también espiritual, si venían «inficionados por la herejía protestante», cuenta Luis Carandell.

Su denominación oficial es la de Santa, Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid. Inició sus actividades benéficas en el año 1615 y desde entonces hasta nuestros días mantiene y sufraga a trancas y barrancas, pues está lejos de las subvenciones que otros derrochan, el comedor gratuito de lunes a sábado, de siete a ocho de la tarde cuya actividad desinteresada convoca a gentes que marcan con su presencia la identidad del barrio, pues, junto a los que esperan en silencio, están los que tocan un instrumento o las narices de los vecinos con sus discursos mal hilados expresados con generosidad de volumen y cicatería de sentido común.

Allí se amontonan por las tardes, esquivando al alevín de autobús 002, cuantos aspiran a a sorber una sopa caliente o masticar con sus bocas deshabitadas, un recio bocadillo de las monjas, gentes sin techo, vidas rotas en fila india, más sioux que comanches, cuyos pasados individuales se expresan de forma visual en las ropas gastadas pero limpias de algunos o en las inversas que de quienes han renunciado a la urbanidad hace tiempo, que son los más, de pelos indomables en rostros sin afeitar.

Cuna del hogar de caridad.

Cuna del hogar de caridad.

El futuro común de tales desheredados de la fortuna es la cola que forman a la espera de que se abra la puerta y reciban caridad apretados entre sí cuando el viento del invierno corta la calle y las carnes exangües hasta perderse en la esquina de la calle del Pez, donde montaron su sede hace años los hedillistas.

Más allá de la puerta hay una antigua cuna de madera con un cartel garantizando a las personas que «aquí espongan (sic) criaturas lo podrán hacer con la seguridad de que nadie de la casa los molestará con pretesto (sic) alguno», advirtiendo a los depositarios que hay un límite de edad para la admisión de esas criaturas, no mayores de cinco años.

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