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Crónicas castizas

Cuando campea la misericordia en la justicia

Como los antiguos carnets de conducir camellos que se repartían en La Legión sellados a nombre de las Tropas Nómadas del Desierto, una copia exacta del carnet de conducir de antaño en cartón rosa. José conocía bien el carnet, pues eran habituales cuando él sirvió en el Tercio de Extranjeros.

La policía actuó con premura y detuvo al falsificador y a su pareja, pues cohabitaban en el mismo piso de la costa mediterránea. Tuvieron que hacer una solicitud a la embajada británica, pues parte de los papeles que falsificaba eran de apariencia oficial pero los agentes españoles ignoraban qué era concretamente, aunque sospechaban que esa documentación espuria servía para justificar algunos cobros ilegales a cargo de la graciosa Corona británica. Los otros documentos que falsificaba el inglés eran abiertamente fraudulentos: un carnet del tipo tarjeta de crédito de plástico de presunta pertenencia al servicio de inteligencia exterior británico MI6. Su utilidad a juicio de los duchos investigadores era nula, poco más que para chufletear en los clubs o en bares de copas, como los antiguos carnets de conducir camellos que se repartían en La Legión sellados a nombre de las Tropas Nómadas del Desierto, una copia exacta del carnet de conducir de antaño en cartón rosa. José conocía bien el documento, pues eran habituales cuando él sirvió en el Tercio de Extranjeros.

Pero no es del falsario inglés de quien trata esta crónica de hoy sino de su pareja, cuyo delito era ser la dueña del piso donde estaba instalado el ordenador y la impresora, así como todo el material necesario de falsificación de documentación, que daba lugar tanto a ilegales cantidades del erario público británico como a presuntas bromas de supuestos agentes 007 nocturnos pasados de copas y con carnets de chicha y nabo.

La mujer le transmitió a su abogado la urgencia que tenía de ser condenada en el juzgado con premura aún sin defenderse. El letrado se sorprendió por la inusual petición de su clienta que se explicó diciéndole que su madre estaba desahuciada en Inglaterra, le quedaba un tiempo tasado de vida y quería poder despedirse de ella antes de morir. José, el abogado, se emocionó y contra su costumbre pidió una entrevista con la juez que llevaba el caso que le preguntó de entrada, sin mayores prolegómenos, cuál era la intención de la cita concertada entre defensor y jueza. Su Señoría se quedó perpleja cuando le expuso José la inusual petición de la acusada de cómplice en un caso que se alargaba por la desidia de las autoridades británicas en contestar a los requerimientos de la policía española para saber exactamente de qué se trataban las falsificaciones incautadas y el abogado creyó ver que un repentino rubor coloreaba el rostro de la magistrada al escuchar la historia que le contaba el defensor. No se durmió la jueza, ordenó que se personara el fiscal y acordaron condenar a la acusada por complicidad el tiempo que había estado presa a la espera de juicio, y la juez removió a los funcionarios del juzgado para que emitieran una orden de libertad inmediata.

La presa liberada se deshizo en lágrimas de agradecimiento cuando supo lo que la justicia española había decidido, permitiéndola volar a las islas británicas para poder pasar los últimos días con su madre.

José contó esta historia a su amigo y antiguo compañero de armas. Este le preguntó: «¿Y si todo hubiera sido un paripé de ella para ser liberada»?

El abogado contestó: Estaba dispuesta a cumplir una condena excesiva con tal de poder completarla cuanto antes para tener ocasión de ver a su madre y despedirse. Su delito a la postre era tener el piso alquilado a su nombre. No colaboraba con ninguna de las actividades del falsificador, no era cómplice sino pareja.

Y más todavía: al no ser un cargo ni una carga pública, In dubio pro reo.

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