La mujer del serrucho en Toledo.
Crónicas castizas
La mujer del serrucho
Sabina no se lo pensó dos veces, ella no estaba afiliada a nada, pero no aprobaba matar a la gente por sus ideas, así que jugándose el tipo y saltando por los tejados de la fábrica, llegó hasta donde trabajaba el amenazado sin despertar sospechas y le arrojó la vaina de un cartucho de 7 mm con un papel enrollado advirtiéndole de lo que esperaba a la salida
Mi tía Sabina era prima de mi madre. De esas toledanas antes no tan raras, como mi tía María, con unos ojos inmensamente azules.
En su juventud, como tantos, trabajó en la Fábrica de Armas de Toledo; allí había muchos oficios implicados, desde latoneros a carpinteros como mi tío Agapito, hombre impávido, pasando por químicos y más cosas, que los cartuchos había que cargarlos de pólvora sin humo, montarlos con el fulminante como cápsula de cebado o iniciadora y el proyectil encamisado y meterlos en cajas. También forjaban bayonetas afalcatadas y rectas.
En los prolegómenos de la guerra civil española, estando trabajando en su puesto, pudo escuchar a unos militantes socialistas comentarios sobre la planificación de una paliza de muerte contra un obrero joseantoniano, a quien pensaban agredir de forma letal los izquierdistas de la fábrica sin considerar que era otro compañero trabajador. Demostraban así que «la dialéctica de los puños y las pistolas» no era exclusiva de los abogados de Madrid.
Ellos, los socialistas, se habían enterado de que su futura víctima era militante del partido ese que había creado el hijo primogénito del dictador Miguel Primo de Rivera y un navarro de los pilotos del vuelo Plus Ultra. Vamos, que era falangista.
Como no podían tolerarlo porque no les daba la real o republicana gana, decidieron que le impartirían una lección letal que sirviera como ejemplo a otros que pensaran transitar por ese camino. Sabina no se lo pensó dos veces, ella no estaba afiliada a nada, pero no aprobaba matar a la gente por sus ideas ni por otras cosas, así que, jugándose el tipo y saltando por los tejados de la fábrica, era joven, llegó hasta donde trabajaba el amenazado sin despertar sospechas y le arrojó la vaina de un cartucho de 7 mm con un papel enrollado, advirtiéndole de lo que esperaba a la salida y aconsejándole que se fuera de allí lo antes posible en interés de su integridad. Y así lo hizo el hombre, esquivando a los que pensaban darle matarile.
Y así quedó la cosa. Al menos lo pareció. Toledo se alzó contra el gobierno del Frente Popular. Las milicias locales, socialistas y anarquistas, apoyadas por las que llegaron de Madrid, forzaron a los rebeldes a encerrarse con el coronel Moscardó en el Alcázar, donde comenzó una epopeya que sería admirada y cantada por muchas escuelas de cadetes cuyos homenajes se han ocultado ahora.
Liberado Toledo, los obreros hacían cola para recuperar su puesto en la Fábrica de Armas. En esa fila estaba Sabina a la espera y de repente un hombre barbudo y sucio, portando un fusil, la sacó de la hilera cogiéndola del brazo y sin violencia pero con energía la llevó hasta la mesa donde tomaban nota de los readmitidos diciendo: «A esta mujer la apuntan ya, yo respondo por ella», ordenó con autoridad. Ante el estupor de Sabina, el hombre armado le dijo: No me reconoces? Acabo de salir de El Alcázar, donde entré y estoy vivo gracias a ti".
Años después, muchos, yo me alojaba en una vieja casa toledana de la Cuesta del Cristo de la Luz, la más recia de una ciudad de cuestas recias, en la casa de mi tía Rosa, no, no tengo a mis parientes clasificados por colores. En los veranos en esa casa, por la mañana las golondrinas hacían de despertador bucólico y la cuesta mencionada de gimnasio cuando me mandaban de recados. Pero había algo que ensombrecía mis luminosos días azules allí y era la señora del serrucho, una mujer, conocida de mi tía, luego supe que era su prima, que entraba con un serrucho en la mano, balanceándolo hasta hacer sonar al metal, y profiriendo amenazas como cortarme a trozos esto o aquello, y yo corría despavorido escaleras arriba hasta que se acababan los peldaños en la puerta de doña Elisa, una ancianita triste y escasa de carnes que vivía de la pensión que le pagaba la República Federal de Alemania por su único hijo caído combatiendo a Stalin en el frente ruso en las filas de la División Española de Voluntarios. Nunca más pudo levantar cabeza y se sumergió en el luto que flotaba como un aura permanente en torno a ella.
La mujer del serrucho, supe mucho después, era Sabina, la protagonista de esta crónica, tía segunda mía. Estuve años sin conocer su historia ni recordarla a ella más que cuando, cimbreando el serrucho amenazador, me chinchaba con rara constancia. Jamás se jactó de su heroísmo; le divertía más mortificarme.
Cuentan los viejos del lugar que durante la guerra mantuvo a un pretendiente oculto en un pozo y alimentado; entonces no era fácil encontrar comida. El hombre desapareció al filo de finalizar el conflicto en esas tierras imperiales. ¿Se fue a dar un paseo o se lo dieron?