Cerrojo de un fusil mauser persa
crónicas castizas
Una borrachera con un inmortal en la calle Ayala
La conversación derivó hacia asuntos castrenses. Él defendía la excelencia de la Guardia Imperial; yo, la de la Legión Española. Lo que empezó como una amistosa disputa acabó convirtiéndose en una competición improvisada de prestigios militares
He de confesar que la cocina iraní me conquistó durante una guerra lejana y olvidada, mucho antes de que Madrid se llenara de restaurantes exóticos y de viajeros gastronómicos empeñados en descubrir el mundo sin salir de la M-30. Por entonces, las oportunidades de probar aquellos platos en la Villa me llegaban casi exclusivamente de la mano generosa de mi amigo Eetissam, que me invitaba con largueza a su casa. Pero uno tiene un sentido de la cortesía y el pudor suficiente que le impide instalarse a diario en el comedor ajeno, por más fragante que fuese el arroz o más tentadores los guisos de Kufte y la posterior tertulia.
El remedio apareció un día en la calle Ayala, donde topé con un restaurante iraní llamado Tehran. Entré por curiosidad y regresé por afición. Con el tiempo, mi torpe y maltratado farsi sirvió al menos para romper el hielo con los propietarios, que acabaron tratándome como a un habitual. Ya se sabe que en Madrid el roce hace el cariño y la sobremesa favorece las confidencias.
Fue así como conocí la historia de Rostam, nombre tan legendario que parecía salido directamente en el Libro de los Reyes, el Shahnameh. Mi interlocutor había abandonado Irán con más prisa que el equipaje tras la caída del Sha Mohammad Reza Pahlevi, aquella figura que los viejos monárquicos persas evocaban con solemnidad como la «Sombra de Dios sobre la Tierra» y señor del Trono del Pavo Real. Rostam había servido en la Guardia Imperial, heredera —según contaba con orgullo inquebrantable— de aquellos Inmortales persas que combatieron contra los espartanos de Leónidas en las Termópilas y algunas lides más.
Naturalmente, la conversación terminó derivando hacia asuntos castrenses. Él defendía la excelencia de la Guardia Imperial; yo, como era inevitable, la de la Legión española. Lo que empezó como una amistosa disputa acabó convirtiéndose en una competición improvisada de prestigios militares. Entre bromas, exageraciones y algún que otro desafío lanzado con sonrisa de tahúr, llegamos a la conclusión de que la única forma de resolver semejante cuestión era mediante pruebas objetivas.
La primera fue de tiro de precisión. Días después nos presentamos en el campo deportivo de La Bastida, en Toledo, donde yo estaba federado por entonces. Utilizamos un veterano fusil Mauser de cerrojo del calibre 7 milímetros. El resultado fue tan ajustado que ninguno pudo proclamarse vencedor sin que el otro protestara. Rostam disparaba francamente bien; demasiado bien para mis intereses, pero yo no le iba a la zaga.
Entonces propuso el desempate definitivo.
—Vodka —dijo con una convicción que no dejaba lugar al recurso.
Comprendí inmediatamente que entrábamos en territorio persa, que no chií.
La cita se celebró en el restaurante Tehran. Dos botellas de vodka soviético, digo ruso, Stolíchnaya o quizá Moskovskaya —la memoria se vuelve imprecisa cuando el alcohol participa en los hechos— aguardaban enfriándose en el congelador. Nos sentamos frente a frente mientras varios empleados del local se congregaban alrededor con el interés que despiertan las tragedias anunciadas.
El ritual era sencillo. Chupito servido. Chupito vaciado de un trago. Vaso golpeado boca abajo sobre la mesa para certificar su absoluta limpieza. Y vuelta a empezar.
La primera botella desapareció con inquietante rapidez.
Trajeron la segunda.
Seguimos bebiendo ya sin fanfarronadas ni discursos patrióticos. El vodka va eliminando poco a poco la retórica y deja únicamente la voluntad desnuda. Llegado aproximadamente el ecuador de aquella segunda botella, observé que Rostam comenzaba a perder verticalidad castrense. Primero se quedó callado. Después parpadeó más de lo razonable. Finalmente se desplomó sobre la silla y fue resbalando lentamente hasta el suelo como una fortaleza persa rendida tras largo asedio.
La Legión había vencido. O de eso me ufanaba.
En un último acto destinado a certificar mi triunfo sin discusión posible, como con las dianas del tiro, apuré mi vaso, tomé el que permanecía intacto ante Rostam y me lo bebí de un solo golpe. Aquello fue una victoria tan brillante como estratégicamente desastrosa.
Recuerdo vagamente que, cuando el mundo comenzó a oscurecerse por los bordes, antes de hundirme en la inconsciencia, vi entrar por la puerta del restaurante a mi amigo Antonio Miguel. Ignoro cómo consiguió trasladarme hasta casa, no era una pluma. Tampoco recuerdo cuándo me quitó las llaves del bolsillo para poder abrir y dejarme tendido en el sofá de la entrada como un náufrago abandonado por la marea.
Allí pasé la noche entre sueños etílicos, convencido de haber conquistado Persia para la Legión, vengando al triunviro Craso y recelando a ratos por la batalla con la resaca prevista que me aguardaba al amanecer.
Sin embargo, el castigo resultó mucho más leve de lo sospechado. Durante aquella competición habíamos consumido repetidamente una preparación iraní de yogur y pepino, fresca y reconfortante, prima hermana del cacık turco aunque sin ajo. Aquel humilde acompañamiento, servido casi sin darle importancia, obró un efecto providencial.
No sé si la ciencia aprobaría la teoría, pero siempre sostendré que aquel preparado persa me salvó de una resaca histórica, después de sobrevivir a dos botellas de vodka disputando el honor de la Legión contra un antiguo guardia imperial del Sha, Y esa historia, más acá de la leyenda, tuvo un testigo de excepción: Carmona.