preso escribiendo una carta en Alcalá Meco.
Crónicas castizas
Tinta tras las rejas: mis cartas con un preso
Me carteo con un penado, no recuerdo bien quién empezó, aunque tuvo que ser él para que yo pudiera tener su dirección. Comenzó a disfrutar su beca del Ministerio de Justicia en un duro macropenal masificado con cambios frecuentes de módulo y de celda, con registros que rompían el orden, su orden, de las pocas cosas que pudiera tener
Me carteo con un preso, no recuerdo bien quién empezó, aunque tuvo que ser él, que ya había estado en mi casa antaño, para que yo pudiera tener su dirección actual. Comenzó a disfrutar su beca del Ministerio de Justicia en un duro macro penal masificado con cambios frecuentes de módulo y de celda, con registros que rompían el orden, su orden, de las pocas cosas que pudiera tener, esa propiedad personal que es la proyección del hombre sobre sus cosas. Tiempos duros que te forzaban a sacar las manos de los bolsillos a pasear, cuando el peso de la sentencia te aplastaba en una jungla competitiva y no te has construido aún tu leyenda, en un ambiente donde los peores se portan mejor que los demás y a veces duele hasta físicamente. Él lo sabe.
Los homicidas, reales o condenados, en la aristocracia del presidio están en lo alto de la pirámide carcelaria, seguidos por los atracadores de bancos (especie en extinción por la contaminación digital), pirámide cuya despreciable base penitenciaria la ocupan los pederastas y los violadores, que muchas veces reciben un castigo suplementario del tribunal inexorable de los demás presos.
Al cabo del tiempo, sus carceleros le exigieron que yo pusiera el remite completo y detallado en mis cartas o se las negarían. No solo han suspendido su libertad, sino que también atropellan su intimidad y el secreto de las comunicaciones que vocea el artículo 18 de la Pepa moderna. Visto esto, he desechado enviarle un pan con una lima dentro, al modo de las antiguas viñetas de los tebeos; vamos, ni hablar.
Nos habíamos conocido tiempo antes de su delito y posterior condena en un mundo en que agitábamos la enseñanza media a través de un sindicato pequeño y activo, como él, que no era el subvencionado de Estudiantes, correa de transmisión de la izquierda más casposa que presenta como un hallazgo cualquier manoseada estupidez. Esa corporación cuyos secretarios generales, ya talluditos, hacen de su capa un sayo para poder seguir matriculados en algo que les valide para continuar poniendo el cazo antes de pasar a otros nutridos abrevaderos de la progresía.
En su última carta, por ahora, me comenta que le habían trasladado desde el recio penal de antaño a una cárcel mejor, con más espacio, donde puede estudiar y está acabando, me dice, la carrera favorita de los presidiarios: Derecho. A la carta me adjunta fotocopia de un diploma de mediador de conflictos que le reenvío en mi respuesta porque no debe ser muy fácil hacer fotocopias en el trullo.
El único inconveniente, además de las rejas, es que los funcionarios tienen especial cautela con los presos mediáticos y él lo es.
Yo le escribo a mano largas misivas en papel largo caligrafiado con plumas estilográficas de mi pasado lejano que he ido regenerando, aunque me temo que a veces mi letra sea ilegible, pues empeoró mucho tras el infarto cerebral. Sus cartas también son manuscritas, con una letra clara, inteligible y redonda a bolígrafo, que no está el mako para bollos, en papeles cortos bien doblados y numerados. Me habla de vernos cuando salga de cumplir pena por su delito y me hace dudar si tal cosa es posible con la condena que tiene, aunque visto lo que pasa con las hienas etarras con docenas de asesinatos, quizás sea posible. Me alegro mucho de no pertenecer, como mi amigo «el Bici», al mundo del Derecho, ese que me robó a una de mis mejores alumnas de Comunicación, la joven Schmaeing, cuando se pasó con hechos e ideas a los estudios de abogada que encima le van bien.
Finalmente, mi amigo preso me cuenta que se ha bautizado con los evangélicos, a cuyos cultos acude y le ayudan, de lo que me alegro porque toda ayuda allí es poca para no caer en la desesperanza más tenebrosa o las drogas, y me confunde cuando me dice que además acude a los encuentros de Comunión y Liberación, el movimiento católico que creó un sacerdote italiano. Parece que el ecumenismo cristiano tiene más éxito en las cárceles que en las calles. Me alegro de que la prisión no haya oscurecido su alma.
Tiene un programa, cuenta, en la radio de la cárcel, ¡vaya modernidad!, donde habla de Historia y de Gastronomía. Edmundo Dantés se hubiera quedado de piedra. Yo también un poco.