alderón de la Barca escribió una obra a modo de Auto Sacramental. Fue representado por primera vez en las fiestas del Corpus Christi en Valencia en 1641, La imagen corresponde a su repetición en Córdoba.

Calderón de la Barca escribió un auto sacramenta que fue representado en las fiestas del Corpus Christi en Valencia en 1641, La imagen corresponde a su repetición en Córdoba.IA

Crónicas castizas

Los caminos de julio

La obra inocente levantó los aplausos de los feligreses enternecidos por la juventud de los actores más que por su talento hasta que mi hija, al retirarse, llevando al muñeco que hacía de Niño Jesús, menos mal que era de plástico, asido por el tobillo bajó las escalaras con la cabeza del presunto bebé

Por la mañana, cuando amanezco, no requiero el sonido del despertador, mi cuerpo a fuerza de tiempo sabe la hora y me lleva a iniciar un ritual presidido por la anatomía y la higiene, seguido por la medicación que impone una aorta de gutapercha, una válvula cardiaca de titanio y las secuelas de dos trombosis y un ictus. Tras ello, dedicado al pecado de la gula casi hegemónico, encuentro difícil vestirme pues las polillas llamadas calorías me encogen las camisas y me estrechan los pantalones. Superada la prueba, cojo las llaves de casa, la tarjeta que abre mis puertas de la universidad, el omnipresente teléfono móvil, los carnets que nunca me pide la policía y no tan de vez en cuando olvido algo de todo ello a pesar de que en la puerta de casa hay un posit amarillo que pone «recuerda».

Mientras bajo al portal rezo antes de llegar a la calle, donde me cruzo con personas que van a trabajar y otras solitarias que corren en camiseta y pantalón corto, algunos tocados de un gorra inútil a esas horas. A la altura de un hipermercado alemán encuentro a un par de hombres durmiendo en el zaguán. El calor les permite prescindir de los preceptivos cartones. Por allí pernocta un vagabundo culminando los treinta años, fuerte, que recoge colillas cada vez más escasas y se lía cigarrillos, moreno de campo, con barba negra corta y descuidada y cara de hombre, que solo aparece en verano, luego emigra, y se instala, de día, en torno a la calle Barceló, siempre leyendo en la puerta de un Burger. Alguna vez tengo la tentación de bajarle algunos libros de mi nutrida biblioteca. Los libros no se hicieron para que los leyera una sola persona o una sola vez y sobreviven, siempre que no caigan en manos de niños interesados en comprobar la fragilidad del papel como mi nieta Cayetana que pinta y rasga.

Sé que debo evitar el autobús; el metro por supuesto, me confunde. Y el chófer de la limusina del pueblo pone el aire acondicionado como si estuviéramos en el tercer círculo del infierno y multiplica los persistentes resfriados de verano. Soslayo la parada donde un hombre mayor y una mujer menuda visten con ropas que conocieron mejores tiempos y ellos también. Cerca de mi camino el conductor de un camión de punto limpio discute airado con un señora que ha traído, osada ella, dos bolsas de ropa y le señala que el máximo que permite es una. Ella no se amilana y le indica al conductor cancerbero que si en lugar de dos bolsas pequeñas trae una sábana de cuatro metros qué pasa.

Ya saben ustedes eso de ¿quieres saber cómo es Pepito?, dale un carguito, o como cantaba Rafael Amor: «No hay peor tirano que un esclavo con un látigo en la mano». También rechaza el funcionario camionero dos botellas de aceite viejo. Miro la caja y el vehículo va vacío de cosas aunque pleno de arrogancia. Sigo caminando y busco algo en mi abarrotada memoria para quitarme el mal sabor del incidente.

Me viene a la mente una obra que representó mi hija, entonces pequeña y angelical, a la que el párroco enroló como jovencísima Virgen María para representar un auto sacramental, una anunciación y un nacimiento omitiendo los preceptivos nueve meses de diferencia. La obra inocente levantó los aplausos de los feligreses enternecidos por la juventud de los actores más que por su talento, hasta que mi hija, al retirarse, llevando al muñeco que hacía de Niño Jesús, menos mal que era de plástico, asido por el tobillo bajó las escalaras con la cabeza del presunto bebé golpeando rítmicamente los escalones. Reímos todos entonces y río yo solo ahora por la calle y algunos viandantes toman distancia respecto a ese perturbado que se va carcajeando solo por la larga calle Fuencarral a esas horas.

Sin saber por qué enfilando la calle Fernando el Católico me vine al magín el dicho : «Sepa el moro, el judío, y el inglés que anda en la mar que María fue concebida sin pecado original». Queda dicho.

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