Toby en el parque
Crónicas castizas
Ningún perro lamiendo engorda
Toby era un perro justo y amigable, una vez dejamos, insensatos tarambanas, una tarta en una silla y el animal se comió lo que consideraba su parte con peregrina ecuanimidad y ante nuestro asombro nos dejó el resto sin tocar
Hemos tenido algunos bichos, cánidos y felinos, mayormente en la familia. Mi padre era seguidor de Félix Rodríguez de la Fuente y amigo de los animales y entonces no había que serlo por imperativo legal, y de los alemanes, cuyo idioma estudió cuando casi ganan, el de los teutones digo. Pasando un día por una esquina volviendo de uno de sus trabajos de pluriempleado, vio un perro negro que se refugiaba del frío invierno mesetario en un portal de una tienda en la calle Baleares, así llamada por el crucero. Le hizo una carantoña y el animal le siguió dócil y esperanzado hasta casa, donde padre, ante nuestro pasmo, nos dijo que el animal pasaría en nuestro hogar esa noche fría y luego le devolvería a la calle.
Como ustedes suponen bien no hubo corazón ni redaños para echar a ninguno. El perro se quedó toda su vida, que fue larga merced a los cuidados de nuestro amigo veterinario, Emilio, con quien hicimos amistad en los scouts cuando nuestra edad empezaba por uno. El caso es que Toby primero se acurrucó en un rincón en que no molestaba, apenas se le percibía. Tiempo después lidiaba en silencio y sin violencia por el primer puesto invernal delante de la estufa catalítica donde no entraba en combustión espontánea por intercesión de San Antonio Abad, y poco a poco acabó el chusquel durmiendo en la cama de mi hermano, pero no a los pies cual can vikingo, esa fue una etapa, sino con la cabeza descansando también en la almohada.
Ahora nuestro benjamín tiene dos perros, le ha endosado otro a nuestra hermana y ha hospedado a roedores, pájaros, tortugas y peces, también es amigo de los animales. Sigue siendo scout y sale de marcha jubiloso por los campos de España. Los nombres de los perros tendría que ponderarlos mejor, pues cuando va por Carabanchel gritando «ron» y «coca» por calles y parques da lugar a engorrosas confusiones hasta que caen en la cuenta de que se refiere a los chuchos.
Toby era un perro justo y amigable, una vez dejamos, insensatos tarambanas, una tarta en una silla y el animal ante nuestro asombro se comió lo que consideraba su parte y nos dejó el resto sin tocar.
Cuando lo adoptamos Toby llegó ya educado y no se hacía nada molesto en casa hasta que se hizo muy viejo, ¡caramba, qué coincidencia!, debía proceder de un abandono pues tenía cierto entrenamiento con el que ya vino como dije. Eso no incluyó sus flatulencias, que nos hacían desalojar la sala apestados y meditando sobre su alimentación. Una de sus aficiones más irritantes era pasar por entre los cables del Spectrum, la grabadora y el televisor para fastidiar las largas horas de teclear computación en lenguaje basic (¿qué fue de él y del esperanto?) desenchufando las conexiones con el movimiento alegre y firme de la cola y escuchando nuestras imprecaciones en arameo por el trabajo perdido en el pleistoceno de la informática.
Años después me quedé con ganas de volver a tener un perro y nuestro amigo Miguel Ángel García Oca, MAGO en siglas, que tiene un espacio a su nombre en el vallecano cerro del Tío Pío, con quien siempre teníamos gresca en guasa porque él fue de la OJE y yo, le recordaba que fui, explorador como José Antonio, nos llevó a casa de unos amigos suyos. MAGO era rico en amistades y esas acababan de tener cachorros. La cosa ya despertó nuestros recelos cuando abrieron la puerta con prisas y apurándose nos indicaron con alarma que corriéramos y nos refugiáramos en su cocina. El caso es que cuando salimos cual rayo con el cachorro de doberman rojo su madre destrozaba a bocados la red metálica de gallinero donde estaba encerrada, sin perder el tiempo ladrando. Nosotros nos metimos en el coche y durante un buen rato la perra nos siguió hasta que la perdimos aprovechando la ventaja de la máquina.
La adopción no cuajó en mi casa de Malasaña y al final me forzaron a donar al perrito. Muchos años después, pasando por la plaza de San Ildefonso camino de la peluquería, un doberman rojo crecidito me golpeó con la cabeza en la tripa, tardé en comprender que nos habíamos conocido hace mucho tiempo y era su forma amigable de reconocerme, su saludo. No volví a a saber de él, lo llevaba un chico joven que se quedó sorprendido de la acción del perro, al que llevaba sin atar.
Al principio de estas líneas hablé del gusto familiar de los Morales por los gatos. Algo que les unió a todos esos felinos, atravesando el tiempo desde la guerra civil hasta el siglo XXI, fue el apelativo que todos nuestros mininos recibieron uno tras otro sin remisión ni numeral, en un siglo o el siguiente, que fue el nombre de Pololo. Luego supimos, años después, que es como llaman a los novios en algunas partes de Hispanoamérica como Chile.
De hecho, contaban los viejos de Toledo que cuando alguien de la familia puso en la tesitura a sus hermanos de elegir entre el gato o su persona la opción preferencial rotunda siempre fue por el gato.
También seguían a Félix Rodríguez de la Fuente y nunca les denunció por acoso.