Abogado en acción

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Crónicas castizas

¡Sorpresa! Un abogado mendaz y tiroteado

El servicio de su domicilio estaba formado por cocineras y amas de llaves, presas condenadas que permanecían en libertad provisional mientras tuvieran el contrato de trabajo que era lo único que él les daba, porque sueldo no, las tenía cogidas por las condenas

Le conocían como «el polémico abogado», aunque comenzó a ejercer sin serlo todavía, decir más hubiera incurrido en delito de escarnio pero no hubiese faltado a la verdad, esa que nunca brotó de su boca pues se mantuvo siempre a base de promesas quebrantadas que eran su lema, ya saben: prometer hasta meter y una vez metido, nada de lo prometido.

Cuando como abogado recibía noticia de la próxima liberación de un preso no por su habilidad profesional porque así correspondía a la ley penal, que no por su actuación como defensor, avisaba a los familiares que si le conseguían unos miles de dineros él lo pondría en la calle en breve, y cuando tocaba soltarle por esos plazos de la justicia que ignoramos los legos, él se apuntaba el mérito injusto y se guardaba el dinero, que se lo llegaban a traer a veces en manoseados billetes hacinados en bolsas de la basura cuyo origen era tan incierto como su fin.

El servicio de su domicilio estaba formado por cocineras y amas de llaves, presas condenadas que permanecían en libertad provisional mientras tuvieran el contrato de trabajo que él les daba, porque sueldo no, las tenía cogidas por las condenas. Era tan rácano que no pagaba ni a sus guardaespaldas y así le fue.

Ávido de deseo impotente fue a casar en nuevas nupcias con Laura, una joven ambiciosa, de buen ver que cuando él detallaba embustes, de forma natural, en las sobremesas del restaurante Pajamá, de grato recuerdo, en la calle San Mateo, él presumía de tener una propiedad aquí o un local allá. La muchacha tomaba notas afanosa que se volvieron amargas cuando supo, ignara ella, que mentía y furiosa planeó tarde y mal el asesinato con un cómplice chapucero, pensando, necia, en heredar, otro fracaso, otra mentira estéril y un malogrado intento de homicidio.

Vino a dar el leguleyo con la cabecera a la deriva de un venerable diario católico que puso al servicio del partido de Rafael Vera y Barrionuevo para iniciar la operación de acoso y derribo de un periodista petulante que se jactaba de que había tenido arte y parte en la caída de Felipe González desde las trincheras de la prensa. Se hicieron con un vídeo subido de tono de aquel director y lo distribuyeron para socavar su fama y perturbar su imagen, no para justicia sino por venganza. Aquello estuvo en manos del editor, que no supo ver la ironía de la página donde publicaba sus piezas ahítas de hiel, bajo el cintillo de «¡El editor escribe!», puesto por una redacción del diario que estaba impagada que sólo vio su salario cobrado una noche cuando ya estaba en Virgen del Puerto, gracias a la actuación directa de dos jóvenes azules. Fueron los mismos dos que recuperaron por su cuenta y riesgo un pesado busto de Herrera Oria de la entrada del rotativo católico y lo devolvieron a sus legítimos herederos.

Las informaciones, es un decir, que publicaba el diario ocupado daban pie a que otro medio más potente del País se diera prisa y pudiera propagar las piezas sobre el deslucido vídeo procaz del director de El Mundo.

El diario muchos días salía mal impreso en la rotativa de Valportillo, pues los trabajadores de cuello azul que lo imprimían tampoco cobraban estipendio del editor y sí, alguno, sobornos de su enemigo mediante un bellaco testaferro para boicotear su impresión. Al final se llevó a una rotativa abulense cada día, en cuanto estaba completado el diario, en cuyas oficinas de la ciudad castellana casualmente había buena parte del material informático y mobiliario fruto del saqueo del Ya original cuando había sido propiedad del dueño de la rotativa.

De aquella experiencia el abogado le cogió el vicio, otro más, a los medios de comunicación y al famoseo, pero esa es ya otra historia, también recamada de ruido y de trolas.

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